La Fábrica vuelve a echar humo gracias a Toril y así se lo pagan

La noticia se coló en plena jornada de repescas mundialistas. "Toril, destituido en el Castilla". Así de caliente todo, así de mediático y populista. Como si el Castilla fuera un club y no un filial. Como si su objetivo fuera batir y superar a Hércules, Sabadell y Alavés en vez de formar jugadores para el primer equipo. La gota que colmó el vaso fue la goleada encajada en Eibar, la más amplia del conjunto madridista en Segunda junto a otra ante el Castellón en el año 89. La imagen en Ipurúa fue espantosa, es cierto. El Castilla es colista con 7 puntos de 42 posibles, también es cierto. Pero hay que preguntarse cuáles son las responsabilidades de Toril en todo esto, qué parte de culpa de este mal arranque ha sido suya, dónde queda el respeto hacia la figura de un técnico que ha dado mucho más al Castilla de lo que le ha quitado. Y sin un sólo gesto egoísta hacia sí mismo, más bien al contrario. Sin nada que reprocharle.

Toril llegó al filial madridista cuando navegaba a la deriva en Segunda B. Su misión era rescatar un equipo de jóvenes talentos que año tras año parecían acomodados y sin motivación, casi más preocupados por la última gama de Mercedes que por seguir progresando en el campo. La brillante historia del Castilla estaba muy lejos de lo que entonces era el Castilla. No había réditos deportivos ni mucho menos canteranos de los que echar mano. Casillas y Guti eran los últimos en salir de La Fábrica, que desde hacía tiempo había dejado de echar humo. El Castilla y la cantera madridista eran el hazmerreír de España.
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Enseguida le dio una personalidad al equipo, un estilo. Pobló el vestuario de los más jóvenes valores del club: Álex Fernández, Nacho, Sarabia, Carvajal, Cheryshev, Morata... No le importó su edad, muchísimo más joven de la media habitual de los últimos años, sino su talento. Puso a quien consideró que podía llegar al primer equipo. Y no se equivocó. El Castilla volvió a Segunda y Toril se ganó el reconocimiento del madridismo. Algunos de esos jugadores se fueron cedidos a equipos punteros de Europa o de Primera División en España. Toril se quedó. Lo hizo para volver a demostrar su concepto de filial al apostar por gente nueva como Jesé, que con 20 años recién cumplidos alcanzó el récord de Butragueño como máximo goleador del Castilla en una temporada en Segunda. También para soportar la tensión de Mourinho con los medios, aquella vez en la que el técnico portugués le situó de manera vil en el disparadero por la posición de Nacho o los minutos de José Rodríguez. Como si le importara.
El trabajo no debió ser tan malo, pues, pasados sólo dos años desde que se hiciera cargo de ellos en Segunda B, Carvajal, Nacho, Jesé y Morata tienen dorsal en la primera plantilla del Madrid, lo nunca visto en los últimos tiempos. Para seguir manteniendo abierto este grifo hacía falta escuchar a Toril, no imponerle cosas. Pero no. Ramón Martínez, subdirector de fútbol del club, tejió y manejó hasta configurar una plantilla irrisoria. Forzó a gente como Álex Fernández a salir del club cuando debía estarle agradecido por los servicios prestados. Se dejó influenciar por agentes que ofrecían futbolistas de todo el mundo -Rozzi es el mejor ejemplo- en vez de por Toril, que tenía pensados otro tipo de refuerzos. Llegaron fichajes pasados de vuelta como Cabrera, Kiko Femenía, Romero o Pulido. Se perdió la esencia de un filial, pese al esfuerzo del técnico por contar con jugadores de futuro tipo Derik, Diego Llorente, De Tomás, Benavente o Narváez. Nada es casualidad, desde luego. Tampoco el adiós de Toril. Ahí queda para siempre su legado. Eso es más que ganar en Eibar.