Djukic ya lo hizo con Benítez
Ultimátum es la acepción más diplomática de amenaza. Siempre suena mejor pero nunca gusta. Digamos que es una resolución terminante y definitiva de una relación cuyos efectos, unas veces positivos y otros trágicos, jamás son indiferentes. Nunca devuelven la armonía originaria. En pareja, en el más pesimista de los casos, ultimátum significa “ve haciendo las maletas”. En el trabajo, “otro fallo, un finiquito”. En fútbol, “no aguanto más pitadas”. El Valencia es un veterano en este estilo de vida. Hace demasiado que no vive rodeado de calma. Djukic, con un manojo de jornadas disputadas, ya ha sentido el aliento en el cogote que antes sufrieron muchos de sus predecesores. Ganó al Sevilla y se salvó de una hoguera preparada. Pero más vale que repita en Granada y conjugue el verbo vencer con más asiduidad.
La mayoría de estos casos angustiosos acaban mal. No nos engañemos. El ejemplo de esta temporada se llama Mendilíbar. Cuando la duda aparece, despido lleva. No debe ser fácil vivir con esa presión que no hace más que confirmar que la confianza depositada por un presidente, millonada aparte, depende de un mísero resultado, de una bronca en la dirección que le incomoda o de la rebelión de la parte de ese vestuario que calienta banquillo. Pellegrino ya duró un suspiro en Mestalla la temporada pasada nada más arrancar el curso. Sin embargo, Djukic aún está a tiempo de modificar esas sospechas. Tiene ejemplos a los que aferrarse para reforzar otra teoría. Esa que indica que el ultimátum es el punto de inflexión que entierra los defectos pasados e inicia una nueva, opuesta y maravillosa vida. Otra época donde nadie recuerda las tensiones. Lo que en pareja supone la vuelta a las flores y arrumacos. Lo que en el trabajo equivale a echar horas extra. Y lo que en fútbol equivale a subir como la espuma y formar parte de la ola.

Eso sí, no se extrañen si tras las resurrecciones esporádicas que de vez en cuando nos asaltan todos los protagonistas reniegan de su papel cuando firmaron ese ultimátum. Los que amenazaron jamás se reconocen. Como avergonzados de sus precoces dudas. Y los amenazados, o exageran o maquillan. Para aportar más heroicidad a su respuesta o para no reconocer que su fracaso estuvo bien cerca. Casos sobran.
Algunos han pasado delante de mis narices. En el minuto 90 de un Racing-Sporting, Manolo Preciado estaba prácticamente destituido tras una racha desoladora. Ni el gol del empate de Diego Castro en el descuento parecía salvarle. Hubo hasta un cronista que comenzó a redactar ese 9 de enero de 2011, con palabras textuales de algún directivo, los motivos de la inminente decisión. “¡Dejó a Rivera en el banquillo!” Una hora después, Vega-Arango le salvó y el Sporting acabó décimo. Casi nada. En ese mismo estadio, centro de tantos casos paranormales, Pepe Mel también estaba en el paro hace dos temporadas. Perder ante Osasuna (2-1) con cinco defensas, en Santander (1-0) y ante la Real (2-3) era doloroso. El club se lo quiso cargar entre estos disgustos pero como cobraba más de un millón de euros, los administradores concursales no aprobaron la operación. Siguió y ante el Valencia, tras ir 0-1 en casa, Rubén Castro dio la vuelta al marcador en el alargue y arrancó una nueva era gloriosa. La actual.

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Otros casos, más lejanos, difícilmente se olvidan. Y si uno no los recuerda con detalles, para eso están Moisés Llorens o Iván Molero, los periodistas catalanes con más hambre y vocación. Fue en el Espanyol, con Lotina como protagonista. Temporada 2005-06. Tras haber metido al equipo en la UEFA una campaña antes, el equipo empezó muy mal. Si perdía en Pamplona (Osasuna era líder) iba a la calle. En la previa, el de Meñaka sorprendió: “El Espanyol se salvará con la gorra. Este año vamos a celebrar algo y estoy más contento que la leche”. Nadie entendía nada. Perdió y, aun así, siguió. Pero ya antes de viajar a Moscú los jugadores se reunieron con el técnico en el centro campo de Montjuïc y, con Pochettino como portavoz, le pidieron que se fuera. TV3 captó la conversación. Alguna radio hasta avanzó el despido. No sucedió nada. El Espanyol ganó 0-1 al Lokomotiv con gol de Tamudo, resistió en Liga (gol de Corominas salvador en el último partido) y alzó la Copa ante el Zaragoza (4-1). Del despido a la celebración.
Djukic ha presenciado todos estos casos. Pero sobre todo no olvidará uno más cercano que le pilló de lleno y de corto. El más radical de cuantos conozco. También en Valencia, por lo que es conveniente refrescárselo al palco que teme ahora las embestidas de la grada. Rafa Benítez, triunfal entrenador del Nápoles, se hizo cargo del Valencia en la 2001-2002. El 15 de diciembre, en el descanso del Espanyol-Valencia, corría como la pólvora por el palco de Montjuïc su fulminante destitución. Los locales ganaban 2-0 ante un equipo roto que marchaba en octavo puesto. La decisión era irrevocable. Parte de la directiva allí presente, entre la que no hubo unanimidad desde el principio para el fichaje de este entrenador, se jactaba de su poder. El run-rún llegó hasta el vestuario. Sin embargo, hubo un repentino cambio de planes. Rufete (dos goles) e Illie dieron la vuelta al marcador y el presidente tuvo que guardar los papeles del divorcio. Benítez sobrevivió. Y no de una forma cualquiera. Ganó nada más y nada menos que la Liga. Lo que llevado a la pareja sería como tener un hijo. Lo que en el trabajo equivale a poder despedir a un jefe.
Djukic estuvo imperial en ese final de campeonato. No lo descarten aún en éste.
