Música

Celtas Cortos: “Hemos sido juglares de autobús y furgoneta”

El grupo vallisoletano recuerda en una charla con Diario AS aquellos años de euforia, experimentación y amistad que vieron nacer su interpretación del rock celta.

14/01/26 GRUPO DE MUSICA CELTAS CORTOS 
ENTREVISTA REPORTAJE
INMA FLORES
Sergio Murillo
Nació en Santa Marta de Tormes en 2001 y creció entre Guadalajara y Badajoz. Amante de la literatura, estudió Periodismo en la URJC. Se estrenó como jefe de Cultura en El Generacional. Ha sido corresponsal para El Estilo Libre y conductor de informativos en Cadena COPE. Entró en Diario AS en 2023 como redactor en Actualidad.
Actualizado a

Cuando uno dedica largas noches de verano a mezclarse con aquello que vino a llamarse ‘la vida’ se da cuenta de que todas y cada una de las historias humanas caben dentro de una verbena de Castilla. Y que duran para siempre. Hay quienes tienen el sacro privilegio —quizá, el que más respeto infunda— de poner voz a estas fiestas e, incluso, ejercer como narradores involuntarios de las mismas. No es mentira que las canciones contienen el devenir de la gente y marcan su camino, bien sea a la peña o al pilón —puerta grande o enfermería—. Y en este arte hay pocos como Celtas Cortos.

El grupo se juntó primero como cuadrilla. El local de ensayo, el bar de enfrente y los amigos de siempre eran el eje de un proyecto musical que primero conquistó Valladolid y, después, el país entero. Cuatro décadas han pasado desde aquellos primeros años y uno distingue en la mirada de Jesús Cifuentes, Goyo Yeves y Alberto García que nada ha cambiado. Se acercan un día a la capital; ensayan en el sótano de un edificio del Madrid de los Austrias cuando llega un servidor. En el horizonte próximo, la inminente gira 40 años contando cuentos, que es toda una celebración de la vida, del tiempo y de las historias. Como una verbena castellana.

¿Ha pasado rápido el tiempo?

Jesús Cifuentes: Como la vida misma; de repente, todo es un suspiro. Pero lo cierto es que no teníamos la consciencia de ponerle números a los años que van avanzando. Nos lo hemos pasado prácticamente sin parar ni un solo minuto de estar grabando, girando y en movimiento. Todo de manera absolutamente continua. Estás en esa dinámica y es ya la forma de vida, ¿no? Casi nos han tenido que decir ‘oye, que hay cuarenta años’. Íbamos con la vorágine de no parar y es ahora, a causa de eso, que hemos caído en la cuenta y en que queremos celebrarlo como se merece. Por supuesto.

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Sonaba antes en mi coche La senda del tiempo, que sale allá por 1990. Por entonces estabais empezando...

Goyo Yeves: Teníamos en torno a 20 años, sí. Piensa que nosotros empezamos siendo nada: en el instituto y como un grupo que hacía música instrumental. O sea, éramos unos críos. Ese tema fue de los primeros que empezamos a cantar y que tenían texto, pero el primer disco fue solo instrumental. Y es verdad. Ese es uno de los temas que ya empezó a sonar en la radio, que fue número uno y que, igual que otros muchos, se han quedado ahí marcados. En directo es impresionante porque dejamos que la gente lo cante. Es un tema muy emotivo, obviamente; es muy especial.

¿Y cómo ha envejecido la letra de esa canción?

G.Y: Quizás solo habría que cambiar la preposición de “sin” a “con”, ¿no?: ‘Con arrugas en la frente...

J.C: Los aromas siempre han estado ahí. De alguna manera, no sé, digamos que el asunto del paso del tiempo de una manera inconsciente nos ha acompañado a lo largo de nuestra trayectoria. Supongo que todo ello porque uno de los ingredientes de las canciones puede ser la melancolía, y el devenir del tiempo muchas veces te lleva a este tipo de reflexiones. Y con arrugas en la frente; ahora de verdad.

La gira se llama 40 años contando cuentos. ¿Celtas Cortos trata de contar historias?

Alberto García: De contar historias y de ser testigos del entorno; y de narrarlo y de hacerlo nuestro con nuestras palabras, con nuestra música; y de compartirlo con el público. Y ha sido... Sí, hemos sido juglares de autobús y furgoneta. Y entonces hemos tirado de lo que nos ofrece la realidad en lo político, en lo social, en lo sentimental. Y bueno, pues hemos sido conectores de lo que sentimos y vemos. Eso es lo que la gente acaba escuchando en nuestros conciertos.

¿Y cuál es vuestra historia favorita?

A.G: Siempre digo la misma, que es un retrato del grupo. La canción se llama República de Sanjes. Sanjes es la mezcla de Santiago y Jesús, que eran los dueños del autobús que nos llevaba por ahí, por el mundo. Y entonces la República de Sanjes era ese país con ruedas en el que nos íbamos moviendo; realmente era nuestra isla de recogimiento y de locura y de falta de sueño. Y retrata al grupo mucho en lo humano y mucho en lo musical. Fue un tema que surgió un día en una tarde y de un golpetazo: entramos sin tema y salimos con tema. Y para mí refleja mucho todo lo que es el grupo.

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Marca el calendario 1986, ¿qué recordáis de aquella época?

G.Y: Quizás el local. Sí. El local de ensayo era ese sitio donde te juntabas no solo para tocar, sino para compartir, para ir al bar de enfrente. Era como ir a misa, que lo teníamos como una religión (ríe). Y ese disfrute y esas ganas de decir ‘pues mete esto, y ahora la flauta’... Se cumplía una distorsión, íbamos experimentando; era como un taller. Y más que ir a misa, era ir a la peña. Esa ingenuidad. Muchas veces la gente decía: ‘¿Pero qué es este tipo de música?’ Entonces llamaba mucho la atención. Pues fue una casualidad. Nos juntamos uno que tocaba la flauta, un violín, otro que sacó una gaita y el otro que tenía una batería. Y se formó esa fusión; ese rock celta, que decían.

No hubo muchos grupos que hicieran rock celta antes en España. ¿De dónde vino la influencia? ¿Cómo apareció de la noche mañana el rock celta en las listas musicales?

J.C: Una de las bases de la que hemos bebido es de nuestra música tradicional. Veníamos algunos de grupos de música castellana. Y aquellos sonidos, y todo lo que hay debajo de ese subsuelo por respeto a una cultura, a una forma de vida, al mundo rural... Todo ese acervo cultural formaba parte de nuestro patrimonio, que se vio ampliado por la música atlántica. Escuchábamos a Alan Stivell, a grupos como Labanda, Gwendal, Davy Spillane... Cosas que nos resultaban muy inspiradoras. Pero también escuchábamos a Rosendo, a La Polla Records, a Miguel Ríos... Y a Agapito Marazuela. Entonces éramos un crisol de músicas bastante inusual.

Debió ser rara la aparición en la industria...

J.C: Cuando surgimos era como si nos hubiéramos entrometido entre dos mundos que no acababan de comprenderse muy bien. Porque lo que era el rock... Las bandas de rock eran muy talibanas en cuanto a cómo tenía que ser el rock, y en las bandas de música popular o tradicional había una ortodoxia por la que tenías que ser respetuoso y hacer la música de la manera en que se llevaba haciendo doscientos millones de años. Y, sin embargo, llegamos nosotros. Como un elefante en una cacharrería. Y empezamos a jugar con lo que posteriormente fue el mestizaje. Claro, a partir de ahí pues desde el punto de vista de los folkies éramos unos anatemas, y desde el rock and roll, pues lo mismo.

Sin embargo, conseguimos abrir un poco las dos puertas. Y ahora mismo ya sí que está normalizado. Con el paso del tiempo, creo que la música tradicional, por suerte, ha ido cogiendo mucho peso. Y han surgido cientos de músicos de gran talla. Y ahora, de repente, el pandero cuadrado de Peñaparda es indie y lo utiliza Vetusta Morla. Creo que el tiempo sí que ha ido colocando las cosas en su sitio de manera natural.

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Pasado el tiempo, y con semejante contexto de fondo, ¿qué consejos os hubierais dado a vosotros mismos?

A.G: Va por cosa personal. Que la inquietud por conseguir material para tocar desde el punto de vista melódico... Pues me provocaba cierta inquietud porque era muy difícil acceder a partituras de música irlandesa, de jazz. Siempre que alguien viajaba fuera, a Francia, Alemania, Inglaterra o Irlanda, le tenías que estar diciendo ‘¿Me traes este libro de tal edición?’...

J.C: ¡No había internet!

A.G: Claro, no hacías así (mueve la mano) Y tenías una música turca para la celebración de la matanza del cordero los jueves a las tres. Que ahora lo haces y te sale. Entonces esa inquietud, que yo la vivía como tal, creo que ha revertido en tener que exprimirte un poco el limón y parir tú como músico emulando eso que a lo mejor te faltaba. Entonces... Ese querer acercarte porque no tienes la partitura, pues no es malo; es todo lo contrario. Es cojonudo (ríe).

En dos días fatídicos de mediados de diciembre mueren Jorge Ilegal y Robe Iniesta, que ya estaban en la industria por entonces. ¿Cuál es la huella que dejan en la cultura musical española?

J.C: Creo que una manera de hacer la música y de ponerle palabras muy honesta, muy verdadera, muy salvaje. Muy al borde del abismo. Y bueno, se ha hablado mucho de la calidad y de la profundidad poética que Robe alcanzó, y yo creo que Jorge también ha dejado una huella muy muy profunda por su absoluto salvajismo. Aparte era una persona con un acervo cultural muy poderoso, a la vez que también muy cínico y muy ácido. Lo único que puedo decir es que ha sido algo inesperado. Tan juntos en la fecha... Ha sido un terremoto para la comunidad de músicos. Eran dos personajes a los que todo el mundo les tenía un cariño y un respeto especial.

¿Cuál es el estado del rock ahora mismo en España?

J.C: Es confuso. Como han cambiado tanto las distribuciones, las plataformas y la manera de dar a conocer la idea que tenga... Yo creo que sí que existe una buena cantera, porque desde luego la música y manosear instrumentos es cada vez más cercano, más popular; por fortuna, la calidad de los músicos cada vez es mejor, y se tiene menos miedo a construir universos e ideas. Lo que ocurre es que, quizá, como todo es tan rápido no da tiempo a conocerlas en profundidad. A veces salen bandas que de buenas a primeras dan un ‘pelotazo’ y de la nada están haciendo el Movistar Arena. Y muchas veces es complicado llevar el ritmo de todo lo que hay. Es muy complicado.

Y luego está la omnipresencia de la música urbana; la cultura del reggaetón, que ha colapsado muchísimo. Y lo digo desde el respeto porque también es música y tiene su interés, pero todo ha dejado obnubilado lo que son estrictamente las bandas de rock and roll. Es muy difícil, salvo alguna que otra, que oigas rock and roll en las emisoras de radio.

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¿Se queda descolgado?

En fin. Es complicado porque, además, ahora con la cultura de las redes sociales es realmente jodido llevar el ritmo y tener contenido de manera sistemática; y hay una sobreexposición que también es dura. Y eso a nosotros nos ha pillado un poco con el pie cambiado porque no somos de esa generación. Aunque la utilizamos, no somos de la era digital. A mí me genera mucho vértigo. Pero vamos, considero que el estado de salud en general es bueno porque cada vez hay más propuestas y no hay complejos. Ya está totalmente normalizado.

¿Hay edad límite para hacer rock?

A.G: Yo creo que no. Mientras te funcionen las articulaciones, básicamente de las manos, o tengas falta de vergüenza para suplir esa falta de salud; y tengas ideas, claro, y gusto por hacer algo que merezca la pena. Está claro que no.

G.Y: En nuestro caso ni se nos pasa por la cabeza. Estamos en forma perfectamente y, sobre todo, con muchas ideas y proyectos. Siempre parece que falta tiempo para desarrollar cosas nuevas. Y eso es lo que te va a alargar la vida. Y, por supuesto, que el público lo acepte.

En 40 años se tienen que ver muchas cosas, tanto en el rock como en sus márgenes. ¿Qué parte de realidad hay en el mito de la legendaria relación tóxica y psicodélica entre el rockero y la noche?

A.G: No es tan legendaria. Es una realidad. Lo que pasa es que luego cada uno lo puede estirar hasta donde quiera.

G.Y: Es una actitud, también.

A.G: Puedes sufrirla o puedes disfrutarla. Puedes estirarla hasta la mañana o puedes tomarla en pequeñas dosis. La relación es muy personal; e incluso dentro de lo personal, cada uno la gestiona como puede o como quiere. Pero es una obviedad. Los conciertos, básicamente, son por la noche; y el concierto te da un subidón de adrenalina que bajarla necesita tiempo también. Y está todo en bandeja para que esa relación sea fructífera.

J.C: Nadie puede negar la cercanía de la parte tóxica con el ejercicio del rock and roll. Supongo que habrá quien haya tenido que vivir con los demonios de las drogas y pasar también desiertos peliagudos, porque eso nos ha afectado a todos. Está claro. Pero también tiene la lógica de que estás viviendo muy intensamente; con el acelerador apretado. Y las sensaciones. El cuerpo, durante muchos años de juventud y de poderío... Pues es que eres Dios y eres inmortal. Cuando llegas a cierta edad pones los pies en el suelo y ya se afloja, pero vivir el rock and roll y la intensidad que te genera un concierto, desde luego, es un caballo indomable. Y ponerlo manso, cuesta.

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Se ha dicho mucho que en los ochenta y noventa había más libertad para decir lo que uno quisiera. ¿Tenéis esa sensación?

J.C: Creo que hay una conjunción por la que ahora, quizá, el tema social no forma tanto parte del acervo de lo que pueda escribir la gente que hace música popular. Es otro momento histórico y las inquietudes son otras. Aunque también haya una pelea social, problemas de vivienda, carencia de servicios sociales... Pero nosotros somos hijos de la transición. Y entonces el peso de la política como concepto, al menos para mí, era algo que se vivía con mucha intensidad. Forma parte también de nuestra manera de hacer las cosas y de entender el mundo.

Ahora creo que hay más desapego, también porque hay más desencanto y, probablemente, más miedo. Estamos en un momento de tanta crispación que poner las palabras sobre la mesa puede generar temores a las consecuencias que pueda traer. En fin, también ha habido unos cuantos grupos y cantantes que han recibido censuras; y monologuistas y gente del humor, perseguidos por los Abogados Cristianos, que siempre están a la caza de exabruptos. Así lo veo. Se junta un poco el momento histórico en el que estamos con este desaguisado.

¿Qué pasó el 20 de abril de 1990?

G.Y: ¡Qué pasó!

J.C: Esa fecha... Encajaba. Otra no habría rimado. Es totalmente azarosa y se debe a la lotería de la métrica. Pero sí que habla de un momento concreto. Cuando se compuso éramos jóvenes, pero ya vislumbrabas también lo que venía... Me acuerdo bien. Yo estudié Trabajo Social y saqué unas oposiciones; trabajaba para el Ministerio de Educación y Ciencia por aquel entonces, y tuve que irme a un instituto en un pueblo de Ávila, en un sitio que se llama El Tiemblo, un lugar bastante chulo y con sus montañas. Era mi primer destino. Mi trabajo serio de funcionario. Tuve que salir de Valladolid. Entonces dejé atrás a mi cuadrilla, mi grupo de amigos y lo que es el día a día. Y vino a visitarme esa melancolía, ese ‘dejar atrás’. Ya te empiezas a hacer adulto y estás en el mercado laboral; ese fantasma, esa nube. Aunque no dejamos de tocar y el grupo estaba muy fuerte, para mí ese año, hasta que pude pedir la excedencia, fue un relativo calvario. Yo siempre llegaba tarde, mal y nunca al curro. Era ese momento y reflejo de esa sensación.

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Si en veinte años nos sentamos en un bar de Valladolid, ¿qué os gustaría decirme?

A.G: Lo primero estar agradecidos por haber llegado hasta semejante fecha. Quiero decir, que nosotros siempre hemos ido paso a paso, día a día. Y que nos hemos encontrado esta fecha como un macetazo. De repente. Y bueno, creo que si este carromato sigue caminando, nos encontraremos... Pero vamos a ir a los diez (ríe).

G.Y: Y si vas a Valladolid, yo creo que te llevaríamos a la calle Calle Celtas Cortos, que la tenemos.

A.G: Creo que te doy un sentir común si te digo que llegados esos diez, cinco, quince o veinte años más, que podamos haber hecho unos cuantos discos nuevos.

J.C: Y que, además, igual te queremos llevar a la calle y nos la han quitado (ríe). A mí me gustaría poder decirte, como decía mi padre: ‘Ante todo, hijo mío, que te quede la satisfacción de haber cumplido’. Que podamos tener todavía una obra más extensa. Y que sea la puta hostia.

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