'Los que no llegaron'

Nadja Mihalic, extenista: “Mi historia es la de la mayoría que nadie cuenta”

Hace 11 años dejó el tenis y ahora publica ‘Los que no llegaron’, un libro que ha sido terapia y con el que quiere ayudar a quienes lo dan todo por un sueño roto.

Nadja Mihalic, extenista: “Mi historia es la de la mayoría que nadie cuenta”
Marta Rodríguez Peleteiro
Su trayectoria en Prisa comenzó en AS, en 2006, en la sección de Cierre. Posteriormente asumió la coordinación de la revista AS Color y la redacción de los blogs Match Point y Erratas de Campo. En 2017 pasó a formar parte de PrisaNoticias, en el control de producción de El País y AS, y volvió a AS a finales de 2022, como redactora de Tikitakas.
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Por cada tenista que levanta un trofeo en una pista central hay cientos (o miles) que se quedaron a un paso, o a diez. Historias invisibles, sin épica televisiva ni finales felices de manual. La de Nadja Mihalic es una de ellas. Y, precisamente por eso, importa, y la he recogido en un libro que lleva por título Los que no llegaron, cuya escritura ha funcionado como terapia para ella.

Mi historia es la de la mayoría que nadie cuenta”, dice en una charla con AS. No lo afirma desde el rencor ni desde la nostalgia, sino desde un lugar mucho más complejo: el de quien lo dio todo y, aun así, no llegó.

Nadja empezó a jugar al tenis en tercero de Primaria, casi por descarte. “Mis padres no podían llevarnos a veintisiete actividades. Elegimos el tenis porque, si llegabas a ser profesional, era el único deporte con el que podías vivir”. No hubo romanticismo inicial, sino pragmatismo. Pero el talento apareció pronto. Y con él, una decisión radical: ir a por todo.

“En mi familia somos de todo o nada. No hay medias tintas”. Clases particulares, más entrenamientos, más torneos. Hasta que el tenis dejó de ser una actividad y pasó a ser un proyecto familiar. La familia se mudó primero a Mallorca, luego a Madrid, y después a Valencia. El padre dejó su trabajo para dedicarse por completo a la carrera deportiva de su hija. “Yo me convertí en el proyecto y en el trabajo de mi padre. Él dejó su vida laboral por mí”.

Nadja Mihalic, extenista: “Mi historia es la de la mayoría que nadie cuenta”

A los once años ya entrenaba a las siete de la mañana y se saltaba clases. A los catorce, estudiaba a distancia. “Era un trabajo. Con tercero de la ESO ya tenía una jornada laboral completa: entrenar, estudiar, estirar, dormir para no lesionarte…”.

El problema no era el nivel. “Yo tenía el físico, tenía los golpes, tenía las ganas. Todo”. El problema era la presión. Y no cualquier presión: “No es lo mismo la presión de un patrocinador que la de ver a tus padres llegar justos a final de mes por tu culpa. Eso no se cuenta”.

Jugó con zapatillas rotas, escondiendo los agujeros para que no se notaran. “Iba de puntillas a la pista para que no se viera. No decía nada porque sabía que no había dinero”. La presión económica se convirtió en presión mental. Y la mental, en bloqueo. “Llegaba a la pista y me hablaba fatal a mí misma. ‘No vales para nada, eres inútil’. Y se te va el partido”.

La retirada

A los 17 años, sin haberlo planeado nunca, lo dejó. “Fue una pregunta más. ‘¿Cuándo lo vas a dejar?’, me dijo mi padre. Me explotó la cabeza y dije: ‘Dale la vuelta al coche y nos vamos’”. Tiró trofeos, escondió las raquetas para luego venderlas, cortó con todo lo que tuviera que ver con el tenis. Tres días después estaba de vuelta en Galicia. “Lo viví como un fracaso absoluto. ¿Para qué iba a contarle a nadie mi fracaso?”, revela sobre esa nueva etapa en la que no quería hablar con sus compañeros de instituto sobre qué había estado haciendo los años anteriores.

Nadja Mihalic, extenista: “Mi historia es la de la mayoría que nadie cuenta”

Sin tenis y sin una identidad definida (no había sido una gran estudiante al ser alumna a distancia, no era ya tenista), aceptó una beca universitaria en Estados Unidos. Volvió a jugar, pero ya no por un sueño, sino por supervivencia. “Era una forma de financiación. No quería depender de mis padres ni llevarles más carga”.

Allí descubrió otra cara del deporte. “Las universidades son un negocio. Ganas, cobras. No ganas, no cobras. El entrenador es tu jefe”. Aun así, esa etapa le devolvió algo que había perdido muy pronto: una vida normal. Paradójicamente, fue cuando supo que el tenis se acababa para siempre cuando mejor jugó. “Jugué los últimos torneos como no había jugado nunca. Estaba flotando. Porque ya no había presión. Era una liberación”.

Pero nunca pensó en volver. “Nunca se me pasó por la cabeza. Es como preguntarte por qué el cielo no es verde”. El vacío posterior fue brutal. “Ya no era la tenista, ni la extenista. ¿Qué demonios soy? No tenía ni idea”. Probó carreras, trabajos, caminos que no le gustaban. Hasta que empezó a escribir. Sin intención de publicar. Como terapia: “Volver al pasado duele, pero poco a poco mejora”.

Nadja Mihalic, extenista: “Mi historia es la de la mayoría que nadie cuenta”

El libro

De esas páginas nació un libro. Y del libro, una idea más grande: una comunidad para los que no llegaron. “Somos la mayoría. Y nadie cuenta nuestras historias. No solo en el tenis, en muchísimos deportes y profesiones”.

Hoy Nadja no habla desde el resentimiento. Al contrario. “Gracias al tenis estoy donde estoy. Si no hubiese dado mi cien por cien, no habría ido a Estados Unidos ni tendría la vida que tengo ahora”. Su mensaje no es que no haya que intentarlo, sino que hay que ampliar el relato. “Tú no eres Nadja la tenista. Tú eres Nadja. Y con eso es suficiente”.

A los padres les deja una advertencia clara: “Los padres son padres, no entrenadores ni intermediarios. Apoyar no es presionar”. Y a los niños, una certeza que a ella le llegó tarde: “Si no llegas, no pasa nada. La vida no se acaba ahí. Hay miles de cosas espectaculares esperando”.

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No es una historia de fracaso ni de triunfo. “Es una historia de la vida”, dice. De las que no salen en los highlights, pero sostienen todo lo demás. Y quizá por eso, por fin, importa contarla.

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