NBA | ANÁLISIS

Ni rastro de los Pelicans: Zion, Ingram y un equipo a la deriva

Los Pelicans no levantan cabeza en el Oeste y se alejan de los playoffs. Zion ha mejorado, pero Ingram baja su nivel y la plantilla no está cohesionada. Van Gundy, mal.

Los Pelicans, un equipo a la deriva.
Jonathan Bachman Getty Images

Un auténtico desastre. Es lo que son los Pelicans a estas alturas de temporada, justo después de recibir una paliza ante los Timberwolves, peor equipo de la Conferencia Oeste, y de confirmar que regresan del parón del All Star de la misma manera que se fueron. Parece imposible levantar a un equipo cuya problema es estructural, que tiene nombres en pista y entrenadores de la talla de Alvin Gentry o Stan Van Gundy, buenos tíos con los que han podido las circunstancias, el primero ya fuera de la franquicia y el segundo viendo desde dentro como transcurre realmente una plantilla que no es su favorita y a la que tiene que modelar todo lo posible para conseguir rascar victorias que le dejan vivo dentro de un Oeste en el que (casi) todo el mundo sigue con opciones, pero donde se alejan ya a 4,5 partidos de los playoffs, una distancia demasiado grande que les empieza a descartar junto a los Kings a pesar de que, hasta ahora, han conseguido estar continuamente en el alambre.

El diagnóstico no es sencillo. Los Pelicans tienen mimbres y talento para reconstruir desde el famoso traspaso de Anthony Davis, un sainete que duró casi una temporada, se llevó por delante a Dell Demps y Magic Johnson, los respectivos responsables en los despachos y finalizaron cómo pudieron Rob Pelinka y un David Griffin que llegaba con una gran reputación detrás pero que no ha tenido el éxito esperado. Y mira que coleccionó talento: Brandon Ingram, Lonzo Ball y Josh Hart llegaron por Davis, la ristra de rondas del draft se ha ampliado con el traspaso de una institución en la entidad como Jrue Holiday, Zion Williamson era seleccionado en el primer puesto del draft, y se cambiaba a Gentry por Van Gundy esperando dar con la tecla, hacer jugar a Zion y fortalecer un equipo con poca sincronía y escasa resiliencia.

La cosa, claro, no ha salido así. Mientras que los Lakers ganaban el 17º anillo de su historia con Davis, los jóvenes de los Los Angeles se han quedado sin nada en Nueva Orleans, ese destino en el que LaVar Ball, padre de Lonzo, no quería que aterrizara su hijo. Al final, el enorme mercado angelino volvió a demostrar que los anillos se ganan con los mejores jugadores, y que las promesas pueden acabar certificando por qué lo eran o quedarse en simplemente eso. Y lo que la temporada pasada, lesión de Zion mediante, fue un desastre que finalizó con una actuación ridícula en la burbuja, este año se esperaba más de una entidad que tiene por delante a, entre otros, equipos como Thunder, Grizzlies, Mavericks o los extrañamente buenos Spurs. Todas ellas plantillas, a priori, más incompletas y peores que una que tiene a una estrella que acaba de ser All Star (Zion), a otra que lo fue el año pasado (Ingram), a veteranos de lujo (Reddick), un pívot de garantías (Steve Adams) todos los puestos cubiertos y a un entrenador que sabe lo que es jugar unas Finales (en 2009, con los Magic de Dwight Howard).

Mala defensa, bien Zion y problemas de Ingram

En pista, no parece que se encuentre una solución fácil a la enorme cantidad de problemas que hay en una plantilla desmadejada, sin rumbo fijo y que alterna momentos casi brillantes con otros desconocidos. Empezaron 4-2, luego sumaron cinco derrotas consecutivas, volvieron a entrar en la irregularidad más absoluta hasta conseguir cuatro victorias que mejoraban las sensaciones e invitaron al optimismo. Pero tras esa breve racha, todo se fue diluyendo hasta el récord actual, de 15-22, que les aleja mucho de los puestos de playoffs tras una derrota sin paliativos ante el colista del Oeste, de 30 puntos y en Nueva Orleans. En otras palabras, un desastre absolutamente pírrico para empezar con el pie cambiado una segunda vuelta en la que no se pueden permitir tropiezos para compensar el mal inicio. Pero, menos todavía, antes equipos a la deriva y sin aspiraciones como los Wolves, otros con más expectativas que resultados, pero que les han batido sin paliativos.

Los Pelicans van sin cabeza en defensa, y si bien tienen el mejor rating ofensivo de la historia, el defensivo es el peor de siempre con mucha diferencia. Reciben más de 116 puntos por partido, el tercer peor equipo de la Conferencia Oeste, son los terceros con peor porcentaje de tiros libres y los décimos en triples motivados por Zion, cuyo juego unidimensional hace que el esquema sea de una determinada manera y no favorezca las florituras exteriores. Y tienen el noveno peor nate rating, además de una plantilla descompensada. Adams es un buen pívot titular, pero los problemas de Jaxson Hayes han abierto la puerta incluso a Willy Hernangómez, deshauciado en la primera parte de la temporada. La buena noticia de cara al futuro es que Zion ha demostrado que es algo más que estadística insulsa: ha empezado a defender algo y a asegurar el rebote y su recta final de la primera parte de la temporada le permitió llegar al All Star. Sus promedios, en su segundo año como profesional, son de 25,5 puntos (con más del 60% en tiros de campo pero solo un 31,6% en triples) y puede ser la cara de una franquicia que sigue mirando al futuro pero no es capaz de centrarse, de momento, en el presente.

Ingram es la otra cara de la moneda y los Pelicans lo nota. Ya acabó mal la temporada pasada, con la llegada de Zion a las pistas, pero ha ido a peor este curso. Está en 23,6 puntos por partido y lanza mejor que el curso pasado, pero está estéril, no se encuentra cómodo al lado de Zion, falla en el clutch time y defiende mucho menos de lo que le permiten sus capacidades. De momento y con tan solo 23 años tiene mucho camino por delante, pero está demostrando que está preparado para ser una estrella única y no compartir protagonismo con alguien que monopoliza tanto el juego como su actual compañero, que obliga a jugar de una forma muy concreta para desarrollar al fondo sus capacidades. Ingram no está cómodo y no encuentra un lugar en pista que potencie al máximo las habilidades que le llevaron al Partido de Estrellas la temporada pasada. Y Stan Van Gundy, curtido en mil batallas, no está encontrando soluciones a corto plazo y ya veremos si le dejan tomarlas a largo, teniendo en cuenta la impaciencia inherente a la NBA actual, que impide desarrollar proyectos en un periodo de tiempo largo y exige resultados inmediatos.

Y ahí andan los Pelicans. Lonzo Ball ha mejorado (14,4+4,1+5,1, con más del 38% en triples) y no está siendo el problema, pero tampoco la solución. La falta de sincronía entre veteranos y jóvenes, casi sin nexo de unión entre ambas generaciones, es brutal y nada parece funcionar en un momento de la temporada peligroso, en el que pueden luchar por escalar posiciones o bajar los brazos y mirar de reojo al draft. Pero claro, jóvenes tienen de sobra y talento también, solo les falta explotarlo, dejar atrás la regularidad, empezar a defender, resolver la falta de sincronía entre Ingram y Zion y corregir las barreras mentales que muchos arrastran desde su etapa en los Lakers y que han formado una manera de verles que parece eternizarse: mucho talento que no acaba de explotar. David Griffin en los despachos, Stan Van Gundy en pista, Zion de estrella... los Pelicans tienen de todo, pero no tienen de nada. Un equipo a la deriva.