Pirueta en el alambre
El Madrid remontó un 2-0 y encarrila su clasificación. Marcaron Raúl y Figo, de penalti. Fabulosa reacción ante un buen equipo

Dice un proverbio ruso que añorar el pasado es correr tras el viento. El Madrid estuvo ayer muy cerca de ser proverbio ruso, especialmente, pasado y viento. Pero cuando teníamos la esquela preparada, rogamos una oración por tu alma, surgió ese factor invisible que es esencia de escudo, historia y talento. Y lo que parecía imposible se convirtió en lo más probable: bastará ganar al Leverkusen en el Bernabéu para clasificarse para octavos.
Los primeros diez minutos del Real Madrid los recuerdo ahora como imponentes, pero tal vez sólo fueron adecuados, lo que es no es poco, porque es justo lo que se espera que oponga un gran equipo que se presenta en campo contrario ante un enemigo rabioso: mucho toque, control del balón y variedad de capotazos para enfriar el partido.
Si algo chirriaba entonces y siguió haciéndolo después era la posición de Ronaldo, por detrás de Owen, en la mediapunta, ese puesto que representa la metrosexualidad futbolística y que no encaja en alguien tan contundente, guepardo en el área y elefante lejos de allí. Y tampoco favorece ese dibujo al inglés, que pegado a los centrales es como un hobbit en Mordor, dan ganas de adoptarlo.
Así estaba el panorama y así cambió: en el primer acercamiento del Dinamo, Rincón (que se llama Diogo y se parece a Freddy) pivotó en el área, esperó la llegada de un compañero y le cedió el balón en la frontal. El tiro de Yussuf, que fue quien apareció (con permiso de Figo), tocó en Pavón y se coló en la portería. Bien, pues esa simpleza la repitieron los ucranios media docena de veces, aprovechando que la defensa madridista reculaba hasta la portería y despejaba el horizonte.
No habían pasado diez minutos cuando Verpakovskis encaró a Salgado, amagó por dentro, luego por fuera, y, con el lateral desvencijado, marcó de chutazo raso. Hay goles que valen por un cero más en el próximo contrato.
Corría el minuto 22 de la primera mitad y fue uno de esos momentos en los que hay que decidir si morir o matar, si abandonarse o sufrir, si detenerse o seguir. Y salió matar, sufrir, seguir. Atravesará el Madrid otros desfiladeros esta temporada, pero ayer salió con vida de uno que parecía no tener fondo. Me corrijo: de situaciones así sale con dos vidas.
La reacción que vino no fue la conjura de un ejército que se levanta como un solo hombre. No, en absoluto. Fue una guerra, sí, pero de guerrillas, de tribus de uno que se alían por causa mayor y tiempo definido. Primero un chut de Ronaldo, luego un disparo de Zidane que silbó junto al poste y, por fin, un arrebato de Figo, que hacía horas que había abandonado su banda.
Dejemos al portugués iniciando una diagonal salvadora para aclarar que la suya es una bendita anarquía. No tiene la velocidad de antes, ni la disciplina de nunca, pero es lo que en las películas de gángsteres llaman un profesional, un asesino implacable, un arreglador, un señor Lobo. En tipos así ser borde es una virtud.
Cuando todo daba la impresión de estar perdido, para ayer y para siempre, Figo se internó por la estepa y le puso a Raúl un balón que era una cesta de Navidad con jamón serrano. Y fue gol, claro, no estaba Raúl para bromas, él siente estas afrentas como el aficionado de bufanda y bocadillo, él es de los que ni cenan ni duermen.
Conste que toda esta gloriosa reacción estaba aderezada con ocasiones clarísimas del Dinamo, que fusiló un par de veces a Casillas, al que nos hemos acostumbrado que le reboten las balas. Fue después de uno de esos tiroteos cuando llegó el penalti a Ronaldo, que no es que fuera zancadilleado, es que le cogió Islero. La pena máxima era de esas que hay que meter y Figo, por supuesto, la metió. Y vestido de negro y con guantes, que nada es casualidad.
Lo ocurrido, ese brutal golpe de timón, acredita a un equipo, limpia la imagen de un escudo y mantiene una leyenda de un club. Porque ese vuelco se conseguía además ante un magnífico Dinamo del que oiremos hablar si los grandes de Europa no se subastan en junio a sus jugadores, casi todos buenos, del portero al punta pasando por el central de la coleta. Un buen director deportivo se puede inventar un equipo y un mal presidente lo puede aniquilar.
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La segunda parte fue la continuación de la locura, del desmadre táctico, mil arriba y un par abajo, igual Dinamo y Madrid, imposible decir si huían o perseguían. Agradecer, eso sí, que el árbitro, que era amigo, se tragara un clamoroso penalti de Salgado a Verpakovskis, que es joven y superará el trauma. Lentísimo el lateral, por cierto.
Lo demás fue un sinvivir, hubieras nacido en Kiev o en Valverde del Júcar, otro capítulo de la agonía que le espera al Madrid este año y que pudiera ser que, al final, hasta le fortaleciera. Caso de sobrevivir.



