Byung-Chul Han, filósofo coreano: “La sociedad del rendimiento produce depresivos y fracasados”

El pensador surcoreano advierte de que la presión ya no es externa, sino que cada persona se explota a sí misma bajo la promesa del éxito.

OVIEDO, SPAIN - OCTOBER 24: Byung-Chul Han attends the "Princesa De Asturias" awards ceremony at Teatro Campoamor on October 24, 2025 in Oviedo, Spain. (Photo by Carlos Alvarez/Getty Images)
Carlos Alvarez
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El filósofo surcoreano Byung-Chul Han lleva años analizando por qué hoy en día hay tantas personas que se sienten agotadas, ansiosas o insuficientes incluso cuando, en apariencia, todo les va bien. Finalmente, ha llegado a una conclusión que explica el origen de este malestar: la transformación del éxito en una obligación constante. Y de ahí nace una de sus afirmaciones más conocidas y controvertidas: “La sociedad del rendimiento produce depresivos y fracasados”.

Según explica, la presión ya no funciona igual que antes. En el pasado, las normas y la disciplina venían impuestas desde el exterior: jefes, instituciones o reglas claras que marcaban los límites. Hoy en día, el control es mucho más sutil. Cada persona se vigila a sí misma, se compara con los demás y se exige mejorar constantemente. Y lo hace convencida de que así alcanzará la libertad, la realización personal o el reconocimiento de los demás.

Han ya había formulado esta idea en su ensayo ‘La sociedad del cansancio’, donde expresa que el cansancio actual no solo es físico, sino existencial. A raíz de ello surge otra de sus citas más célebres: “La depresión es la enfermedad de una sociedad que sufre de excesiva positividad”. No se trata solo de un problema clínico de cada uno, sino de una consecuencia estructural de una cultura que obliga a mostrarse siempre capaz, activo y satisfecho.

Byung-Chul Han, filósofo coreano: “La sociedad del rendimiento produce depresivos y fracasados”

Aceptar los límites de uno mismo es la clave para no sucumbir a la presión

En la llamada sociedad del logro, todo parece depender del esfuerzo personal. Si alguien triunfa, es mérito propio; si fracasa, también. Esta lógica convierte cualquier tropiezo en una señal de incapacidad y, como el valor de una persona se mide por el rendimiento, bajar el ritmo se considera como una derrota. El resultado que se obtiene, desgraciadamente, es sentir una sensación constante de no estar a la altura. Además, incluso quienes alcanzan sus metas rara vez sienten descanso. Al cumplir un objetivo, inmediatamente surge otro. La mejora continua se convierte en una carrera en la que nunca vemos la meta. Esa dinámica genera una autoexigencia que no desaparece ni durante el tiempo libre, porque la gente sigue evaluando resultados y comparándose con los demás.

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Frente a este modelo, Han propone algo sencillo pero difícil de asumir: aceptar los límites de cada uno. Defender el descanso, reconocer la vulnerabilidad y entender que no todo puede ni debe optimizarse. Para el filósofo, frenar no significa rendirse. Es, en realidad, una manera de proteger la salud mental en una cultura que ha hecho del rendimiento su principal medida de valor.

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