Música

El día que U2 ‘robó’ el último concierto de los Beatles en la azotea de Apple Corps: “Espero que hayamos estado a la altura”

En 1969, Londres fue testigo del último concierto de los Beatles; en 1987, Los Ángeles vivió la conquista calculada de U2. Dos momentos que mezclan arte, caos y publicidad, que se convirtieron en leyenda y siguen fascinando muchos años después.

The Beatles
Evening Standard
Mariano Tovar
Redactor Jefe de Especiales
Empezó a trabajar en AS en 1992 en la producción de especiales, guías, revistas y productos editoriales. Ha sido portadista de periódico, redactor jefe de diseño e infografía desde 1999 y pionero en la información de NFL en España con el blog y el podcast Zona Roja. Actualmente está centrado en la realización de especiales web e historias visuales
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El 30 de enero de 1969, Londres amaneció gris y helado. En Savile Row, los Beatles subieron al tejado del edificio de Apple Corps, la compañía que el grupo fundó en 1968, y empezaron a tocar a la hora del almuerzo. Lo hicieron sin avisar a nadie, sin cobrar la entrada… y sin permiso. Solo ellos, Billy Preston, ‘El Quinto Beatle’ al teclado, y un viento que cortaba la cara. John se puso el abrigo de Yoko, Ringo el chubasquero rojo de Maureen, Paul sonreía como si fuera verano y George, el más reticente, acabó cediendo. Abajo, en la calle, la gente se paró en seco. Oficinistas con el bocata en la mano, vecinos asomados a las ventanas. Todo muy inglés, mirando sin parecer que miraban. Nadie sabía que estaban contemplando la última actuación pública de los Beatles. Lo que tampoco sabían es que aquellas cámaras no estaban por casualidad: el tejado era el último capítulo del proyecto ‘Get Back’, que acabaría convertido en el documental Let It Be.

Arrancaron con “Get Back”. Luego “Don’t Let Me Down”, “I’ve Got a Feeling”, “One After 909”, “Dig a Pony”. Hicieron varias tomas y bromearon con alguna letra improvisada para reírse del frío. Mientras tanto, las llamadas empezaban a llegar a las comisarías cercanas: “Hay ruido”, “no se puede trabajar”, “esto es un escándalo”. El banquero de la esquina furioso porque no oye a sus clientes. El de la tienda de lanas diciendo que no puede dictar una carta. Londres haciendo de Londres mientras ahí abajo, en la calle, empezaba a acumularse una multitud.

A mitad del concierto, la policía apareció. Varios agentes subieron la escalera con cara de “nos han llamado por ruido”. No hubo bronca. Solo una conversación, cuando lo que de verdad les apetecía era decir “seguid, seguid” y sentarse a disfrutar del espectáculo. Ray Shayler, uno de ellos, lo contó años después: “Me dijeron que les quedaba una. Les dije: haced esa… y paramos”. Ringo bromeó: “No me pongáis las esposas”. Paul pidió disculpas. Todo muy británico. Mientras tanto, las cámaras grababan cada gesto. Habían colocado una en la recepción por si los bobbies entraban en plano. Tocaron una vez más “Get Back”, y John cerró 42 minutos de concierto con una frase que se quedó para siempre: “Thank you on behalf of the group… I hope we’ve passed the audition” (Gracias en nombre del grupo… Espero que hayamos estado a la altura).

Casi veinte años después, otra azotea, otro cielo, misma idea. Los Ángeles, 27 de marzo de 1987. U2 decidió rodar el vídeo de “Where the Streets Have No Name” en el tejado de una licorería en la Séptima con Main. Esta vez no hay improvisación. Reforzaron el techo del edificio por si los fans lo invadían. Montaron un generador “por si las autoridades cortan la luz”. Avisaron a las radios para que la ciudad se enterara. Y esperaron a que corriera la voz. A los pocos minutos, la calle era un hormiguero. El tráfico se atascó en plena hora punta. Los curiosos empezaron a agolparse... y la policía volvió a subir una escalera para pedir lo de siempre: “Chicos, esto tiene que parar”.

El director, Meiert Avis, lo dijo claro: querían ser “disruptivos”. Montar un pequeño terremoto en horario de tarde. Que el vídeo fuera noticia. Bono, con la sonrisa de quien sabe lo que está haciendo, dejó un guiño: “No es la primera vez que les robamos a los Beatles”. Tocaron “Streets” varias veces para que la intro con el eco de la guitarra de The Edge sonara perfecta en el vídeo. Luego tocaron fragmentos de “People Get Ready”, “In God’s Country”, “Sunday Bloody Sunday”... Por fin, arrancaron “Pride”, pero se quedaron a medias porque la policía, esta vez sí, dijo basta. La ciudad volvió poco a poco a su ritmo y el clip acabó ganando un Grammy.

La comparación es inevitable. En Londres, el tejado fue una salida de emergencia de unos Beatles cuyo proyecto se moría. Las discusiones eran interminables, y la patada hacia adelante los llevó al tejado. Subieron, empezaron a tocar y dejaron que fuera la ciudad quien decidiera poner fin al show. En Los Ángeles, el tejado fue un plan maestro: diseñaron el caos, lo convocaron y lo grabaron para convertirlo en publicidad de alto voltaje. Las dos cosas funcionan. Una es un gesto de supervivencia. La otra, uno de conquista. En las dos, la policía hace de metrónomo y marca el punto final.

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¿Rebeldía o estrategia? Las dos. Rebeldía en Savile Row: subir sin permiso, tocar en enero y dejar que el viento haga de productor. Estrategia en Main Street: llamar a las radios, reforzar el techo y contar con que la policía va a cerrar el plano. Por eso todos volvemos a ver esos vídeos cada cierto tiempo. Ves a John con el abrigo y piensas “qué final más humano”. Ves a Bono levantando la mano y piensas “qué manera de convertir una esquina en un estadio”. La música, cuando se sube al tejado, se adueña de la ciudad por un rato. Y cuando la ciudad dice “se acabó”, se apaga la música y queda el recuerdo. No hay mejor final para una buena historia.

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