NAVIDAD

Tradiciones de la Navidad: ¿por qué se pone un Belén y un árbol para decorar la casa?

Las costumbres decorativas de estas fechas tienen un origen remoto y significados ancestrales, algunos de ellos anteriores a la llegada del cristianismo.

Tradiciones de la Navidad: ¿por qué se pone un Belén y un árbol para decorar la casa?

Este 2020, la continua amenaza del coronavirus ha echado por tierra la esperanza de poder celebrar unas Navidades normales. Sin embargo, pese a las restricciones y sacrificios que toca enfrentar en esta ocasión, el espíritu navideño, así como los valores y las prácticas a las que está este asociado, no tienen por qué decaer en absoluto.

En España, las viejas tradiciones occidentales de la Navidad continúan transmitiéndose de generación en generación, y no han perdido ni un ápice de su contribución estética y emocional a que estas fechas sean más cálidas y especiales. Los adornos, las luces, el abeto o el Nacimiento son clásicos de la decoración de los hogares en diciembre. Sin embargo, no todo el mundo conoce de dónde provienen semejantes costumbres. A continuación, os contamos todo lo relativo a las dos más famosas, el Belén y el árbol de Navidad:

El Belén

La representación del nacimiento del Niño Jesús en el pueblo de Belén ha dado lugar a verdaderas maravillas de la artesanía a lo largo de la historia. Los personajes clásicos han sido siempre el Niño, San José, la Virgen María y el buey y la mula que se encontraban en el pesebre en el que tuvo lugar la llegada del hijo de Dios al mundo. Pero las escenas pueden adquirir una notable complejidad (ahí están los belenes napolitanos para demostrarlo), y en muchas casas se incorporan diversos personajes secundarios, como los Reyes Magos, los ángeles o los pastores. El 'caganer' o cagón, la divertida figurita de un pastorcillo defecando, proviene de la zona pirenaica catalana-aragonesa, y es uno de los favoritos de los más pequeños.

Según parece, la tradición tiene sus orígenes en 1223, año en el que se llevó a cabo en Europa la primera celebración navideña en la que se trató de representar el Nacimiento del Niño Jesús. Esto sucedió durante la noche de Nochebuena, en una cueva cercana a la ermita de Greccio, en Italia. Y el responsable del Belén no fue otro que San Francisco de Asís, si bien su idea distaba un poco de la de que se lleva a la práctica hoy en día: el santo compuso su Nacimiento únicamente con un buey y una mula verdaderos, sin incorporar figuras humanas.

En España, los Belenes comenzaron a extenderse como tradición navideña a mediados del siglo XVIII, cuando el rey Carlos III de España (Carlos VII de Nápoles y Sicilia), animó a los miembros de la aristocracia a que instalaran un Nacimiento en sus casas.

El árbol de Navidad

El árbol navideño tiene todavía un origen más lejano, que se remonta al paganismo centroeuropeo anterior a la propagación del cristianismo. Las fechas y los detalles exactos varían con cada cultura, pero el principio de todo parece estar, de común acuerdo, en el culto que rendían los celtas al dios del sol y la fertilidad, Frey, en torno al 8 de diciembre de cada año. El ritual se llevaba a cabo en los bosques, en torno a determinados árboles que simbolizaban el Yggdrasil, el árbol del universo.

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Cuando comenzó el proceso de evangelización del Viejo Continente en el I siglo después de Cristo, los misioneros y creyentes arrasaron con estas costumbres de la mitología pagana, si bien, pese a todo, estas dejaron su poso: según reza una leyenda germánica, San Bonifacio cortó con un hacha uno de estos mágicos árboles celtas y plantó un pino en su lugar, que, por su condición perenne, representaba el amor de Dios y el árbol del Edén, que ofrecía al ser humano los Frutos de la Salvación.

Los adornos originales del árbol eran manzanas y velas, metáforas, respectivamente, del pecado original y de la luz de Jesucristo. En el siglo XVII, en la ciudad de Estrasburgo, empezó a fomentarse la costumbre de decorar los abetos, esparciéndose después, progresivamente, por el resto de Europa. Eso sí, las manzanas y las velas fueron sustituidas con el tiempo por las brillantes bolas rojas y las luces eléctricas que colocamos en la actualidad todos nosotros en nuestros árboles.