Con Del Bosque y Mr. Pentland no pasaba esto

Alfredo Matilla
Actualizado a

A pesar de ser campeón de todo, algunos siguen recordando con retintín a Del Bosque que es un hombre bueno y que, a veces, en vez de sangre se sospecha que tiene horchata. Ser como él parece desfasado y se destaca como un valor peyorativo. La vida al revés. Para sus críticos, no enemistarse con nadie, guardar las formas, respetar las reglas y evitar la sobreactuación no engancha. No vende que jamás fuera expulsado y que sólo viera cuatro amarillas al frente de los galácticos. Mola más el vehemente, violar la zona técnica por sistema, mover los brazos tan rápido como Emery, tirar botellas y balones como repetía Mourinho o romper banquillos como he visto hacer al mismísimo Guardiola. Como si eso fuera garantía de victoria. Fernando Vázquez, rey de las expulsiones (siete) en Primera en los últimos quince años, cae mejor. Y hasta Aguirre, el más sancionado de los que ejercen en la élite (seis), tiene más calado.

Ahora, con el parón, uno vuelve a tener al seleccionador en mente. Y no sólo porque lleguen los compromisos internacionales. Me da que al colectivo arbitral, centro de tantos reproches, le iría mejor con gente como él. De aquí que esta semana en vez de traer aquí una historia aporte una reflexión. Nuestra Liga no da ejemplo. Y cree que sí.

Con Del Bosque y Mr. Pentland no pasaba esto


Ha llegado un punto en el que los colegiados están cometiendo atropellos que, después de mucho criticar, conviene reparar. Si no, se perpetuarán. Y la culpa no sólo es suya. Cada vez reciben menos ayuda. La imagen exportada da mucho que pensar. Quizás, para subsanarla, habría que empezar por unificar criterios y priorizar en esta tensa relación entre colegiados y entrenadores: primero acercar posturas para evitar tantas expulsiones y, mientras llegan los resultados, optimizar la gama de alternativas para vigilar los banquillos y dictar los castigos. Como en todo, la educación es lo primero.

Ver a los árbitros con un ojo en el partido y otro en la banda es contraproducente para el propio desarrollo del juego. Creo. Y veo. Tener a un carcelero entre los dos entrenadores de turno es desolador. Sólo falta un látigo. Que un asistente esté pendiente más de lo externo que de la línea es descorazonador. Bastante tienen ya. Lo de tener que pintar una zona delimitada en el césped para que no sea sobrepasada es tan ridículo como infantil. Ver a un expulsado metido en una jaula de cristal, intentando infringir las normas con lo último en tecnología para comunicarse con el banquillo, es un calco de lo que es ahora este país: una escuela de pillería. ¿Hasta dónde llegará este circo?

Con Del Bosque y Mr. Pentland no pasaba esto

Si los técnicos tienen que cambiar; los colegiados deben recular. Arbitran influenciados por los informes boca a boca en su gremio. Esos que señalan si los técnicos pían, discuten, ayudan o se enredan. Y cada vez hay menos cintura. Escribá ante el Madrid o Marcelino en el Villamarín fueron sancionados por repetir, sin menospreciar, lo que todos habíamos visto: "el árbitro se ha equivocado". No dijeron más y los echaron como a delincuentes. Con ira y sin comprensión. ¡Les habían perjudicado! Lo del curso pasado, con la orden de no pasar la más mínima, sirvió para asistir a una lluvia de expulsiones. Siete en las primeras nueves jornadas. Ya se nos estaba yendo de las manos.

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El presidente del Comité Técnico de Árbitros, Sánchez Arminio, ya intentó este año acercarse a los entrenadores, pero poco se ha avanzado. Mientras se potencia esa comunicación entre bandos, habrá que buscar soluciones para ir parcheando. Las que hay no han funcionado. Anímense y sugieran.


Yo, por ejemplo, libraría a los árbitros del combate con los entrenadores. Que deleguen. Con 22 jugadores a los que domar, ya están saturados de trabajo. Le daría al cuarto árbitro la responsabilidad para decidir en tierra hostil. Así, los banquillos se tomarían a este hombre como a una autoridad y no como a un chivato que sólo está para dirigir el tráfico de los cambios. Además, para concienciar y bajar los humos a alguno, insertaría los banquillos en la grada como ya se hace en muchas ligas extranjeras. Los que dan tanta guerra en España se menean mucho menos cuando salen fuera. Por contagio y vergüenza. A los entrenadores, como medida de disuasión, no les dejaría ni estar en la grada si en la jornada anterior fueron expulsados. Como se hace con quien tira un bote desde la tribuna o se cuela sin entrada. Si la obsesión es que no puedan relacionarse con su equipo, desde el hotel se podrían ir a casa. Así, lejos del ambiente que les gusta entenderán mejor que conviene respetar. Estar en un palco VIP como centro de todas las miradas no conciencia. Más bien carga de razones. Y lo de las multas económicas ya no vale. Sería mejor hasta hacerles un carné por puntos.

Ahora, como complemento a éstas u otras medidas (propongan, propongan), lo mejor sería que tanto los entrenadores como los colegiados se explicaran. Aquí los árbitross son mudos y muchos técnicos, víctimas de los gabinetes de prensa, hablan sólo cuando les interesa. Conocerles les humanizaría y dar la cara con frecuencia les obligaría a autocontrolarse para presumir y no tener que avergonzarse al rendir cuentas. Yo prefiero a los clásicos. Nunca pasan de moda. Siempre crean escuela. Lo pensé viendo a Del Bosque responder a un bombardeo de preguntas en Tiki-Taka. Con naturalidad y relajado. Como antes hacían los colegiados a diario. Y lo confirmé leyendo a uno de los primeros entrenadores, Míster Pentland. El inglés primero daba muestras de señorío en el banquillo del Racing y al día siguiente se explayaba con una columna en ‘El Pueblo Cántabro’. Comportarse es necesario. Y desahogarse, humano. Por este orden. Y con respeto. Aunque te tachen de hombre bueno.