El baloncesto también tuvo a Cruyff
No le vi mucho, pero quedé fascinado por su hechizo, por su facilidad natural para hacer cosas bellas con una pelota de baloncesto.
No le vi mucho, pero quedé fascinado por su hechizo, por su facilidad natural para hacer cosas bellas con una pelota de baloncesto. Quizá es que alcancé a verle en su mejor momento, en ese corto periodo de la vida en el que el deportista tiene un dios dentro y todo lo que hace está dotado de un estado de gracia. Es un periodo fugaz, de semanas, de meses, de año y medio a lo sumo, en el que el deportista tiene la ligereza de los ángeles. Entonces te hace sentirte orgulloso de pertenecer a su misma especie y la contemplación de su excelencia te transporta.
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Así vi yo a Mirza Delibasic, jugador del Bosna Sarajevo contra el Real Madrid, una lejana tarde en el Pabellón hoy llamado Raimundo Saporta. Ahora que se ha ido recuerdo que en un número antológico de El Gráfico se dedicaba una página a Livramento, un genio portugués del hockey sobre patines, bajo el título: El Hockey también tuvo a Pelé. Lo recuerdo y pienso que a su vez el baloncesto también tuvo a Cruyff en la persona de este hombre al que ahora que se ha ido agradecemos, tarde y mal, su excelencia, su estilo, su clase, su arte efímero e inolvidable.
Decía Ovejero, que de Cruyff recuerda "lo bien que olía". Así es la perfección: nos invade por todos los sentidos. Por eso a ojos cerrados aún puedo evocar las maravillas que aquella tarde y algunas más (pocas, desgraciadamente) me hizo disfrutar este hombre al que luego la vida, con ciego desdén, maltrató.Un matrimonio fracasado, una guerra inacabable, una lluvia de alcohol en el hígado, una enfermedad implacable... La perfección reducida a cenizas. Pero el recuerdo de su duende queda y le hace inmortal ante quienes le agradecemos que nos llevara tan arriba.




