Filosofía

Heráclito de Éfeso, filósofo griego: “Es necesario saber que la guerra es común y que todo sucede por discordia y necesidad”

El pensador de la antigua región de Jonia, hoy Turquía, observaba el conflicto como el motor de la existencia y la transformación.

Heráclito de Éfeso, filósofo griego: “Es necesario saber que la guerra es común y que todo sucede por discordia y necesidad”
Sergio Murillo
Redactor de Tikitakas
Nació en Santa Marta de Tormes en 2001 y creció entre Guadalajara y Badajoz. Amante de la literatura, estudió Periodismo en la URJC. Se estrenó como jefe de Cultura en El Generacional. Ha sido corresponsal para El Estilo Libre y conductor de informativos en Cadena COPE. Entró en Diario AS en 2023 como redactor en Actualidad.
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No era distinto el mundo cuando el sol giraba en torno al Mar Egeo y el Mediterráneo unía en un mismo universo de sal a todo tipo de urbes que miraban con curiosidad la sabiduría que desprendían los pensadores provenientes de las incipientes ciudades-estado de una Grecia que coqueteaba con la idea de democracia. Fue aquella época la de Heráclito de Éfeso, filósofo presocrático nativo de la vieja región de Jonia (en la actual Turquía).

Los pensamientos de ‘El Oscuro de Éfeso’, a quien también le dieron por llamar ‘El Adivinador’, venían a reunirse en torno a la idea de que todo fluye y de que, en realidad, la única realidad inmutable de todas las que el individuo puede conocer no es sino el cambio constante. “Todo fluye, nada permanece”, decía, ejemplificando de forma sencilla su tesis con un curioso planteamiento: “No puedes entrar dos veces en el mismo río”.

“La armonía se oculta en el desacuerdo”

Su teoría da pie a un devenir universal que sucede por pura lucha y tensión entre opuestos. El día y la noche; la vida y la muerte; el frío y el calor. Esta confrontación, en realidad, se sostiene de manera natural por la unidad armoniosa que procura su funcionamiento y que está regida por una ley universal que Heráclito denominó ‘Logos’ y representó, de forma metafórica, con el fuego eterno que se apaga y se enciende —y que, en definitiva, simboliza el ciclo de creación y destrucción que da forma al cosmos y a la vida—.

Heráclito era consciente de que siempre hubo guerras y allá por el 500 a.C vino a deducir que, probablemente, jamás dejaría de haberlas. “La guerra es el origen de todo”, pensaba, dejando entrever en su filosofía que “la armonía se oculta en el desacuerdo”. Desde su punto de vista, la guerra no era sino el origen de todo y, por tanto, necesaria: el conflicto vendría a ser el motor de la existencia y la transformación, lo que, por tanto, y según su filosofía, no sería nada negativo.

“Es necesario saber que la guerra es común y la justicia discordia”, explicó, tal y como recogió Diógenes Laercio, biógrafo del siglo III y uno de los culpables de que la sabiduría griega no cayera en el olvido. Sus trabajos revivieron la palabra de Heráclito, que, aunque añeja, era tan certera como el sol del Mediterráneo en pleno mes de agosto: “Todo sucede según discordia y necesidad”.

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