El Moro sigue su campaña
Dos goles suyos clasifican virtualmente al Madrid para la Champions. Gran primera parte de los blancos. Ya se nota la mano de Camacho

Si es que el Real Madrid es muy bueno. El equipo, digo. Y nos habíamos olvidado, amnesia traumática. Tan mal lo hizo en el último tramo de la pasada temporada que llegamos a pensar que esa afectación podía ser irreversible: talentitis. Pero no. Bastan cuatro pases, otros tantos controles, devolver a Queiroz al Manchester (de donde no debió salir), moderada presión, dos golitos, y vuelves a creer. Es lo que tiene el fútbol, jamás te borras, siempre regresas cándido cual colegiala, si es que las colegialas son cándidas, que esa es otra historia.
El Wisla no es nadie, dirán los venerables críticos del palco de los teleñecos. Y no es cierto. Sería injusto juzgar a los polacos por la primera apariencia. De Fred Astaire dijo un cazatalentos visionario que actuaba mal, cantaba peor y bailaba un poquito. De Clark Gable comentaron que con esas orejas sólo serviría para doblar a Dumbo. Jamás renuncien a sus sueños, pues, pese a los agoreros. Las comparaciones, ambas, le quedan enormes al Wisla, pero sirven para explicar que es un equipo que tiene ciertos méritos que trascienden el resultado final, indudablemente exagerado.
No obstante, no gastaremos más celulosa en honrar al Wisla, porque nadie se acordará ni de sus ocasiones ni de su entusiasmo cuando consulte los anuarios, pardillos polacos, paisanos del Papa, eso dirán los estudiosos, faena de aliño. Y no lo fue. Al menos no lo fue tanto, porque exigió, si no esfuerzo, concentración.
En la primera parte, el Real Madrid estuvo, por momentos, formidable, y lo digo en serio. Movió muy bien la pelota (que sude ella) y dio sensación de orden y concierto, de compromiso. En eso se notó la mano de Camacho, en el correr con sentido, juntos, en la presión de la primera línea, en su modo de puntear a los defensas contrarios cuando intentaban sacar el balón. Un equipo, en fin. La verdad es que cualquier gesto de disciplina, de plan común, se agradece muchísimo en un conjunto como el Madrid, al que le sobran las virtudes menos comunes y le escasean las nuestras, las que tienen que ver con lo rupestre.
No todo era perfecto, sin embargo. Era buen fútbol sin gol y eso es amor platónico (no platánico), virtual. Se llegaba con facilidad y a veces con estética, pero el remate final era poco asesino, siempre dejando una última opción a quien debía ser fusilado, que ponía un pie salvador o una mano, según.
A todo esto, si no lo vieron (abónense), imaginen un encuentro abierto y divertido, sin pudor, de constantes alternativas, más claras del Madrid, sin tiempos muertos, el público coreando cosas ininteligibles, pero emocionantes y pegadizas, en situaciones así comprendes que nuestro ra-ra-rá y el no menos famoso alabimbombán están en el origen de algunos de nuestros traumas. En los primeros cinco minutos el Madrid ya sumaba tres ocasiones. El Wisla dio el primer aviso muy poco después.
Para desgracia de los polacos, se descubrió pronto que el lateral izquierdo, Mijailovic, no sólo era paisano del Papa, sino que podía ser el Papa, por su bondad infinita. Figo, magnífico en la primera parte, aprovechó esa condición, aunque sin abusar.
Hay que reconocer que en ese arranque del partido todo le funcionaba al Madrid. Beckham se comportaba como el gran centrocampista que debería ser siempre, muy bien asistido por Helguera, y Roberto Carlos se adueñaba por completo de la banda y, no pocas veces, del partido. Samuel cumplía con nota y no se quedaba atrás Pavón, tan serio como el argentino, es una pena que su destino sea el banquillo.
Arriba, Ronaldo, visiblemente más delgado, mostraba una actividad que no se le recordaba. Sólo Raúl desentonaba, no por su entrega (nunca es por eso), sino por su acierto. Si no lo sustituyó Camacho, si prefirió cambiar a Ronaldo para dar entrada a Morientes, fue, estoy por asegurarlo, por no incidir en la herida, por no señalarlo. Sólo se entiende si fue por eso.
Y no se sabe si es por su aventura monegasca o por el efecto que le produjo sentirse capitán de velero, pero el hecho es que Morientes es el único jugador que no dispara agua, sino balas.
Sucedió, precisamente, cuando el Wisla parecía haberse apoderado del ritmo del partido, a los cinco minutos de entrar el Moro en el campo. Beckham envió un buen balón al segundo palo y allí entró Morientes para rematar con la espinilla, sin concesiones, sin sentirse mal por eso, detalle importante porque hay momentos en los que da la impresión de que el Madrid renuncia a meter goles con la espinilla, por no ensuciar.
En el último instante del partido, otra vez Morientes, culminó una buena jugada que convirtió en mortífera un buen pase de Roberto Carlos y el remate del único nueve puro del equipo, que, curiosamente, lleva el ocho.
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El Wisla está finiquitado, no cabe duda, y el Madrid elude con suficiencia lo que pudo ser una catástrofe. Sería un error sacar otras conclusiones, no digo ya desatar la euforia, desatarse un zapato. No significa nada. Se atisban cosas, algunas buenas, lo que se refiere al compromiso, a las líneas prietas. Pero esto no ha hecho más que empezar.
Se resentirá la taquilla en la vuelta y quizá la victoria aplaque el afán comprador de Florentino, lo que sería una pena, porque el Madrid, pese al triunfo y a la buena imagen, sigue necesitando refuerzos, otros buenos equipos tras el gran equipo. Por cierto, ayer la tarde comenzó con gol de Etoo, pero el Madrid consiguió remontar, creo.



