Luis: romántico a su pesar

Alfredo Relaño
Importado de Hercules
Actualizado a

Y le llamo Míster Fútbol. Son ya setecientos partidos como entrenador y 360 como jugador. Hace mucho que pasó de los mil. Son mil y sesenta tardes-noches en la cara del toro, mil tardes-noches expuesto a la curiosidad pública, a la crítica, al azar insondable de la bolita que entra o no entra. Mil tardes-noches a la intemperie, expuesto al calor, al frío, a la lluvia, al capricho del que maneja la manguera, al humor de la estrellita de turno, subordinado o compañero, a los árbitros que el azar cruzó en su camino. Algunos excelentes. Otros insoportables. Y con ellos, los liniers.

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Y dice Luis: "No soy un romántico. Lo mismo me da el partido setecientos como entrenador que el entrenamiento tres millones. Tengo la misma ilusión que en el primero. Nunca he guardado nada, ni siquiera una camiseta de Di Stéfano, que fue mi ídolo". Pues, siento corregirte, por mucho que quieras negarlo eres un romántico. Te pasa como al personaje de Molière que hablaba en prosa sin saberlo. Si después de tanta mili aún trempas cada día con el cornetín, si cada entrenamiento es el primero, si aún invocas tu vieja devoción por Di Stéfano, eres un romántico incurable.

Se te ve que aún esperas algo cada mañana en el entrenamiento, o cada tarde-noche en el partido. Un invento del Niño Torres, una uruguayada de Diego Alonso, una frase ingeniosa en una crónica, una carrera al vacío de Aguilera... Algo. Un tipo que deja al Mallorca en Champions y asume el compromiso de ascender, sí o sí, al Atlético sin preocuparse de si el gil que le firma los recibos se llama Jesús o Miguel Ángel (los dos, uno y dúo, te echaron dos veces) es un romántico. Otra cosa es que no seas fetichista. Ni camisetas ni corpiños rojos. Pero alma, sí. Eso no se puede esconder.

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