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Un jubilado británico se enamora de España, compra un palacio y descubre el ardid al toparse con dos puertas

La historia de Steven Najda es la de un inglés que se enamoró de un palacete en Cádiz y que se torció cuando un día se encontró con un perro en su cocina.

Un jubilado británico se enamora de España, compra un palacio y descubre el ardid al toparse con dos puertas
Sergio Murillo
Redactor de Tikitakas
Nació en Santa Marta de Tormes en 2001 y creció entre Guadalajara y Badajoz. Amante de la literatura, estudió Periodismo en la URJC. Se estrenó como jefe de Cultura en El Generacional. Ha sido corresponsal para El Estilo Libre y conductor de informativos en Cadena COPE. Entró en Diario AS en 2023 como redactor en Actualidad.
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Aunque pueda llegarse a un cierto consenso humanitario en la vieja máxima de que “compartir es vivir”, la realidad es que más de uno siente mermada su beneficencia y restringida su libertad cuando la repartición es de obligado cumplimiento. Y cuando da pie a fechorías. Es pura naturaleza. Y, pese a ello, uno no puede dejar de sorprenderse cuando se envuelto por accidente en el citado escenario; se dio cuenta de esta tensa verdad Steven Najda, un jubilado británico de 67 años, cuando cambió Yorkshire por Arcos de la Frontera.

Aterrizó en lindes gaditanas y se enamoró. No fue del mar, tampoco de una mirada humana; Najda quedó prendado de la Casa del Conde del Águila, un edificio histórico. Y tuvo suerte. El inmueble estaba a la venta y él, enamoradizo, estaba por la labor de comprarlo. Hay trato. Como el amor no tiene obstáculos, el británico adquirió la mitad de la planta baja por 135.000 euros. Y, cuando estaba a punto de pedirle matrimonio —en términos metafóricos, evidentemente— al palacete, entonces, se desató el delirio: tenía que compartir la cocina con dos familias más.

El perro en la cocina y otras mil desdichas

Según ha confesado el propio Najda al Daily Mail, se dio cuenta de que había metido la pata cuando entró a la cocina, quién sabe si para hacerse unas tostadas, y se encontró con un perro. Sorpresa. Junto al can, una persona. Entonces vio que había otras dos puertas que daban a la cocina y que ambas conducían a viviendas distintas. Parece un problema de difícil resolución; la realidad jurídica es todavía más enrocada: abogado, vendedor y notario determinaron que la cocina debía transferirse a la propiedad una vez terminara el proceso de compra, pero los otros inquilinos —cada uno, con cocina propia en sus viviendas— tienen derecho de acceso y llaves para entrar. Y para mas inri, nadie ha cedido los derechos de uso.

Sucede que los vecinos no eran, probablemente, candidatos a ningún premio de la comunidad: un inquilino presuntamente le robó al británico una cafetera de más de 1.000 euros; otro, confesó Najda, conectó de forma ilegal una tubería a su agua y terminó por desviar el suministro. Las plantas del jubilado británico desaparecieron; tampoco se volvió a saber nada del sistema de riego que había instalado en el patio comunitario. Un quebradero tras otro.

Tenía intención de venir a vivir a España, pero se marchó para evitar problemas mayores. Y, pese a ello, acabó lidiando con ellos: Najda ha tenido que gastar en torno a 20.000 euros en reformas relativas a la casa de sus vecinos. Desde pintura hasta vigas nuevas. Todo con el fin de que el palacete no se cayera —y que, legalmente, deben realizar el resto de vecinos—. La perdición de un inglés que se enamoró de un palacio de Andalucía; un sueño que comenzó a torcerse cuando un perro desconocido apareció junto a la panera.

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