El coronel Salva Ballesta ya amenaza a Schuster

Alfredo Matilla
Actualizado a

En ocasiones, cuando el mundo se tambalea con mil injusticias y decenas de guerras, o cuando puede enderezarse y se necesita el compromiso de los pueblos, se echa en falta que personalidades tan influyentes como son los deportistas en general, y los futbolistas en particular, se mojen, denuncien, se manifiesten y apoyen las causas que lo merecen. A fin de cuentas, también son ciudadanos. Sin embargo, desde hace demasiado tiempo nos hemos acostumbrado a que estas estrellas vivan en su burbuja y no sepamos ni qué piensan. Hay pocas ejemplos que rompan la regla. Nadie les pregunta y ya nadie espera sus respuestas. A veces me cuestiono qué temen al exteriorizar unas creencias que, por el contrario, sí comparten los actores, los literatos, los músicos y otros referentes de élite. La conclusión que toma más fuerza apunta al miedo a que sus opiniones disuadan al aficionado, a su temor a pasar a la posteridad como hombres con ideas y no como ídolos con títulos y, sobre todo, a la angustia a que la fama tape una amplia trayectoria.

El coronel Salva Ballesta ya amenaza a Schuster

Cristiano Lucarelli es una excepción. Por eso es uno de los principales protagonistas del libro ‘Futbolistas de Izquierdas’ en el cual Quique Peinado recopila magistralmente las historias más curiosas e impactantes de aquellos jugadores que se identificaron con una ideología determinada. Pesara a quien pesara. El exdelantero italiano jugó 18 años en la Serie A, fue internacional absoluto, jugó incluso en nuestra Liga (el Valencia) y hasta se dejó ver por Ucrania (Shakhtar Donetsk). Marcó más de 100 goles. Era bueno. Muy bueno. Pero sobre todo será recordado por querer jugar con el equipo de su ciudad natal, Livorno, al que ascendió a la máxima categoría 55 años después y con el que jugó en Europa por primera vez. Lo hizo rechazando grandes ofertas y salarios por el hecho de identificarse con una hinchada en la que el comunismo era su forma de vida. Llegó a rebajarse el sueldo para poder adecuarse al escaso poderío presupuestario. Se sentía feliz rodeado de los suyos, con los vecinos de siempre, a los que ayudaba incluso económicamente. Las celebraciones de sus goles lo decían todo: con el puño en alto y, cuando podía, mostrando la efigie del Che. Así festejó hasta con la Sub-21. Hoy, tras colgar las botas en el Nápoles hace dos años, promete como entrenador. “Mi sueño es dirigir al Livorno”, ha dicho. Cómo no. El problema será quién más podría apostar por este camarada en lo más alto. Dónde encajarían sus formas. Y qué afición acogerá a un tipo con tanta personalidad. De momento ejerce en el humilde Esperia Viareggio tras un breve paso por el Peruggia y el filial del Parma, dos de sus exequipos. Una dificultad que, en el bando ideológicamente opuesto, ya está sufriendo Paolo Di Canio (ahora en paro), aquel ariete del Lazio que celebraba como un nazi sus goles y que en los banquillos ha sido ya mirado con lupa por sus creencias.

El coronel Salva Ballesta ya amenaza a Schuster

En España buscaba estos días un ejemplo cercano y similar con el objetivo de entender mejor qué pasa cuando un profesional se posiciona. Cómo le han ido las cosas después de pronunciarse y a qué se dedica ahora, si es que le dejan ejercer. La llegada del Málaga-Real Madrid del sábado me lo ha puesto en bandeja. Podría decirse que en nuestro país, un caso tan llamativo como el de Lucarelli (por su implicación politica, más allá de si fue acertada o no) es el de Salva Ballesta. Él podría relatar el capítulo central de un futurible ‘Futbolistas de derechas’. Un delantero que estuvo 15 años en la cúspide y que, sin embargo, para poder leer en la Wikipedia u otras fuentes digitales que fue pichichi de la Liga con el Racing y de Segunda con el Atleti, campeón de Liga con el Valencia o internacional absoluto, hay que mirar bien abajo en la pantalla porque todas las referencias anteriores sobre él hablan de política: “Le consideran un facha”, “tuvo problemas por sus pensamientos nacionalistas”, “no fue de ayudante al Celta con Abel por su ideología” o “ama a las Fuerzas Armadas”.

El coronel Salva Ballesta ya amenaza a Schuster

Salva, como Lucarelli con la izquierda, fue un símbolo para la derecha. Nunca le importó. Aunque luego ha intentado corregirse y se define apolítico. Saludaba como un militar cuando marcaba goles por su pasado familiar. Serigrafiaba ‘Arriba España’ en sus botas. Dijo que le gustaría conocer a Tejero (23-F) y que admira a García Morato (militar). Aseguró que sus prioridades, por orden, son “Dios, la familia, la Patria, el Ejército y el fútbol”. No olviden que para referirse a Oleguer le regaló esta frase: “Le tengo más respeto a una caca de perro”. Y tras el 11-M fue tajante: “Dadles 72 horas a los que hay que dárselas y esto se arreglará rápido. Dejémonos ya de pancartitas…”.

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Su descaro lo pagó. La pasada temporada, el Celta despidió a su entrenador y fichó a Abel Resino. Lo recordarán. Su segundo era Salva Ballesta, compañero suyo en las filas del Atlético de Madrid. Ambos hicieron las maletas para desembarcar en Balaídos pero horas antes de comenzar el ilusionante viaje, el exportero desapareció. Dejó de ponerse al teléfono. El presidente del Celta había recogido la negativa opinión de la afición sobre el hecho de que Salva defendiera al Celta con esa mentalidad, y tuvo que pedirle a Abel que se buscara a otro ayudante. El técnico no dudó. Dejó plantado a su colega.

Hoy, cosas del fútbol, Abel está en el paro y es comentarista en Teledeporte. Salva, como Lucarelli, va para importante entrenador. En su casa ya le han dado cobijo. Dirige al filial del Málaga, el Atlético Malagueño, que milita en el grupo 9 de Tercera. Está en una posición inmejorable para acometer el ascenso. Es segundo a un punto del líder tras haber estado varias jornadas en lo más alto de la tabla. Y lo más curioso, estas últimas semanas, con el primer equipo en plena crisis y con Schuster en el alambre (a tres puntos del descenso), hay quien se atrevió a mirar hacia abajo, a este entrenador que se fija en Jémez y Simeone, como una posible solución. Incluso el ‘Frente Bokerón’ ya ha coreado su nombre esta temporada y el gabinete de prensa del club blanquiazul lo tiene más protegido de los medios que de costumbre hasta que escampe para que no se deje querer antes de tiempo. Salva, como Lucarelli, llegó a bajarse el sueldo en su etapa de jugador con tal de militar en el Málaga (hasta en tres etapas) y este fin de semana vivirá el partido ante el Madrid con la prudencia que le han dado los años pero con la certeza de que su máxima ilusión podría estar cerca: “Mi sueño es entrenar al Málaga” dijo en AS hace meses. En parte, quizás, porque es su familia. En parte, quizás, porque otro club igual no se atrevería jamás a contratarlo. Es lo que tiene priorizar ser un ciudadano más antes que un simple profesional.