Robinho no es suficiente
El Madrid se estrella contra un gran Celta y un árbitro penoso. Magnífica actuación del crack. En el tercer gol vigués, el balón no entró

Lo más justo hubiera sido un empate, una generosa igualada que repartiera los méritos de ambos equipos, pero en medio del partido se nos cruzó un árbitro, así como se te cruza una vaca en la carretera y debes dar un volantazo y acabas en la cuneta muerto del susto mientras la vaca camina plácidamente hacia el prado de allí enfrente y tú ya no puedes hablar de otra que no sea de la vaca, al menos durante unas horas o un par de párrafos.
Sí, molesta hablar del árbitro o de su asistente porque el encuentro fue notable, pero resulta imposible no hacerlo porque uno y otro, por separado y en pareja, influyeron de forma inequívoca en el marcador: se inventaron un gol y anularon otro que debió serlo. Ese fue el amargo sabor de boca que nos quedó cuando se pitó el final y que nos hizo olvidar, por algún instante, todo lo bueno que se vio en el partido, que fue mucho.
Aunque las decisiones erróneas beneficiaron al Celta, no las necesitaba el equipo gallego para sentirse feliz y me atrevería a decir que esa victoria accidental y vacuna también le perjudica porque desvía la atención de la fantástica imagen que dejó el equipo en el Santiago Bernabéu.
Por lo que toca al Madrid, no mereció perder, aunque el empate no le hubiera librado de las críticas porque el equipo sigue sin carburar y repite los mismos y viejos defectos, sólo atenuados por la presencia del fabuloso Robinho, que es el rockero en el asilo o la miss mundo en el congreso de bibliotecarios: una inyección de entusiasmo y juventud que obliga a moverse y excitarse aunque no sea esa la intención primigenia.
No exagero si digo que Robinho no sólo estuvo a la altura de su irrupción espectacular en Cádiz, sino que elevó el listón. Su primera parte fue magnífica y sólo se echó en falta la guinda del gol. A los 30 segundos abrió la exhibición con un regate espléndido en el que le bastó pisar el balón y girar el cuerpo para burlar a los enemigos que le rodeaban, que salieron corriendo en dirección contraria a la suya.
En los minutos siguientes disparó desde lejos, buscó paredes, penetró y hasta dio medio gol a Ronaldo, aunque este envió la otra mitad al limbo. Tal vez lo que más llama la atención de su enorme talento es lo poco que se desperdicia en florituras para la galería. Es poco frecuente que un jugador tan genial sea a la vez tan directo.
Táctica. Y eso que a Robinho no le beneficia jugar en punta, fijando a los defensas contrarios, como Ronaldo. En esa posición recibe de espaldas, se expone a las faltas y entra poco en juego. Su verdadera dimensión se comprueba cuando baja a recibir. Entonces, parte con ventaja y en bicicleta, descoloca al enemigo y propone caminos a sus propios compañeros, que despiertan ipso-facto.
Es asombroso cómo un muchacho de 21 años recién llegado está asumiendo el liderazgo de un equipo cargado de estrellas y prejuicios. Y no es menos asombroso cómo esas figuras se apoyan en él sin disimulo. Ayer, hasta se permitió el lujo de pedir el apoyo del público, no se le recuerda tanto desparpajo a un debutante. Pero Robinho no basta, esa es la cruda enseñanza que regaló el partido al Madrid.
Luxemburgo, que dejó en el banquillo a Raúl porque arrastra (dicen) una lumbalgia, apostó finalmente por Guti como pareja de Baptista en la media punta. Si el brasileño mejoró cuanto más se adelantó, al canterano le ocurrió justo lo contrario y sólo se dejó ver cuando bajó a dirigir el tráfico. Gravesen (y sé que me repito), es un fontanero, no un arquitecto. Y eso que Beckham, que lo percibe, colaboró con generosidad y criterio en el medio campo.
El Celta abrió el marcador en un córner. Baiano cabeceó en el segundo palo completamente solo y el rebote del balón en el larguero lo aprovechó el chileno Contreras para rematar a placer. Es difícil señalar algún culpable en la defensa del Madrid y por eso los señalaremos a todos, incluido Casillas, que hace tiempo que parece compungido, debería hacérselo ver. Pero si en esa ocasión las culpas estuvieron repartidas, a partir de entonces Pavón asumió todos los crímenes.
El empate del Madrid lo propició una jugada de Baptista en el área, el lugar donde debería habitar porque allí hasta sus estornudos son peligrosos. El brasileño pisó la pelota y Placente se lo llevó por delante. Penalti y gol de Ronaldo. Cuando el propio Baptista hizo el segundo de buen cabezazo a pase de Helguera, algunos pensamos que el Celta no avanzaría ni un metro más. Pero nos equivocamos.
Porque el Celta ni se inmutó. Siguió tocando con orden, mareando a los madridistas que salían al cruce y plantándose en el área con facilidad. Sergio estaba deslumbrante en el corte y en la anticipación, pero laterales y centro del campo no desmerecían en absoluto. Y arriba, Canobbio era una pesadilla y Baiano, dos.
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El empate vigués llegó en el descuento, gracias a un absurdo penalti de Pavón, que fue relevado en el descanso por Sergio Ramos. Una lesión del canterano le dio la excusa perfecta a Luxemburgo. Casillas desvió el disparo, pero Núñez remachó de cabeza. Ese empate debió ser el definitivo, pero entonces aparecieron los árbitros.
En una internada de Baiano, el pase de la muerte lo aprovechó Canobbio para chutar con rabia, con tanta que el balón se estrelló en el larguero y botó con violencia sobre la línea. El asistente vio gol y el árbitro le creyó. Luego la misma pareja anuló un gol de Robinho al sancionar un fuera de juego posicional de Ronaldo, que no tocó el balón, circunstancia que lo habilita según el nuevo reglamento. Lástima hablar de esto, pero es que casi nos mata una vaca.



