La vuelta al mundo por Ultraligera
El calado del grupo madrileño, que anoche anunció que añade una sexta Riviera a las cinco ya históricas que han protagonizado en octubre, contado a través de tres de sus fans que suman 55.000 kilómetros por verles.


Beli Parrilla es la que más deberes tiene. Es la que más lejos vive, la que debe sumar más kilómetros. La chica de Almería con el pelo rosáceo y una sonrisa preciosa de esas que llenan la cara, de ojos achinados, es la primera en contarlos. 25.000 desde el 19 de octubre del año pasado. Era 2024, Granada, concierto organizado por Jameson. Fiel seguidora y viajera también por Arde Bogotá, estaba en esa sala cuando de pronto sobre el escenario irrumpió Ultraligera. Gisme (voz), Coque Fernández (guitarra), Santi Urruela (bajo) y Martín Aparicio (batería), además de Kash (guitarra rítmica), el quinto miembro en sus directos. “¿Tú sabes los que son las mariposas en el estómago musicales?”, cuenta Beli un año después, a los pies de La Riviera, sala mítica madrileña que ellas han hecho su casa en muchos días largos este octubre, haciendo cola, siendo las primeras en llegar a sus puertas y que desde ayer agendan también para noviembre, después de que la banda, por sorpresa, en la quinta, anunciaran una última, la sexta, lo que nunca había hecho nadie (entradas a la venta ya aquí a partir de esta mañana, jueves 23 de octubre, a las 12:00). Este día es aún la cuarta, a la hora de comer, Beli con el número 2 escrito en negro rotulador en el puño de una de sus manos como orden de una cola que irá creciendo con las horas hasta ser imposible anotar quienes van uniéndose a ella.
Las mariposas que solo pueden producirte un grupo que te cuenta en cada una de sus letras, que te arrastra en cada uno de sus directos, en esos conciertos en los que uno siempre elegiría quedarse a vivir. Aunque, claro, en su caso estaba avisada. Se lo había chivado su amiga Sara Baena. Un alma gemela en la vida y la música a la que había conocido ya en tantas largas esperas, tocando la valla de la primera fila de un concierto de Arde Bogotá. Sara, el germen de esa comunidad, ‘Ultraligera Fans’, que va camino de los 2.500 seguidores en Instagram y en un grupo de Telegram, tras los pasos de esa banda que en 2025 no han dejado de sumar negrita y mayúsculas a su nombre. Y kilómetros. Sala a sala. Concierto a concierto. Ellas lo pueden contar. Beli y Sara a las que se le suma también Arantza. La santísima trinidad de una legión que crece y crece a cada directo. La de las, los Ultraligera Fans. A los 25.000 kilómetros de Beli por vivirles en directo, Sara suma 15.000 (está más cerca de Madrid, es de Puertollano) y Arantza (de Valencia), otros tantos. 55.000 en total. La vuelta al mundo y más. La circunferencia de la tierra son 40.075.
En la hoja de ruta de Sara, esa que lleva el merecido número 1 en la mano en cuatro de las cinco Rivieras con las que el grupo madrileño ha hecho historia, las cinco sold out con solo un primer disco, algo que hasta ahora nunca había hecho nadie, todo comenzó en el Conexión Valladolid de 2024. Los primeros 430 kilómetros por Ultraligera, aunque entonces ella aún no lo supiera. “Me quedé impresionada. Las letras, su directo, energía”. Enseguida tecleó en Google: “Ultraligera”. Apenas le salía nada de esa banda que acababa de llenarle los ojos y oídos. Entonces apenas tenían 40.000 escuchas mensuales en Spotify. Pero les encontró en Instagram. Empezó a seguirles para saber sus conciertos, la hoja de ruta de sus vacaciones y días libres desde ese momento mientras creaba esa cuenta en la misma red social: @ultraligera_fans. Espigada y de pelo rojizo la habrás visto en gran parte de los conciertos de la banda desde entonces, en la primera fila, y con esa camiseta que lleva su nombre en el dorso y, por delante, la foto de Gisme, Coque, Santi y Martín con leyenda: ‘Ultragamberras’. Nadie como ella, después de haberles visto, tras el Conexión 2024, en la Joy Eslava, Córdoba, Zaragoza, Baeza, León, Fuenlabrada, Valladolid, Albacete, Bilbao, Valencia, Cuenca, Sala Sol, el festival de Toledo, de Los Sentidos, Conexión 2025, Oasis, BBK, Alpaka, Huelva, Albasonora y Albox para hablar de lo que suponen, de su irrupción en la música, con la estela de un cohete en línea vertical que vuela y vuela hacia arriba, con el cielo como único techo. Quince meses después de aquello sus escuchas mensuales en Spotify son de medio millón. Medio millón con solo un disco. Nada como eso puede explicar, quizá, su grandeza. Cuando Arde Bogotá llegó por ejemplo a esa cifra ya tenía dos. Y Viva Suecia, cuatro.

“Las letras de Gisme son muy especiales. Él no escribe. Él se derrama dejando en cada canción una porción de sí mismo”, analiza, con el foco en una de las huellas dactilares de la banda de rock alternativo que suena todo al sonido Seattle con el que sus integrantes crecieron. Esas canciones en las que lo salvaje y tierno se fusionan y muerden el corazón con letras directas y explícitas sin circunloquios ni metáforas forzadas que en realidad dicen nada. Y, si Gisme se arranca un trozo de piel en cada verso, los demás le acompañan desparramándose por completo para acompañarle con sus instrumentos. Pedazo a pedazo. Esos que van dejando tras sí en cada escenario. Entre semana, kilómetros de carretera y horas de tren. Ellos y ellas.
La cuarta Riviera de las cinco primeras le pone a Arantza, la mujer de los labios rojos que lleva el 3 en la mano, hoyuelos en el rostro constantes: le salen cada vez que sonríe y estos días en Madrid lo hace mucho, sobre todo esta tarde en la que su particular círculo con esta banda se cierra. Les conoció por Playa Cuberris, el mismo grupo que hoy tocará con Ultraligera una canción cuando llegue el momento del sofá y las acústicas, la elección entre Mírame, que siempre gana, y Nunca Nadie, la favorita de Aran y Beli, que se tatuó una de sus frases en el brazo nada más escucharla (“porque nunca nadie se muere de amor”); entre San Valentín y Luna Cansada. Su primera vez, la de Aran, fue también en 2024, Sonorama a las tres de la mañana. “Cada uno de sus directos es distinto aunque veas dos en la misma semana”, cuentan.
Aunque todo lo que ha rodeado a las Rivieras es especial. La escenografía, en escalera, con Martín en lo alto. Los actores representando la portada del disco y Matanza en el Hotel. Las máscaras que se entregan a cada asistente al entrar en la sala, para que se las pongan cuando suenen los primeros acordes de Pelo Foca, esa canción en la que Gisme terminará escalando en algún sitio, quién sabe donde. Sus entradas al show (“la del sábado 11, el concierto de Vibra Mahou, jamás la olvidaremos”, dicen; fue cuando el grupo en vez de brotar desde los lados del escenario lo hizo desde uno de los extremos de la sala, cruzándola para subirse entre el grupo, vestidos todos con esos kimonos de seda, espectaculares, que a veces lleva Gisme). El micro principal sin pie, solo una cadena que el vocalista retuerce en las primeras canciones. Las lentillas rojas y blancas en los ojos de Santi. El virtuosismo de Coque. Las canciones, sus canciones. Esas que van pasando concierto a concierto sin ser nunca iguales, aunque lo sean. Con ellas levantando los brazos. Saltando. Bailando. Capturadas por ejemplo para siempre por la cámara de Gloria, la mejor fotógrafa de música indie de este país, en las fotos de estas Rivieras. La última, la sexta, la que queda, será especial por dos cosas. Tocarán, por un lado, el disco completo, todas las canciones, sin elecciones de unas u otras en el acústico. Y, por otro, será el colofón a la gira. El último escenario que pisarán en un tiempo, inmiscuidos ya en lo que será su segundo disco.

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Son familia para el propio grupo y toda su gente. A un lado y otro de la valla. Con una comunidad que va creciendo a cada concierto. Porque están ellas y también Kike, Perdi, Alba, Noe, Luismi, Mery… Y esas pegatinas como símbolo de conquista de la banda cada vez que tocan en una ciudad. “Les ves una vez y quieres más. Tienen un directo poderosísimo, que contagia, que necesitas ver una y otra vez. Nosotras solo queremos saber el calendario de conciertos de 2026 para organizar nuestras vidas”, bromea Sara en una de las colas de horas que ellas encabezan de estas Rivieras. Porque su pasión por Ultraligera invade de algún modo también sus vidas y rutinas, sus trabajos, familias, parejas. “Nuestros días libres y vacaciones los pedimos en función de sus conciertos”, cuenta. “Somos unas incomprendidas, a veces”, lamenta Beli. Porque la música dicte sus calendarios. Por no faltar en cada paso de las bandas de su vida. Por no dedicarse a ser madres en vez de tanto viajar, fuera de cada cada fin de semana. Pero, claro, esto no es fútbol. Ni ellas, hombres. “Es que lo mismo en un aficionado a un equipo ni se cuestiona”, apunta, sensata, Aran. Su amor por la música lejos del histerismo que dio inicio al fenómeno fan con The Beattles o se retrata en la película Casi Famosos. No. Su vuelta al mundo es distinta. Acunada desde el respeto y la admiración por esos “chavales” que están viendo crecer infinito. “Nos hace tan felices verles tan arriba. Estas Rivieras, por ejemplo, son la confirmación de su éxito”. Que seguirán a su lado. Allá donde vayan. Con pegatinas en las vallas de cada ciudad conquistada. Porque el calado de un grupo de música puede medirse por muchas cosas. Por su sonido, canciones, letras o reefs. Pero, sobre todo, por la comunidad que crean. Ya cuando alguien busca en Google a Ultraligera les salen ellos, Gisme, Coque, Santi y Martín. Y también post de la cuenta de esa cuenta de Instagram, @ultraligera_fans, que crece paralela y en la que ellas son la punta. Beli, Aran y sobre todo ella, la primera, Sara. Su canción favorita, por cierto, siempre será Europa.
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