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Cerolímites

El blog del deporte Outdoor, los Viajes de Aventuras y el estilo de Vida Activo.

Autor: Eduardo Salete
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El reto de correr K42 Villa la Angostura

El parque nacional Nahuel Huapí, es un paraíso que invita a trailrunners "pro" y populares a disfrutar una de las experiencias de más hermosas y duras de su vida.

El reto de correr K42 Villa la Angostura
Sergio Mayayo Carreras de Montaña

El 35º Mundial Carreras de Montaña WMRA recibió en la villa de Angostura el pasado noviembre. Más de 40 selecciones de todo el mundo se dieron cita, con un gran éxito español, firmando oro y plata mundiales para el equipo masculino y femenino (En la foto de apertura: Sheila Aviles, plata mundial seleccion española, vadeando río en el km 12). Tras las elites mundiales, corrieron también miles de populares, persiguiendo el sueño de completar este mítico trazado. 42 kilómetros con un desnivel de 4.400 m acumulados por el corazón de la Patagonia Argentina. En meta, curiosamente, los comentarios del campeón del mundo y del último popular coincidían: “Qué dura se ha hecho la carrera. Pero qué bien me lo he pasado, es un recorrido precioso”.

Os dejo la crónica de uno de los corredores populares, Sergio Mayayo director de Carreras de Montaña y trail runner, que este año acompañó a los profesionales y disfruto del reto K42.

Ceremonia de apertura 35º Mundial Carreras de Montaña WMRA villa de Angostura.

“Descubrí Villa La Angostura hace tres años. Desde entonces, se ha convertido para mí en destino fijo anual de peregrinación para mis carreras de montaña. Se trata de un pueblo único en el mundo: No solo está todo él contenido dentro de un parque nacional, el “Nahuel Huapi” en homenaje al maravilloso lago glaciar que lo abraza con sus fiordos. Sino que a su vez, la propia Villa acoge en su seno un segundo parque nacional, el más chiquito de toda la Argentina: “Los Arrayanes”. Una estrecha península colgada al borde del Nahuel Huapi, donde se refugia el bosque relicto de arrayanes, un hermoso árbol color canela. Lagos, bosques, ríos, montañas, nieves…todo eso y más encontré allí. Y también, una pasión por los deportes de montaña que tiene en la veterana cita del K42 Villa La Angostura su mayor expresión.

Belleza y armonía del paisaje, unidos al reto de remontar y descender grandes verticales hacen de las carreras de montaña un deporte tan diferente, que engancha. En mi caso, esta K42 es una de esas trazas a la que sueño con volver cada año. Partimos al amanecer desde el centro de Villa la Angostura, animados por miles de personas mientras el pelotón se espacia por la avenida principal. Al cabo de apenas un par de kilómetros, nos adentramos ya en el bosque patagónico, abandonando todo vestigio de la civilización. Aquí los árboles mueren de pie, batidos por el viento para dejar allí mismo sus leños blancos, madera petrificada entrelazada con sus hermanos vivos, verdes y pujantes. Los escasos senderos que lo surcan son estrechos y revirados, un continuo subir y bajar por entre los lagos y fiordos a los altos cerros que los dominan. Así vamos corriendo, amparados por las bóvedas de una catedral vegetal durante los primeros 26 km del trazado de hoy.

Sergio Mayayo en el K42 Villa La Angostura. Arenas volcánicas del Cerro Bayo.

Al fin, el bosque se abre y salimos al aire. Estamos en la base del cerro Bayo, que con sus 1.800 m de altitud coronados de nieve se yergue como el techo de carrera. Nos recibe una pequeña estación de esquí boutique: Una coqueta instalación, creada por un visionario belga entre las nieves patagónicas allá por los años 60 y que mantiene, hasta hoy, un encanto especial, puro “esquí vintage” alejado de las masas tan habituales hoy día. Aquí arranca el tramo clave de la carrera hoy. Estamos a solo 16 km de la meta, sin duda los más duros y bellos del día. Primero pagaremos al Bayo el último tributo que nos exige para alcanzar su cumbre nevada. Dura ascensión por el sendero “Raizal II” que trepa entre las raíces de los grandes árboles, para dejarnos sobre los primeros campos nevados, por donde completamos la escalada hasta la cima.

El momento de coronar es pura euforia. Ante nosotros, vuela majestuoso el cóndor, señor de la Patagonia Argentina. Como él, gozamos ahora de un panorama infinito: Un cordal de montañas nevadas se alza al cielo desde el verde profundo del bosque, que baja hasta desembocar entre los fiordos del lago Nahuel Huapi, formando mil y un brazos de un azul purísimo a nuestros pies. Magia. Me quedaría aquí durante horas…pero los fuertes vientos australes nos recuerdan lo cerca que estamos ya del fin del mundo y nos empujan a perder altura cuanto antes.

El descenso arranca a la vez divertido y peligroso. Una escarpada cresta rocosa nos guía en el primer, donde volvemos a jugar como niños, saltando entre las rocas. Pero no debemos perderles nunca el respeto, ya que una caída aquí sería muy dañina. Los campos nevados nos acogen de vuelta después, para deslizarnos por las pendientes, esquiando sobre nuestras zapatillas hasta el clásico Restaurante Tronador, remanso para varias generaciones de esquiadores. Allá partimos camino con la estación de esquí, antes de lanzarnos a un nuevo descenso vertiginoso, volviendo de nuevo a lo profundo de nuestra verde catedral.

Desembocamos por fin al borde de la Ruta 40, la carretera panorámica más famosa de Argentina, donde nunca faltan ciclistas y motoristas disfrutando este icono mundial para los enamorados de las dos ruedas. A su vera, vamos corriendo hasta la avenida principal de Villa La Angostura, donde nos siguen esperando miles de personas. Siguen animando, incansables, a cada corredor como si no hubiera nada más en el mundo.

La sensación de euforia en este tramo final es desbordante: El cansancio, dolor, la alegría de superar el reto…. todo se funde bajo el arco de meta. Como detalle final, nos espera un típico guiso gaucho, lentejas estofadas con carne, una receta que sin duda cruzó la mar y llegó aquí con aquellos conquistadores. Mientras lo devoro, charlo sonriendo sobre aventura vivida con los demás compañeros. Hoy, yo también, volví a encontrar mi Eldorado.“