Del éxtasis al divorcio
La carrera de Bianchi en Boca parecía imparable. Liderado por Riquelme y Palermo, su equipo le dio un repaso al Real Madrid para lograr otra Intercontinental. Le siguieron el Apertura y la Libertadores. La plantilla y La Bombonera le veneraban, pero las discrepancias con Macri le llevaron a abandonar el club.


El 28 de noviembre de 2000, Carlos Bianchi volvería a dejar al mundo boquiabierto. Ya lo había hecho en Tokio con Vélez ante el Milán y allí repitió, esta vez ante el Real Madrid. Boca salía como víctima una vez más y Riquelme había sufrido un golpe en la rodilla en el último partido ante Talleres. Casi no entrenó en los días previos al encuentro. Pero en cuanto el balón rodó Boca demostró su poderío. Palermo cazó dos goles muy pronto y el de Roberto Carlos no sirvió para meter al Madrid en el partido. Los minutos finales, una apoteosis boquense, con Riquelme dueño del balón y nadie capaz de quitárselo. Por momentos, Riquelme humilló al Real Madrid.
Justo Riquelme, el joven por el que Bianchi había apostado desde el primer día. Esa Intercontinental convirtió a Bianchi en el técnico con más éxitos en la historia del fútbol argentino de clubes. Diez títulos nada menos, y por eso el titular de El hombre invencible con el que El Gráfico le premió tras el triunfo de Tokio. Era el segundo técnico argentino en ganar dos veces la Intercontinental junto con Juan Carlos Lorenzo, vencedor con Atlético de Madrid y Boca. 22 años después de aquel histórico partido de Gatti, Suñé, Pernía, Mastrángelo o Felman, en el Willparkstadion de Karlsruhe ante el Borussia Monchebgladbach, Boca volvía a la cima del mundo.
El cambio.
Boca había sido incapaz de brillar poco antes con Maradona, Caniggia, Verón y el Kily González en el mismo once titular y ahora lo ganaba todo con una plantilla inferior y casi sin gastar dinero. La propuesta de un monumento a Bianchi en La Bombonera empezaba a tomar cuerpo. Por si fuera poco, nada más volver de Japón ganó otro torneo, el Apertura. La hinchada de Boca no se cansaba de celebrar títulos y el equipo jamás había obtenido tres en la misma temporada. Un récord tremendo, que hacía imposible imaginar que Bianchi dejaría el club un año después, peleado con Macri y tras una rueda de prensa que rozó el esperpento.
Las razones no son sencillas de explicar. Difícil iba a ser superar lo del 2000 y el año siguiente no empezó de la misma forma. Boca no es Vélez y la necesidad de ganar se renueva día a día. Por eso, cuando puso algunos suplentes en un partido del Clausura 2001 ante Gimnasia, la gente se enfadó. Bianchi pensaba en el debut de la Copa Libertadores ante el incómodo Oriente Petrolero boliviano. Dio descanso a Córdoba, Ibarra, Clemente Rodríguez y Riquelme y puso a Abbondanzieri, Burdisso, Imboden y Gaitán. Boca ganó con un gol de Barijho, pero se empezó a recordar en los medios cuando su Vélez terminó penúltimo en el Clausura 94 al dejar todos los cañones listos para la Libertadores. Pero Boca es otra cosa, y aquello supuso el primer punto de desencuentro entre Bianchi y algunos dirigentes del club.
El año siguió con otro éxito enorme, una nueva Copa Libertadores. Un Boca muy armado y casi sin retoques se volvió a coronar campeón de América en una durísima final ante el Cruz Azul mexicano. Victoria en el Azteca y derrota en La Bombonera, que volvió a vibrar con otra tanda de penaltis y, de nuevo, con Córdoba como héroe. Un título más que, sin embargo, no sirvió para limar asperezas entre Bianchi y los dirigentes. El conflicto estaba latente y algunos tomaron partido. Por eso cuando Riquelme le marcó un gol a River hizo ese gesto con las manos en las orejas dirigiéndose al palco. Luego trató de quitar hierro al asunto, pero aquello hirió a más de uno. Los jugadores estaban con Bianchi, había quedado claro.
Boca era un polvorín e incluso había una ruptura entre los hinchas de La Doce (los más apasionados) y el resto de la grada. Explotó el 23 de septiembre de 2001, tras una goleada de Boca a Lanús. Bianchi daba su rueda de prensa habitual tras el partido cuando irrumpió el presidente Macri, se sentó a su lado y cogió el micro. Bianchi se quedó estupefacto y asistió a la charla de su jefe: "El fin de semana me sorprendí cuando vi que el problema de nuestro querido técnico no es económico, sino con algunos directivos. Creo que lo mejor para Boca es que se quede Carlos, pero si vos, Carlos, querés tirar la toalla y no remar es tu decisión". Bianchi se quedó de piedra y, tras un par de insistencias de Macri para que declarase, se levantó y se fue. Dejó al presidente allí sentado solo. Y Macri se justificó ante la prensa: "¿Ustedes creen que en este clima podemos ir a jugar la Intercontinental? No". La ruptura era un hecho.
El adiós.
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Bianchi siguió hasta final de año, dividió a la hinchada y la derrota ante el Bayern en Japón la esperaban todos. Fue el partido de la expulsión del Chelo Delgado, del lamentable arbitraje del danés Nielsen, del gol de Kuffour en la prórroga y de las lágrimas de Riquelme.
Bianchi se despidió de Boca con una Bombonera semivacía y un triunfo ante Independiente. Riquelme marcó dos goles y en ambos se fue a abrazar a su técnico y Schelotto le imitó. El estadio se llenó de pancartas a favor de Bianchi. 'En un país para llorar, vos me hiciste reir', 'Te queremos, Boca es sentimiento no empresa', 'Podrán imitarte. pero jamás igualarte' o un simple 'Te adoramos' eran algunas. Con todo ello la hinchada consiguió arrancar la palabra mágica, la que todos esperaban. Con un "volveré" cargado de emotividad Bianchi dejó Boca. Y, por supuesto, cumpliría su promesa.



