Primera | Real Madrid 1 - Numancia 0

Nada nuevo bajo el sol

Victoria anodina del Madrid, que incurrió en los defectos de siempre. Zidane y Figo, los mejores. Al Numancia le faltó mordiente. Gol de Becks

<b>VUELVE EL DEBATE. </b>Owen sustituyó a Raúl cuando faltaban apenas 20 minutos para el final.
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Se encuentra el Madrid exactamente en el mismo punto (negro) en el que lo dejó Queiroz, lo que resulta un tanto desconcertante, pues pensábamos que a falta de caras nuevas (que jueguen) Camacho sería capaz de contagiar ardor guerrero a los jugadores, creímos, tan desolados estábamos, que sólo él podría meterlos en vereda. Pues no, al menos de momento. Los futbolistas están en la misma vereda en la que estaban, que es la vereda tropical, la del bolero, la noche plena de quietud con su perfume de humedad.

No fichar a futbolistas capaces de imponer su personalidad en el campo o de trasladar el carácter del entrenador al césped ha dejado a Camacho como único responsable de lo que sucede, que es el cambio que no llega, y eso fija las miradas en el banquillo, donde al técnico se le ve un tanto desesperado. Supongo que al menos hemos ganado en transparencia: con Queiroz, que era inmutable, tardamos cuatro meses en descubrir que no tenía la más remota idea de lo que sucedía a su alrededor.

El Madrid, que pasó de poco a nada, volvió a comportarse como siempre, con absoluta frialdad, en manos de lo que se le ocurriera a Zidane y de lo que intentara Figo, dos futbolistas muy por encima del resto, hay quien afirma que porque han renunciado a jugar con sus selecciones, pero eso, a estas alturas, es más una coincidencia que una explicación.

El mal juego del Madrid se hizo más evidente porque el Numancia aportó muy poco más que las virtudes que se le suponen al modesto: entrega y orden. El equipo de Francisco arañaba sin uñas y eso es casi como acariciar, hace cosquillas. Llegó en varias ocasiones, pero faltó un delantero con dinamita, un extremo que se fuera, un mediocampista que chutara (y llegara), algo. No fue el Numancia como esos equipos que visitaban el Bernabéu el pasado año y merecían más de lo que se llevaban. Se llevó lo que sembró: una derrota mínima, una pizca de emoción.

Graff fue el futbolista con más filo y de ello puede dar constancia Figo, que se quedó con algún rasguño, aunque a él, en el fondo, le gustan estas peleas de arrabal. A Pineda se le vio un poco acomplejado y el griego Kiassos, que es un suspiro, tuvo una ocasión que se fue al limbo al tropezar el balón con Raúl Bravo. Álvaro Núñez, el portero, fue el único que estuvo a la altura de las circunstancias, aunque hay quien le culpa en el gol de Beckham.

Sin embargo, hasta en esa jugada, Núñez estuvo cumplidor, pues se tiró a la arena con cierta soltura (no en plan saco, como el mítico Zubizarreta), si bien no dio ese pasito que lanza a quien se estira y le permite, con suerte, llegar a la escuadra. Por lo demás, la ejecución de Beckham fue exquisita, aunque el disparo tuvo más fuerza que precisión. En descargo de Núñez hay que decir que la presencia de Roberto Carlos en las faltas añade un factor de distracción pues el guardameta duda si clavar las botas para resistir el cañonazo que le amenaza la tripa o aligerar las piernas para salir volando.

Beckham, como suele, estuvo generoso en el esfuerzo, pero le falta jerarquía y concepto para liderar el centro del campo. Y algo semejante le sucede a Helguera, que después de tanto cambio de puesto se quedó en central y ya no vuelve, se le ve incómodo. Es en esa parte (la única mejorable) donde se atasca el Madrid, porque es en esa zona del campo donde se reflejan todos los problemas del equipo, esa lentitud exasperante que convierte algunas jugadas en ataques de balonmano.

Raúl, que sigue observado con lupa, no despejó ninguna duda, es más, las siguió sembrando. Dijo Camacho que se desgastaba queriendo ayudar en cualquier parte del campo y volvió a hacerlo, quizá porque él siente que es la única forma de no pasar inadvertido, quizá porque echa falta el contacto con el balón. Pero no está bien. Lo confirmó por enésima vez, primero con una resbalón tonto dentro del área y luego con un fallo clamoroso, casi sobre la línea de meta, a pase de Figo.

Camacho lo sustituyó cuando faltaban 20 minutos y dio entrada a Owen, que desaprovechó la oportunidad y deja el debate en punto muerto. Dispuso de dos ocasiones cara a cara con el portero: una la echó fuera sin saber que el árbitro había señalado posición antirreglamentaria (inexistente, por cierto) y la otra la despejó Núñez con una pierna, que para eso las tiene.

Poco después, Morientes reemplazó a Ronaldo y todo lo que está ocurriendo nos deja la impresión de que Camacho está consiguiendo enemistarse con todos los delanteros, y son multitud. Para evitar suspicacias debería haber diseñado un plan de rotaciones y colgarlo en la puerta del vestuario, cada uno, incluido Camacho, sabría qué atenerse.

Optimismo, o no. El Numancia mejoró en la segunda mitad y ganó en descaro. Incluso un remate de cabeza de Ochoa golpeó el larguero por su parte exterior, lo que es menos golpear. Al menos consiguió que el Bernabéu pitara al Madrid, víctima de ese nerviosismo que advierte el peligro. Todo eso ya es un mérito para un equipo humilde que ha recuperado la categoría y estrena entrenador.

Siempre hay una forma positiva de ver las cosas. Los madridistas acérrimos aseguran que si han ganado seis puntos jugando mal cuando lo hagan bien se saldrán de la clasificación. No lo veo tan claro. Desespera más el continuismo que la falta de novedades. En la segunda jornada de Liga se detecta una sospecha que sólo se cura con una convulsión (o ilusión), ya sea una gran victoria o la irrupción de alguien con quien no contábamos. Y sólo se me ocurre Woodgate. Cielos.

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