Boston, Atlanta, Múnich: el horror
Atentados con muertos en los Juegos Olímpicos de Múnich 1972 y de Atlanta 1996 y en la maratón de Boston, hace hoy un año. El horror. El sinsentido. Mentes enfermas al servicio de no sé qué ideales que descargan su odio y su peligrosa estupidez en gente inocente. Tres atentados feroces, diferentes entre sí, pero con algo tristemente en común: perpetrados en acontecimientos deportivos, en una actividad que debe caracterizarse, y que se caracteriza en la inmensidad de los casos, por el pacifismo y la confraternización entre gentes de diversas nacionalidades, culturas, religiones… Estos fueron dos de los antecedentes de Boston.
Atlanta
El 27 de julio, de madrugada, una bomba hizo explosión en el Parque Centenario de Atlanta, ocasionando la muerte directa de una persona e indirecta de un periodista de la televisión turca, que corrió hacia el aledaño Centro de Prensa para recoger su cámara y murió de un infarto. Además, hubo 111 heridos.
En un principio no se consiguió detener al asesino y sólo se le pudo capturar el 23 de mayo de 2003, en Murphy (Carolina del Norte). Se trataba de Eric Robert Rudolph, veterano del Ejército estadounidense y de ideología ultraderechista, cristiana y antisemita. En 1998 atentó contra una clínica abortiva de Birmingham (Alabama), donde murió un policía y también protagonizó ataques contra clubes nocturnos frecuentados por homosexuales y contra diversos edificios de oficinas, con el saldo de 150 heridos.
Cuando se le detuvo, estaba refugiado en un bosque y habitantes de pueblos cercanos le protegían y le suministraban alimentos. Se declaró culpable y así eludió la pena de muerte, a cambio de tres cadenas perpetuas. Está confinado en la cárcel de máxima seguridad ADX Florence.
Múnich
Todo empezó en la capital de Baviera. Las medidas de seguridad no eran excesivamente grandes. Nadie, por aquel entonces, pensaba que podría suceder algo así en unos Juegos Olímpicos. Pero sucedió. Un comando palestino de Septiembre Negro penetró en la Villa Olímpica por la noche y sin problema alguno saltaron la valla de dos metros de altura, que no estaba custodiada. Irónicamente fue ayudado por un grupo de deportistas estadounidenses: pensaron que eran atletas que llegaban tarde a la Villa.
Los fedayines palestinos, procedentes de los campos de refugiados de Siria, Jordania y Líbano, asaltaron el lugar donde dormían los deportistas israelíes. Mataron a dos, que les hicieron frente, y secuestraron a nueve. Los terroristas pedían la liberación de 234 palestinos encarcelados en prisiones israelíes. El estado hebreo se negó al canje y ofreció un grupo de fuerzas especiales para liberar a los secuestrados. Alemania rechazó la propuesta y elaboró una trampa para engañar a los palestinos.
Les hicieron creer que Egipto había aceptado recibirles a ellos y a los rehenes, cosa que era falsa, y unos y otros fueron conducidos al aeropuerto de Fürstenfeldbruck, en el que operaba la OTAN. Se inició un caótico tiroteo (los francotiradores alemanes no estaban cualificados, como se supo después) y todo acabó en una masacre.
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En el atentado de Múnich murieron en total seis entrenadores y cinco deportistas israelíes, cinco terroristas palestinos y un policía alemán. Diecisiete muertos en total. Sobrevivieron tres asaltantes, que fueron liberados un mes después tras ser secuestrado un avión de Lufthansa, las líneas aéreas alemanas.
Israel desarrolló dos operaciones conocidas como Primavera de la Juventud y Cólera de Dios, destinadas a cazar a los responsables intelectuales del atentado. Steven Spielberg retrató admirablemente estas operaciones en su película Múnich, basada en el estremecedor libro de George Jonas titulado Venganza.
Tres tristes historias para el deporte. El lunes, un nuevo maratón de Boston. El mejor homenaje a las víctimas es competir masivamente en la carrera más antigua del mundo, tras los Juegos Olímpicos.
