Primera | Real Madrid 3 - Zaragoza 1

Una victoria con aliados

Triunfo del Madrid con ayuda de los errores del Zaragoza y las decisiones del árbitro. Gravesen debutó con ovación. Figo debió ser expulsado

<b>CELEBRACIÓN. </b>Los jugadores del Real Madrid celebran uno de los goles.
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Se suele ganar (o perder) por un cúmulo de circunstancias que resulta complicado diseccionar porque esto no es la morgue y todo es un pringoso revoltijo de méritos y deméritos, de buena fortuna y mala, de talento y de su ausencia, también de corazones y partes blandas. Sin embargo, en esta ocasión resulta extrañamente sencillo enumerar los motivos por los que ganó el Real Madrid e incluso nombrarlos según su importancia. Venció, primero, gracias a la inestimable colaboración del Zaragoza, que sufrió la autoexpulsión de uno de sus jugadores, Álvaro, desatado como un miura e igual de reflexivo. Después triunfó por el talento propio, inmenso aunque perezoso, y por fin se impuso con la ayuda del árbitro, que permitió el segundo gol madridista en flagrante fuera de juego y se tragó un penalti a Villa que fue un estrangulamiento.

No obstante, es muy probable que el Madrid hubiera conseguido ganar sin la ayuda de su rival y del árbitro, aunque le hubiera costado más trabajo. Es más, hubiera sido lo más lógico. Antes de esas influencias, Raúl había logrado empatar el choque y el partido se inclinaba con descaro a favor de los locales, mucho más ambiciosos que su adversario, que ni se encerró ni salió con suficiente decisión a la contra. Y no olvidemos que también hubo un penalti a Raúl, emparedado entre Ponzio y Álvaro, que el árbitro no quiso ver o simplemente no vio de puro malo.

El primer golpe lo dio el Zaragoza. Su gol combinó la cantada a dúo de los centrales del Madrid y el enorme talento de Villa. Helguera salió a cortar y lo hizo sin ninguna contundencia, ni despejó ni controló, de modo que el balón se lo llevó el delantero, que en su camino a la portería debía cruzarse con el terrorífico Samuel. Para deshacerse de él le bastó una bicicleta: el argentino se apartó ante el amago y se estiró alzando los brazos con el perfecto estilo de un banderillero pintón. A Villa, que no tiene cuernos, ni siquiera afeitados, sólo le quedó burlar a Casillas y lo hizo de forma impecable.

Por partes. Siempre he sido de la opinión de que Helguera ha sido mejor centrocampista que central, pues aunque se trata de un futbolista con problemas para contenerse y guardar el sitio, en la medular aportaba sacrificio y, sobre todo, llegada. Creo también que después de reciclarse como defensa le resultó imposible volver. Tal vez por voluntad propia o quizá de forma inconsciente. El trabajo de central para un buen futbolista (y él lo es) exige menos esfuerzo y encuentra mayor valoración a idénticos méritos. Lo mismo le ocurría a Manolo Sanchis y lo mismo pasó con Fernando Hierro. Lo que intento explicar, y ya me va quedando largo, es que Helguera no tiene la cultura del central, es un converso, y por eso peca de pensamiento y muchas veces, como ayer, intenta jugar lo injugable y peca también de obra. Entonces se le nota el disfraz.

Con Samuel algunos hemos sido tan críticos que yo, lo confieso, hasta he llegado a sentir remordimientos. Pero se me pasan pronto. Incluso quitándole el precio (25 millones de euros), Samuel es un central mediocre, un tipo rudo como hay cien. Eso es ahora y eso parece, ignoro si en el pasado fue un sublime ángel exterminador o si en el futuro se revelará como un Beckenbauer redivivo. Desconozco también si ha caído sobre él el peso del Real Madrid, esa responsabilidad que ha engullido históricamente a jugadores aceptables.

Por lo que se refiere a Villa, se le quedó pequeño el Sporting, todos lo vieron, y le empieza a ocurrir lo mismo en el Zaragoza actual. Destaca mucho un futbolista con pólvora en un equipo absolutamente desmilitarizado, con bastante técnica pero vulnerable hasta el rubor. Si Movilla no impone su ley (orden y velocidad en el pase), y ayer no lo hizo, el conjunto se impregna de la personalidad de Savio, el jugón desvalido, el lobo bueno.

El punto negro.

Nada había ocurrido en el partido hasta el gol del Zaragoza si no fuera una entrada violentísima de Figo, quien, probablemente por la frustración del balón perdido, dio un plantillazo imperdonable a César. El portugués debió ser expulsado y no vio ni la tarjeta amarilla, pero el central debió abandonar roto el encuentro. Mientras era atendido, su equipo se adelantó en el marcador.

El Madrid había saltado al campo con buen ánimo y durante los primeros minutos compartió el dominio con el Zaragoza, todavía colocado. Pero es evidente que en los madridistas falta frescura y centro del campo. Y eso que Solari está cumpliendo y suple con entusiasmo su falta de oficio en la posición. Además de lucha (algo desmadejada), ofrece visión de juego. Un gran pase que llevaba su firma no fue aprovechado por Raúl, que erró en el control cuando tenía al portero encañonado.

Beckham, su compañero en el pivote, no estuvo tan perdido como otras veces y dejó en el recuerdo grandes pases, un par de ellos con olor a gol. Si esa es la virtud de Apolo, ser un gran lanzador (lo que sería quarterback en el fútbol americano), no se comprende que no se explote esa condición hasta el hartazgo: balón de Becks, pase seguro y todos a correr para desmarcarse. Imagino que en la falta de práctica tendrá que mucho ver lo de "correr y desmarcarse".

El primer aviso local lo dio Zidane, que se internó por la banda a trompicones (así está él) y centró con peligro al segundo palo, después de que se le cayeran delante varios enemigos por causas desconocidas. Ronaldo, que estaba solo, cabeceó alto. Pero el Madrid no perdonó en la siguiente. Jugaron al toque Helguera, Zidane y Ronie y la pelota con tres lazos acabó en Raúl, que batió a Luis García, con un tacto prodigioso, mezcla de palanca, pique, vaselina y aguanís. Fue más que un golazo: fue un amnésico recordando la calle donde vive. Un detalle prometedor, porque a un jugador así se le espera con los brazos abiertos como esperaba Penélope en la estación.

En la segunda mitad, a la autoexpulsión de Álvaro, le siguió el segundo tanto madridista. Losantos no señaló el claro fuera de juego de Figo (y alguno más) y el tiro del portugués, que rebotó en el portero, lo remachó Ronaldo con la cabeza.

El Zaragoza ya no se recuperó y se entiende. Eran demasiadas cosas bullendo en la cabeza, entre la torpeza propia y la del señor árbitro. Sin embargo, el equipo mejoró mucho con la entrada de Luciano Galletti, el verdugo del Madrid en la final de Copa y el otro portador de munición, junto a Villa. El argentino estuvo a punto de repetir el gol que le metió a César en Montjuïc, aunque esta vez la parábola mortal sólo estuvo en la imaginación de Casillas, que despejó in extremis cuando ya se había dejado caer hacia el lado equivocado.

Con el partido convertido en un jaleo, Gravesen entró por Figo y el público le recibió con una ovación que era más de alivio que de admiración. Y al nuevo le dio tiempo a hacer de todo, bueno y malo, a robar, a perder y a gritar, la gente entregada porque el chico es tan blanco que parece que juega desnudo.

Owen, que entró después, sentenció con un gol de pillo, estilo Butragueño. El inglés aprovechó que el defensa reculaba para sorprender con un tirito inesperado que burló al portero con más ingenio que fortaleza. Juegue más o menos, el muchacho es encantador y por eso le han adoptado en el Santiago Bernabéu.

La flor del Madrid continúa, aunque esta vez estuvo regada por el rival y por el árbitro. Profunda la confusión en la que terminó el Zaragoza, víctima de un puñetazo propio que se estrelló en su cara y, sin tiempo para recuperarse, de un gancho del Madrid al mentón que fue seguido de un golpe del árbitro al hígado. Hay noches que es mejor no salir de casa.

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