Despedida con honor
Baptista empató en el último instante del partido. Lección de coraje de ambos equipos. Penalti no pitado de Javi Navarro sobre Ronaldo

Tal vez, aunque nos empeñemos (yo lo hago), no se pueda juzgar al Madrid por los criterios estéticos habituales, sino que haya que hacerlo por los criterios que dicta la supervivencia, vivo o muerto, éxito o fracaso, sin más, sin detenernos en la plasticidad o en la armonía del conjunto, cuestiones importantes cuando el equipo, cualquiera, goza de buena salud y está en condiciones de plantearse un modo de existencia, una filosofía.
Pero no es el caso. Vanderlei Luxemburgo llegó a un equipo que se encontraba en liquidación y lo transformó en un equipo en transición. O lo disfrazó de eso, poco importa, porque en ese cambio de imagen radica su gran mérito, enorme, inmenso. Con la vieja táctica paternal que convence al niño de que cada cucharada será la última, el entrenador brasileño ha logrado que el equipo se acabe la sopa y ya no hay nada que reprocharle aunque el Barcelona haya ganado finalmente esta Liga.
No venció el Madrid ayer y el gol de Baptista en el último instante ha podido dejar sabor de fracaso en el seno del madridismo. Pero no nos engañemos. Hace tiempo que no jugaba el Madrid por el título, sino por la ilusión, por la vana esperanza, por la rehabilitación personal y también, por qué no apuntarlo, por el constante susto al Barcelona y el placer que eso provocaba. Y nunca pareció el Barça vulnerable en el campeonato hasta que lo asedió el eterno rival, el dragón de diez cabezas. Por lo demás, la Liga era un milagro y los milagros no se convocan, sino que ocurren cuando no mira nadie, si acaso inocentes pastorcillos.
El encuentro, en cierto modo, resumió lo que ha sido la temporada para el Madrid: un comienzo horroroso y una progresiva recuperación a base de echarle mucha casta (y algo de suerte) que dejó el objetivo muy cerca. Y la influencia de un árbitro inepto. Así es, porque en el momento decisivo del choque de ayer, Ronaldo fue derribado dentro del área del Sevilla por Javi Navarro, que le agarró del brazo para que no rematara. Y no es Ronaldo un tipo al que se pueda tirar con un leve contacto con el hombro, no. Para echar abajo a Ronie hay que dinamitarle los tobillos. La mejor prueba de que fue penalti es que Ronaldo protestó con indignación, y no es futbolista que finja, no lo necesita, pues en su caso no hay piscinazo que provoque mejor ocasión que el remate que planea. Además, ni queriendo hubiera podido lanzarse al césped en escorzo semejante.
No obstante, soy de la opinión de que jamás debería el Madrid escudarse en la actuación que tengan de los árbitros, porque le obliga la grandeza y la historia. Sería como recurrir al simple argumento con el que han justificado otros los éxitos ajenos y los fracasos propios. Debería convencerse el madridismo, también su web, de que el árbitro es, en el mejor de los casos, como el poste. Alguien con quien te estrellas, en ocasiones de forma reiterada. Y resulta absurdo abroncar al palo.
También jugó el Sevilla, no me olvido, y si hablamos ahora de gran partido es por su presencia, arrebatadora al comienzo y al final. Porque si algo distingue al Sevilla de Caparrós es eso, su intermitencia, la alternancia entre la intensidad absoluta y la distracción total. Por eso todavía está pendiente la Champions League. Ayer volvió a quedar claro. El equipo saltó al campo, arropado por una afición que llenó el Sánchez Pizjuán como en las grandes ocasiones, con un entusiasmo (y una calidad) que acorraló por completo a su enemigo. En esos primeros minutos se sucedieron las ocasiones, Casillas las salvó como suele.
Primer tanto.
En ese comienzo volvimos a acordarnos de Monchi, director de fútbol sevillista y privilegiado ojo para los fichajes. Renato es un centrocampista estupendo y Adriano se le parece muchísimo. Jesús Navas es una joya, está confirmado. Y su entrenador tiene el valor de apostar por él aunque al físico del muchacho le falten dos cola-caos. Curioso ese Caparrós que es capaz de adiestrar marines y descubrir perlas en el océano.
El gol del Sevilla no tardó en llegar. En una falta lejana que no obligó a poner más barrera que dos futbolistas, Zidane y Beckham, a Sergio Ramos le acarició la pelota Renato y él la pegó con exquisita violencia. Como ni Beckham ni Zidane se sentían ni muro ni ladrillo el balón pasó entre ellos y fulminó a Casillas, que no pudo reaccionar a tiempo, y es conocido que atrapa balas con los dientes. Era de las pocas cosas que nos quedaban por verle a Sergio Ramos, fabuloso lateral, central imponente y ahora también pateador de primera. El chico, aunque pretendido por el Madrid, lo celebró a lo grande. Hace apenas un año el club blanco no se decidió a ficharlo y ahora pagará esa duda a precio de zumo de diamantes.
El Madrid dio la impresión de estar verdaderamente muerto. Más por dejación del Sevilla que por iniciativa propia tomó por vez primera el mando del juego, pero le sirvió de poco, porque el equipo no maneja más velocidad que la lenta. Todo es un amasijo en busca de Ronaldo y el balón que alcanza la frontal no es extraño que acabe en Helguera si por lo que sea Ronie no ha sido localizado. Ha sido así durante toda la temporada.
Sin embargo, otro de los protagonistas del encuentro, Javi Navarro, se encargó de resolver la situación. Aunque se le esperaba por el departamento de homicidios, el central surgió en una jugada limpia para despejar un balón que buscaba a Owen y que acabó en la red gracias al cabezazo del propio defensa. Aquello revivió al Madrid, que a falta de juego comenzó a tirar de credenciales, el título de aristócrata, el carnet de boy scout, las tarjetas de crédito de oro y platino y el descuento del Carrefour. Naturalmente, también mostró el escudo, que es lo que más impresiona a los rivales.
En esas circunstancias, el Sevilla se agazapó y se entregó a un contra milagrosa. Luxemburgo movía el banquillo y daba entrada en la segunda parte a Guti y Figo por Gravesen y Owen. A falta de buen fútbol, los visitantes le ponían al encuentro un nivel de emoción conmovedor, y me temo que nada más se les puede pedir.
En esas llegó un cabezazo de Zidane que rozó el larguero, acción que nos recordó que el francés estaba en el campo y nos dio pie para empezar a renegar, no mucho, eso sí, porque casi inmediatamente después, robó un balón, se lo colocó en la derecha con una dulzura magistral y se sacó un chutazo del arpa que golpeó en el larguero y batió a Notario, que dio fe. El modo de celebrarlo el banquillo madridista, como si de un título se tratara, avala a Luxemburgo y hace que nos rindamos a su capacidad de motivación, a su habilidad para hacer equipo, grupo.
El Sevilla recuperó el nivel de revoluciones del principio y se lanzó a por el partido. Baptista, gris hasta entonces, tomó el mando de las operaciones. Qué gran jugador. Primero rozó el palo con una jugada que incluyó regate y disparo. Luego, en el filo de la finalización, finiquitó la cuestión. Jesús Navas puso un centro con el exterior del pie como sólo hacen los muy buenos (Martín Vázquez, en tiempos) y Baptista cabeceó de manera implacable, empate, tal vez justicia y, seguramente, Champions League. El premio del Madrid es intangible, pero fundamental. Es el honor.
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César jugó a las guerras de agua
En el minuto 87 del encuentro, con el Madrid venciendo 1-2 y sufriendo el acoso del Sevilla, las cámaras de televisión captaron a César jugando a las guerras de agua con un compañero de banquillo. Al guardameta suplente del del conjunto madridista no le afectaba la tensión que se respiraba sobre el césped del Sánchez Pizjuán.



