La llama viajó por primera vez entre Olimpia y Berlín

Ángel Cruz
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Bonita iniciativa la de llevar el fuego olímpico de los Juegos de Invierno a la Estación Orbital, portado por tres astronautas: un ruso, un estadounidense y un japonés. Internacionalización de los Juegos de Sochi 2014. Por cierto, Sochi es una ciudad cercana al Mar Negro y próxima a las montañas del Cáucaso, en la que en tiempos se concentraban atletas soviéticos de élite, entre ellos Valeriy Borzov. Y allí estuvo también Josep Carbonell, uno de los mejores sprinters españoles de todos los tiempos, con el que tuve el honor de coincidir en la Selección española júnior.

Pero, ¿dónde nace la tradición del fuego olímpico? El 21 de julio de 1936, a mediodía, doce jóvenes griegas lo encendieron en Olimpica, sede de los Juegos más prestigiosos de la antigüedad en la Hélade. Se encendieron sobre un crisol (fabricado por la empresa alemana Carl Zeiss AG) en el que convergían los rayos del sol. El griego Constantin Kondillis inició el largo recorrido hasta Berlín, la ciudad que iba a organizar los undécimos Juegos de la Era Moderna.

La llama pasó por Atenas, Sofía, Belgrado, Budapest, Viena y Praga, hasta adentrarse en la Alemania del Tercer Reich., con Dresde como primera ciudad principal.  

La idea fue concebida por el alemán Carl Diem, secretario general del Comité Organizador, que explicaba que se trataba de "una contribución de carácter simbólico, recordando al vencedor de la carrera del estadio en los antiguos Juegos de Olimpia, que tenía el privilegio de llevar el fuego sagrado para alumbrar el altar de Zeus".

La forma de encender el fuego se inspiró en unos párrafos de Vidas Paralelas, de Plutarco, que desempolvó un miembro del Comité Olímpico Griego: "Numa fundó la institución de seis vestales guardianas del fuego sagrado. Si este se extinguía, se alumbraba de nuevo, no por el contacto con otra llama, sino por medio de los inmaculados rayos del sol".

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El encargado de encender el pebetero fue Fritz Schilgen, último de los 3.422 relevistas, a través de 3.422 kilómetros. La antorcha era de magnesio, cubierta de acero.

Las historias de la llama olímpica siempre me han fascinado. El fuego sagrado ha bajado a los océanos (Sydney 2000), ha sido encendido por primera vez por una mujer en México 1968, se ha apagado y vuelto a prender por la antorcha de reserva, ha sido transmitido vía satélite, ha estallado a su pasó por España camino de México... De todo ha habido.