Aries Merritt y otros enfermos ilustres

Ángel Cruz
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En as.com y en el Diario AS en papel tenéis la historia de Aries Merritt, el hombre que ha mostrado sus últimos entrenamientos en las redes sociales,
cuatro meses después de sufrir un trasplante de riñón (En la imagen de la izquierda, los dos hermanos, a punto de entrar en el quirófano). Al plusmarquista mundial (12.80 en 2012) y campeón olímpico en Londres le afectaba una rara enfermedad hereditaria que hace presa, especialmente, en personas afroamericanas. El vallista la desarrolló y le fue diagnosticada en 2013, pero su hermana, LaToya, ha resultado inmune, y de hecho es quien ha donado el órgano. Una dramática historia a la que, de todo corazón, deseo un final feliz en los Juegos de Río, a los que aspira Aries. El camino no será fácil, porque tendrá que ganarse la plaza en los temibles Trials de Eugene. Y ante rivales espectacularmente buenos. No olvidemos que Estados Unidos siempre ha sido una potencia mundial en la especialidad.

Aries Merritt y otros enfermos ilustres

El atletismo, y el deporte en general, está jalonado con hazañas conseguidas por personas que sufrieron enfermedades más o menos graves y que, en muchos casos, pudieron sobreponerse a ellas a base de tesón, esfuerzo y voluntad inquebrantable.

Por ejemplo, me viene a la memoria el alemán oriental Hartwig Gauder, al que, desde la grada del entonces denominado Estadio Lenin, vi ganar en los 50 krcha de los Juegos Olímpicos de Moscú, por delante de nuestro Jordi Llopart. Luego consiguió otros éxitos: oro en los Europeos de Stuttgart 1986 y en los Mundiales de Roma 1987, bronce en los Juegos de Seúl 1988…

Hasta que en 1996 sufrió una infección vírica en el corazón. Vivió varios meses con un órgano artificial, pero finalmente se le sometió a un trasplante. Tiempo después compitió en la Maratón de Nueva York y lo hizo en varias ocasiones, bajo estricta vigilancia médica. Nunca tuvo problemas… aunque una vez fue descalificado por correr demasiado rápido, ya que lo hacía bajo la condición de minusválido y podríamos decir que en los afectados por problemas cardíacos hay una especie de control de velocidad. Al menos lo había entonces. Confieso que desconozco si continúa existiendo en la actualidad.

En esta revisión de atletas con problemas físicos, que no pretendo hacer exhaustiva, también recuerdo a la rusa Ludmila Narozhilenko, llamada después Engquist tras casarse con su representante. Compitió en los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 como soviética, en los de Barcelona 1992 con el Equipo Unificado (ante la desintegración de la URSS) y en Atlanta 1996 ya como sueca, nacionalidad que recibió ese mismo año.

Ganó el oro en la ciudad estadounidense y en los Mundiales fue primera en Tokio 1991, plata en Atenas 1997 y bronce en Sevilla 1999, cuando ya había superado un cáncer de mama. Supo imponerse a la enfermedad, a pesar de que no podía medicarse de forma óptima porque hubiera dado positivo. Eso sucede a veces, increíblemente. Una cosa es luchar contra el dopaje y otra llegar a estos extremos.

En todo caso, anteriormente había dado positivo con un anabolizante (en su época soviética) y castigada con cuatro años que finalmente se convirtieron en dos, porque ella alegó que su anterior marido le había proporcionado la sustancia sin su consentimiento.

Por cierto, cuando fue sancionada los organizadores españoles del mitin de Madrid (Unipublic, en aquellos momentos) le solicitaron que devolviese el dinero ganado. Ludmila lo hizo religiosamente.

Si retrocedemos en el tiempo nos encontramos con la Gacela Negra, Wilma Rudolph, la primera afroamericana que fue campeona olímpica de 100, 200 y 4x100 metros. Consiguió la hazaña en Roma 1960, tras una vida llena de penalidades físicas. Fue niña prematura que pesó al nacer menos de dos kilos, tuvo escarlatina, una doble neumonía y una poliomielitis que le paralizó la pierna izquierda. Utilizó primero un aparato ortopédico y luego una bota especial. Los médicos le aconsejaron que hiciera deporte… y se convirtió en la mujer más rápida del mundo. Otro ejemplo de superación.

Como lo es el del discóbolo estadounidense Alfred Oerter, el único atleta del mundo junto a Carl Lewis que ha sido campeón olímpico cuatro veces seguidas: De Melbourne 1956 a México 1968. En la edición de Tokio 1964 se le agudizó una lesión cervical crónica y los médicos le dijeron que no compitiera. Pero no habían contado con la tenacidad del americano.

Los dolores eran terribles, no podía entrenarse y para aliviar el sufrimiento se introducía en una caja con hielo. En la calificación lanzó con un collarín ortopédico… y batió el récord olímpico. En la final iba perdiendo, pero no se rindió. Se despojó del collarín, lo arrojó al suelo, lanzó doblado de dolor… y se llevó la medalla de oro. Sus rivales no se lo creían.

Unas pocas historias entre las decenas que se pueden relatar: Gail Devers, Ana Fidelia Quirot, Elisabeth Robinson… pero que no agoto en este post, porque nos espera un apasionante año olímpico en el que irán aflorando. Estas historias y muchas otras, y más pormenorizadas.

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Me quedo con el ejemplo actual de Aries Merritt.

En este enlace tenéis más cosas de su historia: http://masdeporte.as.com/masdeporte/2016/01/03/atletismo/1451854239_086942.html