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En la cima del mundo

Cuando Bianchi empezó a entrenar al Vélez, el equipo era considerado el sexto de Argentina. Sin estrellas ni internacionales, ganaron la Copa Libertadores en 1994. Nadie lo esperaba. Se instalaron en la cima de América, del mundo. Dejó al equipo en 1996. Quería estar con su familia, pero terminó en Roma.

<b>UN DIOS. </b>Bianchi convirtió a Vélez en campeón mundial y, en Argentina, a él lo convirtieron en un dios.
Julio Maldonado
Importado de Hercules
Actualizado a

Si Bianchi había salido por la puerta grande de Vélez como jugador, como técnico entró de la misma forma. Primer torneo y primer título, el del clausura en 1993. Había firmado un contrato hasta diciembre de 1996, por lo que tenía tiempo para trabajar tranquilo. Con muchos objetivos, pero, sobre todo, el que Vélez jugase a su estilo. Eso lo consiguió pronto, y por supuesto llegaron los títulos. La Copa Libertadores de 1994 arrancó con Vélez como víctima. Primero ganó un grupo terrible ante Boca Juniors, Cruzeiro y Palmeiras ante el asombro de toda América. Después fue pasando una eliminatoria tras otra, sostenido también por Chilavert en las tandas de penaltis hasta la final ante el Sao Paulo. Y precisamente en otra dramática tanda de penaltis Vélez se instaló en la cima de América.

Una noche muy fría de agosto que se calentó cuando Chilavert le paró a Palinha el penalty decisivo. Aquel 31 de agosto de 1994 será uno de los días más felices de la carrera de Bianchi porque ahí se hizo grande como técnico. Por muchas cosas. Le había ganado a Telé Santana, uno de los mitos de los banquillos brasileños. Le había devuelto la alegría a toda Argentina, que aún trataba de digerir la sanción a Maradona y la eliminación en el mundial de Estados Unidos un par de meses antes. Y, sobre todo, había conseguido un gran éxito con un equipo pequeño, modesto, para todos sólo el sexto grande de Buenos Aires. Y con una plantilla sin estrellas, casi sin internacionales.

Un éxito tras otro.

En aquella final Bianchi se coronó como estratega, y no sólo durante el partido. Preocupado por las medidas del campo en Morumbí, mandó ensanchar el estadio de Vélez para los últimos días de entrenamiento en Buenos Aires. Funcionó, como la entrada del Turu Flores por Bassedas en el partido de vuelta, cuando los brasileños esperaban un Vélez más defensivo. "Quizá si les metemos un susto de entrada no atacarán tanto", reconoció tras el partido. La tensión fue tan grande que fue expulsado y tuvo que ver el final del partido desde el túnel de vestuarios. Pero nada de eso impidió a Bianchi disfrutar de una borrachera de alegría junto a Raúl Gámez, Bernardo Becker, Miguel Buenaga y Juan Carlos González, altos dirigentes entonces y viejos amigos de Bianchi desde su etapa de jugador. Esperaba en Tokio el Milán de Capello, un gigante que había vapuleado al Barcelona en Atenas en la final de la Copa de Europa y que llegaba como favorito.

En realidad sólo los hinchas más fanáticos se podían esperar el milagro, porque, además, Vélez llegaba muy mal de forma al partido, como el propio Bianchi reconoció en el aeropuerto de Buenos Aires antes de salir hacia Japón. Pero Vélez volvería a obrar el milagro y, esta vez, ni siquiera fueron necesarios los penaltis. Los goles del turco Asad de Trotta le dieron a Bianchi su primera Intercontinental y, a 21.000 kilómetros de distancia, todo el barrio de Liniers tomó conciencia de que en ese momento era el centro del mundo. "El barrio derribó al imperio", fue uno de los titulares que mejor reflejan el sentimiento de todo aquello.

Dos meses más tarde, Bianchi recibió en Montevideo el premio del diario El País uruguayo como mejor técnico de América. Instalado como un ganador, ya tenía que lidiar con todo lo que ello supone. Se le acusaba de ultradefensivo e, incluso, algunos medios trataban de enfrentarle con, el entonces, seleccionador argentino Daniel Pasarella. Pero Bianchi jamás entró en esas polémicas. Sabía que aún le quedaba año y medio en Vélez. Siguió con su trabajo y sacó muchos más jugadores de la cantera, pero en octubre de 1995 anunció su marcha. "Estoy cansado, necesito estar con mi familia. Nos van a venir muy bien tres o cuatro meses todos juntos en Francia. Y voy a ver la Eurocopa a Inglaterra".

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Con palabras como esas, nadie en Liniers reprochó a Bianchi que dejase el club después de haberle llevado a cotas inimaginables. Aun así, prometió quedarse hasta final de año en el asalto a un nuevo título, el apertura 95. Y lo ganó, con una facilidad abrumadora y esa "escuela de humildad" que él siempre promulgó en Vélez. Una vuelta olímpica más y el final de una etapa triunfal. Al final del torneo, El Gráfico hizo una encuesta popular para elegir a los mejores del fútbol argentino. Bianchi fue el mejor entrenador con el 72% de los votos, muy por delante del Bambino Veira. Y, por supuesto, casi la alineación completa de Vélez ganó puesto por puesto, desde Chilavert a Trotta hasta el Turu Flores.

Bianchi se marchó a Francia a descansar, y dejó a Osvaldo Piazza como técnico. Y su trabajo siguió plasmado con más títulos. La Copa Interamericana y luego la Supercopa tras ganar al Cruzeiro 2-0 con un gol de Camps, uno de los que se fueron incorporando al equipo. También el central Mauricio Pellegrino, hoy en el Liverpool y que, como el noventa por ciento de aquel Vélez campeón de todo, salió de la cantera. Obra de Carlos Bianchi, que tendría poco tiempo en París por una oferta de la Roma. El poderoso calcio no había olvidado la humillación del Milán en Tokio, y la Roma le llamó para su proyecto ambicioso. Pero allí las cosas serían muy distintas.

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