Carlos Alcaraz ya es un grande entre los grandes
El murciano vence a Djokovic y completa el Grand Slam de carrera con el título en el único que le faltaba. Con siete, es noveno en la lista de la Era Open.


“¡Eres el mejor del mundo!”, gritó un miembro del equipo de Carlos Alcaraz cuando el chico de oro corrió para abrazar a su gente. Acababa de completar el Grand Slam de carrera, con el título en el único que le faltaba, el Open de Australia, y frente al mejor rival de todos los tiempos, Novak Djokovic: 2-6, 6-2, 6-3 y 7-5 en tres horas y dos minutos. Inconmensurable, el murciano acumula siete y es noveno en la lista de la Era Open, igualado con John McEnroe y Mats Wilander, por delante ahora de Boris Becker y de Stefan Edberg. Casi nada.
Ya es un grande entre los grandes, con 22 años y 272 días, el más joven en ganar los cuatro majors, rompiendo un récord de 87 años del estadounidense Don Budge (22 y 363 en 1938), y el noveno que lo consigue en toda la historia. Con una reacción memorable, tras un inicio de encuentro en el que fue claramente superado por Djokovic, Alcaraz materializó lo que ni siquiera el gran Rafa Nadal pudo hacer, vencer al serbio en la final del torneo australiano (perdió ante él las de 2012 y 2019). El balear, único campeón español en Melbourne hasta ahora (por primera vez en su quinta participación, igual que Alcaraz), aplaudió en la grada de la Rod Laver Arena, con el corazón partido ante un encuentro en el que apoyaba a Carlos por paisanaje y afinidad y a Novak por nostalgia y admiración. El 25º trofeo de Slam se le resiste al ganador de 24 y el tiempo pasa. Le han cerrado el paso el propio Alcaraz y Jannik Sinner, que en esta ocasión se cayó de la ecuación. En el bando del vencedor, otro triunfador: Samuel López, el entrenador alicantino que se puso al frente del transatlántico Garfia tras la salida de Juan Carlos Ferrero. También recibió un trofeo y lo levantó orgulloso.
Difícilmente se podía jugar mejor al tenis de lo que hizo Djokovic en el primer set. Sin correr demasiado, el de Belgrado lo restaba todo y la derecha le iba con una profundidad, colocación y potencia de locos. Al otro lado de la red, a Alcaraz le faltaba sensación de bola y cometía muchos errores. Ante tamaño nivel de su rival, se le hacía complicado reaccionar y, de hecho, tras encajar un primer break en el cuarto juego, volvió a ceder su saque en el octavo. “Con la derecha para arriba es imposible, es imposible”, le decía a su banquillo.
Imbuido por esa fe inquebrantable que le mueve, Carlos se olvidó de las quejas, se arremangó (figuradamente, porque vistió una camiseta sin mangas) y empezó a dominar, al tiempo que Novak se echaba una pequeña siesta, sabedor de que, en la segunda manga, que se le puso cuesta arriba al no poder evitar el quiebre en el tercer juego, no podía derrochar energías para intentar remontar.
No obstante, el ritmo impuesto por Alcaraz empezó a hacer mella en Djokovic, cuyos envíos ya no tenían tanta precisión (multiplicó sus fallos). De derecha a derecha, empezó a ganar la pugna el murciano, cada vez más animado al ver que su agilidad y su juventud prevalecían. Así volvió a encontrar la rotura, la consolidó y se puso en situación de ganar el tercer parcial. Los intercambios largos caían de su lado con defensas impresionantes y contraataques letales.
Aunque se había ahorrado el partido de octavos, por la renuncia de Jakub Mensik, y parte del de cuartos, por la retirada de Lorenzo Musetti, el de semifinales contra Sinner, de más de cuatro horas y terminado casi a las dos de la madrugada del viernes, dejó su huella en las piernas del diez veces campeón en Melbourne. Alcaraz era consciente del daño que le hacía y continuó presionándole sin descanso. Solo el carácter indomable del balcánico, el de grandísimo competidor, le mantuvo vivo para salvar seis bolas de break y celebrarlo enardecido. Eso sí, el peaje físico se hizo evidente cuando empezó a hacer estiramientos. Sin embargo, cuando menos se esperaba, el Djoker despertó y tuvo un 30-40 con 4-4 que, de haberlo aprovechado, podría haber cambiado el signo del choque. No lo hizo y rugió Alcaraz, antes de rematar al ídolo y reclamar su lugar en el Olimpo del tenis.
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