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Llull lo vuelve a hacer

REAL MADRID 76 -BARCELONA 75

Llull lo vuelve a hacer

El base firmó otra vez un canastón para darle la victoria al Madrid a falta de cinco décimas. Tomic había puesto al Barça dos veces por delante en el último minuto.

El Increíble Llull lo ha vuelto a hacer. Otra vez él. Rescató al Madrid y a todo el Palacio con una acción de genio. El Barcelona, herido en su orgullo, se había agarrado al partido con uñas y dientes y aprovechó un par de pérdidas blancas para dar un zarpazo ganador, para intentarlo al menos. No era Rice el hombre a buscar (bien Taylor ahí), sino Tomic, al que le sirvieron dos balones al poste que convirtió en oro. El croata, ansioso de gloria, adelantó a su equipo en dos ocasiones en el minuto final. La última, a falta de solo seis segundos y ocho décimas para dar réplica a una canasta rápida de Randolph: 74-75. Parecía que Ayón le haría falta para buscar un fallo desde la personal. Pero no, lo defendió y no pudo con él. No esta vez, no esta tarde. Uno arriba el Barça y tiempo muerto. El Madrid sacaría en campo de ataque.

Las órdenes precisas de Laso casi se tuercen porque Rudy no encontraba a quién pasar. Al final la soltó bombeada para que Llull pelease la recepción. La cogió y oteó la situación antes de elegir penetrar por la derecha, la mano buena. Oleson lo cerró y Claver acudió a la ayuda… acorralado, ejecutó un letal pasito hacia atrás para ganar espacio y descerrajar un tiro bombeado que tocó el cielo y cayó limpio. Delirio en la grada. Llull, de nuevo él. Canasta triunfal a falta de cinco décimas. Oleson aún tendría un último intento a la desesperada tras revisar los árbitros el Instant Replay. Agua. Ganaban blancos, ganaba Llull. La nueva rutina del baloncesto español.

A este Barça inferior a todas luces se le pedía algo así. Concentración y entrega, pasión. No hacer el ridículo como en noviembre cuando cayó en casa en la versión europea del Clásico por 39 puntos (63-102). Lo otro, tumbar a su rival, no se le exige porque no depende del arsenal propio, sino de un día regular del Madrid. Como el que tuvo este domingo, por ejemplo. Pero ni siquiera fue suficiente. Ya lo saben: Sergio Llull.

Alegría doble para Felipe Reyes, el capitán. Homenajeado en pleno parqué al estilo NBA, a cuatro días de cumplir 37 años, tras atrapar su tercer rebote y superar a Granger Hall con 4.293. Nadie ha cogido tantos en la historia de la Liga. Faltaban 4:33 para el final y toda su familia saltó a la pista. Un parón en plena batalla. Bonito recuerdo para un grande.

Madrid y Barça desempatan

El Madrid rompe el empate en la clasificación con el Barcelona y se da impulso hacia arriba. Es segundo a la caza del Iberostar, aunque la diferencia de puntos en caso de igualdad final favorece a los de Bartzokas (85-75 en la ida). El Real también quebró una racha de tres derrotas consecutivas en la Liga, la peor desde que llegara Laso en 2011. Y la rompió pese a sus nefastos inicios de cuarto. Agrupando parciales en cada arranque de periodo nos sale un demoledor 18-43. A ese -25 hizo frente. Primero con Doncic, y luego con Hunter y Carroll; siempre con Llull, "algo acelerado" se autocriticaba.

La entrada del fenómeno esloveno colocó a su equipo en otra dimensión. Del 23-28 al 47-36 tras un parcial de 24-8. Ocho minutos fantásticos que dejaron a más de uno con la boca abierta. Era el Madrid de las grandes tardes. Doncic atraía a la defensa y asistía con precisión de neurocirujano. Una delicia verle y aún quedaba la joya que cerró la primera parte: atrapó un balón en su pista a cinco segundos de la bocina, corrió con un ojo en el marcador y, cuando Koponen y Perperoglou se le echaban encima como lobos, asistió a Llull para el triple esquinado que atravesó la red con el tablero en rojo. Furia desatada en la celebración. No hay nadie en Europa que se alegre mejor que él, me decía un compañero.

Era un triple para tumbar a cualquiera (+11), pero no al Barça más capaz del curso. No había casa de apuestas que apoyara la reacción culé y aun así la vimos. Perperoglou estuvo muy bravo. Las imprecisiones blancas ayudaron, pero el enemigo las aprovechó agazapado. Saltó al cuello en el momento justo, cuando no había margen de reacción para casi nadie. Menos para Llull, claro. De nuevo él. Increíble.

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