Primera | Real Madrid 1 - Real Sociedad 1

La Liga se aleja aún más

El Madrid no aprovechó la inspiración de Ronaldo. La Real dejó una buena impresión en el Bernabéu. El Barça se pierde en el horizonte

El Madrid tropezó en su estadio y no pudo pasar del empate ante la Real.
Actualizado a

El mundo (el de la gente normal) se divide, por ejemplo, entre los que esperan a Ronaldo y los impacientes. Los impacientes acaban silbando, Ronaldo falla, se estrella contra murallas de defensas, controla mal, desaprovecha un error del guardameta que le deja la portería libre, lo intenta muy lejos, pitos y pitos. Los que esperan, callan. Hasta que Ronaldo marca, lo suele hacer y no es impresión, ni vago recuerdo, es pura estadística. Entonces, muchos de los que aguardaban claman venganza, y gritan Ronaldo y gordito, y te exigen que lo mires, que lo reconozcas, que hables ahora. Y en ese momento, callas tú.

Ronaldo es un optimista patológico y por eso intenta franquear puertas cerradas y asalta barreras de centrales por las que no pasa ni el viento. Por eso arranca siempre con entusiasmo, por eso sonríe constantemente y esa es la razón también de su ausencia total de miedo. A alguien así los inconvenientes le convienen. "Si el público me abuchea es porque me quiere", eso dijo en la previa, convencido.

Sin embargo, a un sector de Bernabéu, amplio y raulista, le sigue sacando de quicio el talento que se desconecta del sudor y el esfuerzo, el acierto aislado, el genio inconstante, un estilo impropio de los mitos del club, a excepción, quizá, de Butragueño, que a cambio era el yerno perfecto. Pero si lo dicho saca de quicio, lo que más desespera a ese tendido del siete (y nunca mejor dicho) es perder la razón cada vez que Ronaldo marca. Hay relaciones de amantes parecidas, hay quien reniega por la tardanza del otro y al abrir la puerta descubre a quien se retrasa con ramo de flores y sonrisas profidén, y perdona a regañadientes.

Ronaldo rescató al Madrid cuando la primera parte se escurría por el desagüe. El partido hasta ese instante había sido, por momentos, tan mediocre que costaba concentrarse en él, no escaparse con una musa o más bien con una musaraña, el cuello que duele, el triunfo del Madrid de basket, los venenos que usa el KGB. Ninguno de los galácticos lo era, se sucedían los errores incomprensibles, esos balones que se intentan parar y se cuelan por debajo de la suela, como si en lugar de tacos hubiera flecos, le ocurrió hasta a Zidane.

En ese panorama la Real Sociedad se desenvolvía con cierta comodidad, tocando y escapando, con finura, porque es un equipo de no dar patadas, bueno pero algo tierno, a medio cocer, problema que se agrava si no está Karpin, niños con talento de la mano de sus tíos, Kovacevic y Nihat. A los dos minutos pareció que el Madrid ganaría fácil, a los quince que sufriría y a la media hora que empataría con dificultad.

Xabi Prieto, que deslumbró la pasada temporada en el Bernabéu, volvió a lucir, aunque en la banda da la impresión de sentirse como castigado, limitado o probablemente sea esa indolencia que acompaña a los que se saben muy buenos, le ocurre igual a Yeste y le sucedía también a Guti, antes de hacerse minero, claro. De los jóvenes, también gustaron Zubiarre y Labaka, produce esa cantera futbolistas muy similares, en juego y físico, ya no hay bajitos como López Ufarte.

El estadio se rebela. Como la Real se acercaba y el Madrid no, hubo pitos al equipo local, y como Ronaldo es siempre el último en tocar la pelota después de una mala jugada casi todos los silbidos acumulados por los errores ajenos parecían concentrarse en él y ser causa de su fallo.

Y, de repente, sucedió. Salgado se internó por la banda, alcanzó la zona de peligro, esa que empieza donde acaba el área grande y que debería estar pintada de rojo, y centró hacia el punto de penalti. Ese balón, que venía fuerte y con pinchos (venía de Salgado), lo atrapó con el pecho Ronaldo, aunque le salió rebelde y rebotó alto. Ahí es cuando se produce el milagro y el tiempo se detiene y todos se mueven en cámara lenta excepto Ronaldo, que deja botar la pelota y la engancha muy alta, con una media volea que transforma al oso grizzlie en guepardo.

No tuvo más historia la primera mitad. Si acaso una llegada de Samuel hasta la línea de fondo del área enemiga, desde donde centró, conquista que, como en el ajedrez, debería servir para cambiar el peón por una reina. Sigue sin estar afortunado Samuel y sus flagrantes y constantes faltas esconden cualquier virtud, el orden, la seriedad, que las tiene (dicen).

La segunda parte se inició con una buena parada de Riesgo a tiro de Zidane y se reanudó con el mismo Madrid, algo decepcionante, porque no es ninguna provocación, es más bien lógico, sustituir en el descanso al futbolista que no estuvo mal y todos los que rellenan el campo de Guti (magnífico) a Ronaldo habían estado verdaderamente mal. Los cambios, su tardanza, esa desesperante diplomacia en los relevos, siguen siendo lo único que empaña el trabajo de García Remón al frente de un banquillo que más que un poder, está siendo una vitrina.

Una arrancada de Ronaldo puso a prueba a Riesgo (interesante portero con peinado tipo beatle) y un contragolpe de Beckham acabó en el limbo por la torpeza del inglés, que olvidó centrar (y jugar). Últimamente está más en el papel de San José que en el de futbolista. Es el problema de la multiplicidad de personalidades, confundes la portería contraria con el portal de Belén.

No hubo más hasta el gol de la Real Sociedad. Kovacevic aprovechó un balón al área para dejárselo de cabeza a Nihat, que remató, al igual que Ronie, de media volea, palo y gol. No es afán persecutorio, pero Samuel, en esa jugada, estuvo más pendiente de empujar a Kovacevic que de despejar con la cabeza. Por cierto, el serbio y el turco, aunque lejos de su mejor momento, son dos futbolistas sobre los que construir un equipo apañado.

Owen sale tarde. Fue entonces cuando llegaron los cambios del Madrid, demasiado tarde, demasiado forzado, igual de enfadado el que sale y mucho más enfadado el que entra. Owen sustituyó a Figo. Ser conservador puede condenar a García Remón y de nada le culparán si es valiente, y él debería saberlo.

Con el empate, la Real se siguió manejando con soltura, sin retroceder un metro, poco incisiva pero poco agobiada por un Madrid al que le cuesta cambiar de velocidad hasta en las situaciones más comprometidas. Como le sucede a otros visitantes, a los donostiarras les daba un poco de corte aprovechar el desconcierto táctico del Madrid, como si esa forma de no bajar nunca, de dejar espacios, escondiera un truco.

Sólo había un futbolista distinto, capaz de variar el rumbo: Ronaldo. Un jugador al que el equipo le debería haber dado todos los balones, como se entregan en el baloncesto a la estrella indiscutible (Bullock o Bodiroga), autorizada en los últimos segundos a tirarse hasta las zapatillas, la suerte en sus manos, sin reproche alguno en caso de fallo.

Ronaldo reclamó ese permiso, pero no se lo dieron o no le miraron, quién sabe. Rebelado ante el destino, capturó un balón en un contragolpe y ejerció de futbolista chupón (pasó olímpicamente de Beckham, que estaba solo en la derecha) y se inventó un buen disparo cruzado que atrapó Riesgo. En esos últimos cinco minutos pensamos que a la determinación de Ronaldo le faltarían balones y minutos. Y le faltaron las dos cosas. Ahora no hay quien vea al Barça sin catalejo.

Lo que ocurrió después ya no será aquí consignado porque no fue fútbol, aunque secuestró tres minutos y cuatro más de descuento estimado, que cuando se jueguen formarán parte de una historia diferente, espero que mejor.

Noticias relacionadas

El detalle: mal estado del terreno de juego

Las bajas temperaturas que se están registrando en Madrid estos días influyen negativamente en el estado del césped del Santiago Bernabéu. La zona próxima al Fondo Sur es la más afectada, dado que el sol apenas da allí en esta época, por lo que hay calvas y partes sin césped.

Te recomendamos en Más Fútbol

Productos recomendados