Primera | Valencia 1 - Real Madrid 1

Empates así son triunfos

Aimar y Ronaldo, goleadores de un intenso partido. El brasileño rompió su mala racha Aumenta la distancia con el Barça pero la Liga sigue viva.

<b>juego duro contra ronaldo </b> Marchena y Ayala pasaron bastantes apuros para frenar las embestidas de Ronaldo. El brasileño sufrió, sobre todo en la primera parte, varias entradas fuertes de los centrales valencianistas. En la imagen, Ronie se duele de la pierna derecha tras una falta de Marchena.
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Nos equivocamos cuando exigimos del héroe del remate (o de la canción, o de la escritura o de lo que fuere) un comportamiento ejemplar en el resto de materias. Ni las lentejuelas ni los últimos michelines restan mito a Elvis ni fue menos, por ejemplo, Sinatra por el tabique nasal de platino. Y tampoco emborrona la leyenda deportiva de Maradona el circulo vicioso en el que se ha convertido, pues el futbolista o el cantante o el escritor han de ser juzgados exclusivamente por su obra respectiva, por su actuación en el escenario, y no por su contribución a la sociedad, pues de otro modo deberíamos arrancar los posters y nos quedaría cerco en las paredes; es bastante complicado que el encanto de Marilyn y la generosidad de la Madre Teresa coincidan en la misma persona. Me refiero con todo esto, claro, a Ronaldo, quizá alejado de los ejemplos anteriores, pues ni su bien ni su mal llegan a ser a tan sublimes, pero criticado por llevar una vida que, curiosamente, no le impide cumplir con su trabajo y marcar goles como el de ayer, el empate del Madrid.

Quizá ese gol sea lo más sobresaliente del partido, visto con perspectiva (poca), aunque tampoco fue menos magnífico el contraataque que montó el Valencia para adelantarse en el marcador, un ejemplo de velocidad y eficacia. Pero, en este caso, el gol de Ronaldo sirvió, creo, para zanjar un debate, el que se generó hace tiempo y resultó evidente el pasado miércoles cuando parte del Bernabéu abucheó al delantero por sus fallos repetidos. Cuando el Madrid perdía en Mestalla, Ronie levantó a su equipo al poner pólvora a un excelso pase de Guti. Regateó al portero, lo que pudiera haber hecho más de uno. Pero cuando el balón se le quedó atrás, en lugar de ser víctima del pánico, como cualquiera, encontró tiempo para pensar y rehacerse y regatear a Marchena, que era una pantera, y, después de una milésima que pareció una hora, marcar gol, fin del coloquio. Ese recorte, al borde del precipicio, recordó el que le hizo Maradona a Juan José en un lejano partido en el Bernabéu, el mismo capotazo para espantar las moscas, todas.

Eso que relato ocurrió al filo de la primera media hora, pero no quiere decir que después no sucediera nada. El partido entero estuvo cargado de emoción e intensidad y el empate no puede ser considerado como un premio menor que aleja a los contendientes de sus respectivos objetivos, en absoluto. Hay pruebas que están más allá de la evidencia de los puntos porque facilitan datos, optimistas, de lo que está por venir. Ayer ganaron crédito los dos, y lo explicaré a continuación.

El Madrid superó el examen porque en ningún momento se mostró abatido o a expensas de su adversario, como le ha pasado tantas veces, no las citaré, y por primera vez en mucho tiempo pareció dueño de su propio destino. La alineación equilibró el juego del equipo a pesar de la intermitencia de Guti, eclipsado por la imponente personalidad de Gravesen, que se ha erigido en capitán y portavoz, pese a no hablar castellano. El Valencia salió reforzado porque recordó al conjunto trepidante que fue anteayer, aunque su rival había aprendido de los errores anteriores. En cuanto recupere el ritmo, serán pocos los que puedan detener a esos jugadores.

A los 14 minutos marcó Aimar, un futbolista muy especial. En algún momento creo que fue sobrevalorado, pues se le hizo depositario del talento del Valencia y de una capacidad de desequilibrio que, entiendo, necesita de aliados igual de talentosos. Ni es el ser divino que quisieron ver ni el futbolista que se negó a considerar Ranieri. Es, simplemente, bastante bueno. Él culminó una contra prodigiosa que embaló Albelda y tocaron sucesivamente Baraja y Mista, hasta que el balón acabó en sus botas, con suerte, pues lo quiso despejar Samuel. Casillas, medio tapado, no pudo oponer nada a un disparo que mezcló potencia y finura.

En otro partido, en cientos de los que hemos visto, por ejemplo Riazor, el Madrid no se habría levantado nunca o de haberlo hecho se hubiera limitado a lanzar puñetazos al aire. Sin embargo, esta vez se recompuso y ofreció más que dominio inocuo. Y eso tiene mérito cuando se carecen de extremos puros, cuando el ancho del campo se reduce 10 metros y el juego debe basarse en el apoyo y el toque.

Así llegó el gol de Ronie, precedido por la clarividencia de Guti, el único jugador del Madrid que imagina caminos y que otorga profundidad al juego. Ronie resolvió el asunto como quedó dicho. El choque rozó entonces el equilibrio perfecto, aquel que ofrece las mismas opciones a los contendientes, el juego abierto, vibrante. El centro del campo era una guerra maravillosa en la que Albelda y Baraja encontraban digno oponente en Gravesen.

La segunda parte fue la continuación del mismo pulso. Casillas, que había pasado más bien inadvertido, se exhibió a tiro de Fabio Aurelio. Sería una gran noticia para el Valencia haber recuperado a este futbolista, el lateral izquierdo más interesante desde la irrupción de Roberto Carlos y desde la irrupción de su maldita lesión. Después, Ayala, otro jugador imprescindible, mandó alta una pelota que pudo ser gol, el partido era un vaivén delicioso en el que nadie era menos que nadie. La siguiente oportunidad fue para Ronaldo, en apariencia más delgado y tan comprometido como el día del Betis. Esta vez Cañizares, espléndido, evitó el tanto.

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Luxemburgo, con valentía (otra cosa es el acierto) metió a Portillo y Celades por Solari y Beckham. No pasó nada, claro, excepto un chutazo de Baraja, que nos recordó el estupendo futbolista que es, muchísimo más que un soldado, un teniente. En los últimos minutos se concentró todo lo visto antes. Ronie le entregó un balón de gol a Celades tras un jugadón en el área. Mala elección, porque el balón acabó en la luna de Valencia. Con el tiempo cumplido, Cañizares volvió a impedir que el brasileño saliera a hombros. Borja, invitado a la fiesta por el generoso entrenador, también falló la ocasión que nos hubiera vuelto mudos. Y Aimar erró la que hubiera acabado con una Liga y una esperanza y, quién sabe, hubiera acelerado el plan Renove. Su cabezazo terminó en el larguero.

Habrá que observar cómo salen otros rivales de Mestalla y cómo resuelve el Valencia sus próximos compromisos. Pero insisto en que el escaso reparto de puntos no es un mal síntoma, sino todo lo contrario. El Valencia siempre pareció vivo y el Madrid jamás pareció muerto. Sólo falta que ambos equipos recuerden cómo lo consiguieron, con arrojo y prudencia.

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