El Menor, Chile y la profecía autocumplida
El joven de Coquimbo se proclama campeón de Red Bull Batalla Internacional y entrega al país andino el primer cinturón de su historia.


Sucedió a orillas del Mapocho. Vino a decir en una ocasión Pablo Neruda que Santiago era un lugar donde la magia bohemia flotaba entre la esencia de lo urbano. Y no le faltó razón. Aquel dibujo santiaguino parece diluido por la feroz modernidad desigual de los tiempos posteriores al afamado escritor, cuyo resultado, amén de un cúmulo de circunstancias políticas y sociales, dio pie a un estallido artístico. El hip hop chileno. Hace tiempo que Chile se erigió como el país más rapero del mundo, lo que ha contrastado durante dos décadas con el hecho de que jamás hubieran ganado una Final Internacional de Red Bull Batalla. Hasta ahora. El Menor ha roto la maldición.
La realidad es que la victoria del joven de Coquimbo era una coronación anunciada. El ecosistema en torno al evento, tanto en un Movistar Arena con más de 15.000 almas como en los días previos a la fecha, fue el de profecía autocumplida: antes de que sucediera, era tal la creencia o la expectativa de que un chileno iba a campeonar que, piensa uno, terminó por provocar que sucediera. De una forma u otra, fue la mano de El Menor la que rascó el cielo de Región Metropolitana. Todos los campeones, en cierta parte —y esa es una de las claves—, deben saber que lo son antes de ganar. Pese a ello, fue una Internacional ‘mataquinielas’ que concluyó con un podio casi inimaginable y que vio caer a verdaderas leyendas en un camino polémico, aguerrido y, sobre todo, poco piadoso.
La moraleja de los octavos de final
Que ganar iba a ser tarea hercúlea se vio desde la primera ronda. Rapder y Exe abrieron el evento con un duelo que acabó llevándose el argentino, mucho más eficaz e inteligente en sus punchs que el mexicano, y que encerraba una cruda realidad. Un campeón mundial había caído a la primera de cambio. Era un mensaje a los demás participantes: el exceso de confianza es una trampa, especialmente cuando te enfrentas a alguien con más hambre competitiva. Pasa en el freestyle y, en general, en la vida. La moraleja de los octavos de final.
Ahora bien, esto no evitó que la sorpresa inundase el recinto minutos después. Gazir y Nekroos firmaron, quizá, la mejor batalla del día. Un auténtico duelo de pasión, contundencia y crudeza que terminó llevándose —réplica mediante— el peruano. Pitó el público. Era difícil —verdaderamente complejo— comprender el veredicto. Instantes más tarde Valles T derribaría a Bnet en un clásico de la disciplina en la misma ronda, despertando también la animadversión de un público poco satisfecho con el resultado, pero muy de acuerdo con una idea concreta de apoyo. Los dos se marcharon en octavos, evidenciando que los españoles en Latinoamérica, ahora y siempre, compiten con un fuerte hándicap negativo.

En otro orden de cosas, la primera ronda vio cómo un Chuty a medio gas terminaba con las aspiraciones de un Fat Tony muy lejos del nivel que precisa este tipo de eventos. Fat N se rindió ante un Almendrades en pleno crecimiento que repartía ingeniosos punchlines como puñetazos; y algo parecido ocurrió entre Androide y Teorema: el chileno arrasó y el hondureño, con la cabeza bien alta por su notable desempeño, fue ampliamente aplaudido. Éxodo Lirical provocó la réplica con una de las rimas más gritadas de la noche ante Larrix (“desconchumarízate”), pero no le bastó para ganar; y El Menor no dejó casi ni respirar a un buen Reverse —de flow extraordinario—, que se supo en todo momento ante un muro infranqueable.
La última batalla de Chuty y el abrazo de un país
El primer plato de cuartos de final tuvo poco sabor. Exe barrió con facilidad a Nekroos, dejando al público con la miel en los labios que solo lo hipotético produce: la rotundidad con la que el argentino acabó con el peruano dejó con ganas al ateneo de saber qué hubiera ocurrido si se hubiese enfrentado a Gazir, contra quien perdió de forma muy justa y polémica en la anterior Internacional. Y luego, Chuty. El de Entrevías. La leyenda. Su enfrentamiento con Almendrades ha sido, quizá, su último en Red Bull Batalla. Ganó muy por los pelos el peruano, quien levantó la bandera de su país para explicar al madrileño que su patrocinio no era otro que el hambre de convertirse en campeón. Fue también un resultado debatible, pero comprensible en la dinámica del propio evento. Chuty, Bnet y Gazir, fuera en cuartos de final. Ni mexicanos ni españoles en semifinales.
La ronda continuó con un Larrix y Valles T, que hicieron estallar a un público embriagado por la locura de los resultados y entregado a la pasión de las rimas. Supo leer esto el colombiano, quien jugó mejor las equivocaciones del argentino —a un nivel cercano al sobresaliente— y condenó su doble mala entrada al patrón para cerrarle la puerta de la esperanza. Después llegaría el duelo que nadie allí quería ver. El Menor y Teorema, los dos chilenos, cara a cara. El de Cañete se golpeaba el pecho y su joven contrincante se movía consumido por los nervios. Ganó El Menor gracias a un segundo minuto espectacular. Y Teorema, que portaba la bandera chilena en el alma y la mapuche en sus hombros, arropó a su sucesor con el mágico trozo de tela. Se fundieron en un abrazo. Profetas en su tierra. Pasase lo que pasase, Chile iba a ganar.

El nacimiento de una bestia y la vergüenza de la noche
Las semifinales fueron de menos a más, tanto a nivel individual como general. Exe y Almendrades arrancaron algo descafeinados —fallo de sonido incluido—, tornándose poco a poco el duelo en un auténtico vendaval de arañazos de ingenio y voluntad que terminaron coloreando el aura del peruano. Era la revelación. Y la gente le apoyaría hasta el final —o hasta la final—.
El Menor y Valles T hicieron lo propio y ofrecieron otra batalla intensa que caminaba en torno a la réplica hasta que, en la última ronda, todo se torció. Una rima personal del colombiano provocó que el público le pitase en cada intervención —ni siquiera se le escuchaba— y estallara por los aires con las palabras del representante local, lo que determinó que el duelo se lo llevase El Menor. La realidad es que no le hacía falta tal ayuda. Y esto, por desgracia, empañó el paso de El Menor a una final a la que, por nivel, podría haber accedido. Este tipo de hábitos en la grada, frutos de una decisión en caliente, deben ser desalojados de los escenarios: a nadie favorecen y todo lo oscurecen. Punto a favor de Cayu, quien se mostró a la altura de la cita —era su debut como host en una Internacional de Red Bull Batalla— parando el veredicto del jurado para aleccionar al público.
La profecía autocumplida
Tras un tercer y cuarto puesto algo redundante y que ganó Valles T, quien ya compite por ser una de las personas con más internacionales, la finalísima. Almendrades y El Menor. La revelación contra la profecía autocumplida. Y fue eso mismo lo que pasó. No pasó desapercibido el excelso nivel del peruano, cuya voz ronca acompasa a la perfección la contundencia de sus barras, pero que El Menor iba a ganar era algo inevitable. Fue un duelo parejo hasta que en los últimos patrones se vino abajo Almendrades, cansado de remar con más fuerza; y el de Coquimbo sentenció con inagotables juegos de palabras e ingenio para todos los paladares.
Victoria de El Menor. Victoria de Chile. El público se ahogó en la euforia y celebró hasta tarde, sin importar el ambiente urbano o bucólico de la ciudad y oteando la vida a través del cristal de una botella. Y a brindar en mapudungún. No es para menos porque, además, sucedió en Santiago: rodeado por los Andes y a orillas del Mapocho.
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