Mujeres extraordinarias

Leo Margets: “Nunca quise ser profesional; quise ser buena. Lo demás fue consecuencia”

La jugadora española de póquer reflexiona con AS sobre competir en un entorno masculino, la presión, el éxito y por qué no quiere abanderar a nadie.

Leo Margets: “Nunca quise ser profesional; quise ser buena. Lo demás fue consecuencia”
Marta Rodríguez Peleteiro
Redactora de Tikitakas
Su trayectoria en Prisa comenzó en AS, en 2006, en la sección de Cierre. Posteriormente asumió la coordinación de la revista AS Color y la redacción de los blogs Match Point y Erratas de Campo. En 2017 pasó a formar parte de PrisaNoticias, en el control de producción de El País y AS, y volvió a AS a finales de 2022, como redactora de Tikitakas.
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Hay trayectorias que empiezan con un plan. La de Leo Margets empezó con una cita. Lo que parecía una anécdota romántica acabó convirtiéndose en una carrera de dos décadas en la élite del póquer internacional. Y, por el camino, en una de las figuras más reconocidas —aunque ella rehúya esa etiqueta— para muchas mujeres que miran una mesa de póquer y todavía la sienten como territorio ajeno.

“Mi primer contacto fue aburridísimo…, pero ahí empezó todo. Yo no tenía ni idea de póquer. No me interesaban los juegos de cartas, no me gustaban los juegos de mesa y tenía los prejuicios que tiene mucha gente: me imaginaba algo underground, lo de las películas, tíos con un puro, una rubia detrás… no me atraía nada”, cuenta en una entrevista con AS realizada durante la celebración de la tercera edición de La Timba de Winamax en el Casino UNNIC de Andorra. El giro llegó en una primera cita. “Estaba yendo todo superbien y cuando le dije que si tomábamos algo, me respondió: ‘Lo siento, tengo una partida de póquer’. Y me salió un ‘me apunto’ que no sé de dónde salió”.

Aquella noche fue, en sus palabras, “aburridísima”. “No entendía nada, estaba deseando que lo eliminaran. Pero ese día surgieron dos historias de amor: con él estuve once años y con el póquer llevo veinte”. Lo que descubrió entonces cambió por completo su percepción. “Me di cuenta de que no era un juego de cartas sin más. Era psicología, matemáticas, estadística, adaptación al rival, control emocional. Y me encantó”.

Nunca se marcó como objetivo ser profesional. “Yo siempre digo que no quise convertirme en profesional. Quise mejorar. Pensé: este juego me encanta, quiero ser buena. Y ser profesional fue la consecuencia de querer mejorar”, dice la integrante del Team Pro de Winamax.

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De la “hija perfecta” a arriesgarlo todo

Antes del póquer, su vida seguía el guion esperado. “Era la hija perfecta sobre el papel. Había estudiado en Inglaterra, Business Studies, trabajaba en una multinacional aspiracional del mundo del deporte…, y era horrible. No era mi sitio”. No tenía una vocación clara, y eso, con el tiempo, lo ha interpretado como una ventaja. “Siempre me dio envidia la gente que tenía clarísimo lo que quería ser. Pero no tener esa dirección me hizo estar más disponible a las oportunidades. No llevaba orejeras”.

Cuando tuvo que elegir entre la estabilidad y el riesgo, decidió apostar. “Se me abrieron oportunidades y pensé: me quiero subir a este tren. Y entonces sí, puse toda la carne en el asador”. Ganó su primer torneo en el casino de Barcelona, un universitario. “Siempre hay un punto de suerte. La suerte está muy denostada, pero está en todas partes. Muchos profesionales hemos tenido un momento de suerte al principio. La diferencia es saber aprovecharlo”.

Obsesión, élite y presión

“El póquer es muy absorbente. Te aprendes las reglas en diez minutos, pero no te lo acabas nunca”. Para estar en la élite, asegura, hace falta algo que a veces incomoda nombrar: “Sé que la palabra obsesión suena negativa, pero a nadie le parece raro que alguien se obsesione con el tenis. En el póquer parece peor porque no se entiende bien el juego. Pero para estar arriba necesitas ese punto”. Hoy en día sigue formándose constantemente. “Aunque estés en la cresta de la ola, como te relajes, te quedas atrás. Evoluciona todo el rato”.

Y resume su filosofía con una idea que trasciende las cartas: “Lo único que importa es tomar buenas decisiones. Puedes tomar una buena decisión y que salga mal. Pero la decisión es buena pase lo que pase. El azar siempre va a estar ahí. A la larga, lo que te hace ganar en la vida es decidir bien”.

Mujer en un entorno masculino

La imagen del póquer sigue siendo masculina. Ella, sin embargo, afirma que nunca se sintió fuera de lugar. “Yo, supercómoda. Siempre”. Con los años ha matizado su visión. “He entendido que no todas somos iguales. Que yo me sienta cómoda no significa que otras no se sientan intimidadas. El póquer es un ambiente muy competitivo: tienes que aplicar presión y saber recibirla”.

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En la élite, dice, el estereotipo pierde peso. “En los torneos que juego hay gente muy lista, que sabe que tirar de estereotipos es boicotear su toma de decisiones. Yo siempre me he sentido uno más”. Y si alguien la juzga por ser mujer, lo convierte en ventaja: “Que te juzguen te da información sobre cómo te perciben. Y eso, en póquer, es oro”.

¿Se siente referente femenino? Su respuesta es clara, aunque compleja. “En realidad no. Siempre tengo la sensación de que quiero representarme a mí misma. No me atrevería a representar a un colectivo. No me gusta abanderarme como referente de la mujer”. Pero reconoce la otra cara: “Soy consciente de que es más fácil inspirarnos en gente con la que compartimos rasgos. Y si para algunas chicas mi trayectoria es un espejo en el que mirarse, es un honor. Pero no me posiciono como portavoz de nadie”.

Hambre, crisis y autocrítica

En 2018 atravesó una crisis profunda tras una mala racha en Las Vegas. “Me pasé dos meses sin entrar en premios en un solo torneo. Empiezas a cuestionártelo todo”. Ahí detectó algo clave: “Lo que empezó siendo mala suerte acabó siendo mala toma de decisiones. A veces pierdes por azar y, de tanta mala suerte, empiezas a decidir peor”.

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Aprendió a vigilar su propio relato interno. “Tu cerebro no quiere que seas un gran jugador. Quiere que estés cómodo. Te cuenta historias para que no sufras. Saber cazarte es fundamental”. La historia tuvo final casi cinematográfico: fue segunda en un torneo de las World Series y al día siguiente volvió a quedar segunda. “Eso podría no haber pasado y el aprendizaje habría sido igual. Pero fue bonito”.

No se siente especialmente famosa. “Me da corte cuando me piden una foto. Además, mi reconocimiento es muy nicho. Es perfecto: la gente sabe lo que has logrado, te felicita, pero puedo hacer vida normal”. Tampoco el dinero la ha transformado. “He tenido premios grandes y no se me ha ocurrido ni qué comprarme. Para mí el éxito es hacer lo que quiero casi cada día. Si mañana ganara diez millones y haría lo mismo”.

Andorra, decisiones y libertad

Reside en Andorra, una decisión que defiende desde la libertad individual. “Mientras sea legal, cada uno puede elegir dónde vivir. Yo he vivido muchos años en España pagando muchos impuestos sin quejarme, porque era mi elección”. Tras divorciarse quiso cambiar de aire. “Nada es gratis: estás más lejos de tu familia, viajar es más incómodo. Pero en una profesión con tanta varianza y tantos gastos, para mí ha sido una superelección. Estoy súper a gusto”.

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Su ocio es sencillo: entrenar, estar en casa, gatos, amigos. “Soy más yo cuando entreno”. En televisión ha probado formatos como Supervivientes, donde reconoce que jugó “fatal”, y Traitors, donde, en cambio, estuvo en su salsa. De cara al futuro, no piensa demasiado en el legado. “Que digan: qué chica más maja estuvo jugando al póquer. Que bien nos caía. Mientras tenga hambre de competir y hacer lo que hace falta para estar arriba, seguiré. El día que no, no. Pero ahora mismo, sigo queriendo ser mejor”.

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