Ultraligera: el futuro es suyo (y el presente ya también)
El tremendo poso de la banda madrileña una semana después de llenar siete Rivieras con un solo disco y un directo visceral y magnético.


Ha pasado una semana desde ese momento. Gisme se derrama esos dos biberones sobre el cuerpo. De fondo, envuelve ‘Matanza en el hotel’ por séptima vez, la última en esta serie de Rivieras históricas resumidas en un 5+2 que ya puede leerse en la espalda de las camisetas de muchas de las personas que llenan las primeras filas. Biberones cuyo contenido resbala por su piel dejando un rastro que simula el rojo sangre en un final catártico. A lo Carrie. Una boda Stark. La Sustancia. Nada puede contarles mejor. Una semana después la resaca emocional aún no se ha ido del cuerpo de las casi 18.000 personas que durante sus siete conciertos en La Riviera la llenaron. Una semana después su número de escuchas mensuales en Spotify ha sumado casi 50.000 más (rozando las 550.000 ya). Una semana después en una de las paredes del Cien por Cien, uno de los bares referencia de la música española en Madrid desde hace 40 años, ya hay un poster de la banda en sus paredes, cerca de aquel de El Canto del Loco del mítico concierto en 2002 de la Sala Caracol como santo y seña de que Ultraligera, en efecto, ya forma parte de su All Of Fame de la música.
Ese final (Gisme, su cuerpo bañado por completo en rojo) fue un colofón épico a otro final también inolvidable, el de sus Rivieras. Con el más difícil todavía. Dos citas en un solo día. Dos conciertos, a las 17:30 y a las 21:00. Mientras uno, el primero, se estaba viviendo, la cola del segundo, ya bordeaba el Burguer King cercano a la mítica sala madrileña. Para el de la tarde, Luismi había madrugado en Cuenca para iniciarla a las 08:00. Para el de la noche, Dani, encargado del Cien por Cien, agarraba fuerte en una mano el poster que una semana después está en las paredes del bar y, en la otra, a su hija antes de que abran las puertas de nuevo para la última Riviera de todas. Esa niña, Ainara, que con ocho años se ha apuntado a clases de guitarra para saber tocar ‘Me miras mal’.

A la espalda de Gisme en este último día ha ido desintegrándose el pasado. Esa lona que este 2025 ha viajado en la furgoneta, a cada paso del grupo, ciudad a ciudad, con algunas partes en este momento jirones y letras borradas, como metáfora visual de lo que significa este día. Afuera desde primera hora cuelgan de una pared los disfraces de Bestia y Personaje Misterioso, los personajes de la portada de ‘Pelo de Foca’, su primer disco, tan ancestrales e inquietantes como las letras de las canciones de este grupo que te muerden por dentro, que te queman. Y te remueven en un mundo cada vez más lleno de escaparates e imposturas.
Pero eso no va con ellos. Las imposturas. De hecho, si algo ha hecho grande a Ultraligera es precisamente lo contrario. Lo de verdad que son. Ellos y sus conciertos, pura imprevisibilidad y corazón. Los discursos de Gisme ahí justo llegan. Porque salen del mismo lugar. Habla sobre el escenario del sueño que viven, el futuro al que se dirige con sus amigos de vida y escenario, un lugar del mismo azul que sus ojos: el del cielo en los días meridianos y claros. Resulta emocionante verles subirse dos veces en el mismo día y el mismo escenario a los cinco. A Gisme (voz y letras), Coque Fernández (guitarra solista), Santi Urruela (bajo), Martín Aparicio (batería) y Kash (guitarra armónica), como si todo pasara en dos días distintos. La energía intacta en la primera y la segunda sesión, aunque el vestuario cambie. Un domingo tan lejos “de esos de resaca y bajona” que se cuentan en la canción que abre su setlist desde hace unos cuantos conciertos, ‘La Basura’ en un escenario tan distinto al de las cinco Rivieras anteriores. Sin la escenografía piramidal con las redes en el techo y Martín en lo alto. Sin el piano, los actores y el sillón. La del día doble es la misma que les ha acompañado en el verano, con esa lona gigante detrás que se está desintegrando como alegoría del presente que cierra e inicia el viaje al futuro. Sin más equipaje que sus instrumentos y la voz desnuda de Gisme, capaz de cambiar el rumbo de la dirección de la sangre. En cada una de esas siete Rivieras en las que el grupo ha ido dejando fotos de algunos de sus temas.
Los labios de Gisme en la primera (“tiene la boca tan roja que desde aquí parece sangre”), el micrófono que vuela desde el techo sin pie (“sonido de cadenas y de huesos”), todos los “whisky solo para el cantante”. Con la sorpresa que introdujeron en la segunda y que ha acompañado desde entonces: por cualquier puerta de esa Riviera pueden comparecer atravesando el público hasta llegar al escenario. Para saberlo, cuando se apagan las luces, solo ha de seguirse el cañón de luz dirigido por una Crew a la que al final de estos dos últimos conciertos abrazarán como piel propia, sobre el escenario, esa familia que han ido sumando concierto a concierto en esta etapa que ya han cerrado. Por todo lo alto.

Es increíble que la voz de Gisme no se resiente, que suene igual de tensa y potente en los dos conciertos del día. Que a los demás no se les cansen los dedos. Es tal la energía con la que tocan, esa burbuja en la que quedarse a vivir que suponen sus conciertos. Esta doble sesión será la primera, y última, en la que suenen todos los temas de ese ‘Pelo de Foca’, con la enésima sorpresa: un pequeño escenario a los pies de las palmeras icono de la sala de conciertos. Allí tocarán en acústico ‘Luna Cansada’, ‘San Valentín’ y ‘Mírame’. El setlist en este último día será el mismo y, sin embargo, tan distinto, aunque no cambie el orden y apenas haya unas horas de diferencia entre uno y otro, en la misma tarde. Pero eso también les explica.
Porque en Ultraligera no hay corsés. No hay poses estudiadas ni discursos iguales. No hay máscaras, aunque las haya: las de cartón que reparten en la entrada a la sala o las que ellos mismos visten durante ‘Pelo de Foca’. Ellos se suben al escenario y sienten para hacer sentir a quien está debajo, en una comunión compartida hasta el éxtasis. Solo hay que dejarse llevar por sus canciones, por su bendita espontaneidad. Es lo que pasa cuando alguien se sube al escenario dejándose llevar solo por el corazón. Por lo que sienten a cada momento. “No sé si he elegido yo esta vida o me ha elegido a mí”, que dice ‘El Pueblo’. “No se trata de la repercusión que tengamos, se trata de lo que sentimos”, las palabras de Gisme, su líder magnético, con su mirada en el horizonte mientras dos Gusiluz de cartón envueltos en luces se levantan con corbatas azules. En ese momento por dos veces han pasado ya ‘La Basura’, ‘Si tu supieras’, ‘Mala Manía’, ‘Silla de Mimbre’, ‘Barco de carga’, ‘El Pueblo’ y ‘Europa’ para llegar a esa canción en la que Gisme pide silencio y 2.500 personas, el aforo de una Riviera, lo guardan a la vez.

Las yemas de Coque rasgan el cordaje como en las grandes baladas de los grupos de rock de los 90 que plantaron la idea de formar esta banda de música en los niños que todos ellos eran. La voz de Gisme ya corta. El vocalista de Ultraligera siempre cuenta que esta es su favorita aunque no haría falta. Se le nota. Cómo le brota desde la misma entraña. Los ojos cerrados, los dedos sacándola de lo más adentro de su propia guitarra, y de sí mismo. Santi, con sus ojos bicolores, blanco y rojo en la primera sesión, completamente encarnados en la segunda, espera su turno. Igual que Kash. Y Martín con sus baquetas al aire.
Después del acústico en las palmeras, llegará ese ‘Pelo de foca’ que da nombre al disco, y las máscaras de cartón sobre todos los rostros. Un título que, cientos de entrevistas y seis Rivieras después, Gisme no es capaz de explicar qué significa. Quizá nada. Ojos cerrados, solo emoción. Como ellos. Todos los sentidos en alto, como los móviles. Las gargantas afónicas, los ojos buscando dónde esta vez se subirá el vocalista, con su pasmosa agilidad olímpica.
Se acerca el final. ‘Me miras mal’ y ‘Mierda de fiesta’, canción del primer EP que “los amigos del insti” sacaron bajo el nombre de Ultraligera, mientras iban sumando bolos en domingos, entonces sí, “de bajona y resaca”, en bares tocando versiones por unas cervezas y unos pocos de euros. Gisme ya les ha presentado bajo el aplauso emocionado de un público que corea a rabiar los nombres que van brotando de su boca. Los de los técnicos de la Crew, los de Kash, Martín, Santi y Coque, por ese orden. Antes de que todo se convierta en “Recuerdos del baile”.
Todos saltan, todos bailan, ellos entremezclados con el público, todos inmensa familia de carretera y música, 2.500 corazones emocionados a la vez. Entre decenas de corbatas azules y prendas amarillas. Visceral. Purgante. Purificador. Liberador. Tan Ultraligeriano.

Se va a bajar el telón.
Y cuando lo haga será de una manera definitiva, hasta dentro de un tiempo largo.
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Acabó en el día ya el primer concierto, el sexto, y al séptimo, el de la noche, solo le queda, en efecto, un último baile. Esa canción. ‘Matanza en el hotel’ que dejará el rastro color sangre por el cuerpo de Gisme mientras la lona gigante terminará de desdibujarse a la espalda de los miembros de Utraligera. “Nunca había visto algo así con un primer disco de un grupo”, confiesa uno de los trabajadores de la sala antes de que las escobas se lleven los restos de los dos conciertos y Dani no solo consiga las firmas para su poster en la pared del Cien por Cien, también Ainara las fotos que la acompañarán a sus clases de guitarra desde este día para todos los siguientes. Ultraligera ya está en el estudio. La resaca emocional a ellos solo les duró dos días. Al tercero ya están encerrados, trabajando en las canciones que serán lo siguiente. El futuro ya es suyo. Y qué decir del presente.
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