Heynckes no se olvida
Nada más conocerse los emparejamientos en las semifinales de Champions, Jupp Heynckes sorprendió con unas declaraciones molesto por las morbosas preguntas de si iba a llamar a Guardiola, su sucesor en Múnich, para interrogarle con el objetivo de conocer mejor al Barça. “Respétenme. No necesito a nadie. En todo caso llamaría a Cruyff, que es el inventor de esto. Además, ya le he ganado”, vino a decir. A ojos de casi todos, pareció que el técnico, caballero y cortés como pocos, estaba dando un palo a Pep mientras tiraba de currículum. Como si estuviera celoso de su llegada y/o enfadado porque los periodistas pensaran que necesitaba ayuda externa ignorando su experiencia. Sin embargo, puede que su mensaje no fuera en esa línea. Heynckes y Guardiola son amigos. Jupp accedió hace poco a enseñarle personalmente las instalaciones donde trabajará. Y, es más, si Pep se hará cargo del conjunto bávaro será porque él renunció antes a una oferta de renovación y hasta le recomendó. Puede que el recado de Heynckes mentando a Johan vaya más allá e indique la perversa manía de la mente de idolatrar a su antojo y de anteponer la imagen más reciente del presente sobre una imborrable del pasado. Sus palabras sonaron a reivindicación.

Y tiene su sentido. Ante esta reincidente obsesión del Madrid por lograr la Champions tras otra época de sequía que dura ya una década, he intentado comparar este ambiente de euforia y nerviosismo con alguno parecido. El objetivo, por curiosidad, era comprender si el fin siempre justificó los medios y, sobre todo, qué papel jugaron los técnicos en cada época. No por evaluar a Mou, tranquilos. Siga o no, gane o pierda, su nota es elevadísima. La idea es ver cómo respondemos los aficionados. Así, como si de una encuesta casera se tratara, he empleado algún tiempo en preguntar entre una muestra cercana, de edades variadas y gustos variopintos, qué recuerdan de aquella séptima Copa de Europa lograda en Amsterdam ante la Juve después de 32 años en blanco. La Champions era y es el tema recurrente. Y sorprenden los resultados. Sin condicionar en las preguntas, hay patrones que se repiten. Nadie olvida la fecha: 20 de mayo de 1998. Los mayores elogian a Lorenzo Sanz. La mayoría reconstruyen el gol de Mijatovic y hasta su celebración. Los culés refrescan las quejas de un posible fuera de juego. Y los más fanáticos mencionan la fiesta en Cibeles. Pero pocos, muy pocos, como pasa en las anteriores seis copas, repiten quién fue el entrenador que devolvió una gloria al club de la que no gozaba desde 1966. El culpable, recuerden los olvidadizos, fue Heynckes. ¿Por qué tan pocos se acuerdan y tantos lo obvian? ¿No debía ser un héroe para los restos? ¿Alguien pretendió realizar una manifestación para que cumpliera el año de contrato que le quedaba? Es raro cómo nos comportamos. Aquella experiencia de Heynckes tiene muchos puntos en común con la actual. Y, sin embargo, en su día pereció que Jupp no hizo nada y que Del Bosque más tarde, y Mou hoy, lo hicieron todo. No es opinión. Tiren de hemeroteca.

Habrá quien reproche que el mal del alemán fue su penosa Liga. Cierto, quedó cuarto a 11 puntos del Barça. A menos distancia que hay ahora. La misma que la del año siguiente con Hiddink. E hizo mejor papel que el primer año de don Vicente, que fue quinto. El Madrid que heredó venía de ganar la Liga con Capello y se descolgó demasiado pronto en el campeonato doméstico por buscar con ahínco la ‘Orejona’. Sólo importaba eso. Como sucede en estos momentos. Pero también ganó la Supercopa de España al eterno rival. Qué casualidad. Este curso pasó lo mismo. Además, el míster no se llevaba con gran parte de la prensa y mandó al banquillo en más ocasiones de las esperadas al icono, Raúl (fue el segundo jugador más sustituido tras Mijatovic). Para colmo, el Bernabéu no sólo no se metió con él jamás, sino que fue coreado tras ganar al Borussia (¡otra vez!) en semifinales y manteado tras la final. Entonces, como en parte ocurre en nuestros días, un sector de la directiva entendía que se había ganado su continuidad y otro le censuraba y hasta le ponía motes. El Salmonete le llamaban. La plantilla también estaba dividida. Se hablaba de autogestión. Por no crear problemas, dejó que Suker y Mijatovic abandonaran la concentración en Mallorca para ir a Puerto Portals a elegir el barco que se iban a comprar, mientras que a Hierro y Redondo les acudir ir al homenaje a Baresi justo antes de un Clásico crucial. Por el contrario, Panucci y Seedorf fueron sancionados. Uno por escaquearse de un viaje y el otro por contestón. Así, Redondo se refirió a él como “un caballero que pecó de bueno” al irse. Y, por el contrario, Cañizares fue algo más crudo: “No me importa lo que pase con él”. Sanz le aguantó por conveniencia hasta la final a pesar de que días antes le confesó no poder más. Pero tras hacer al equipo campeón lo echó.

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De su triste despedida, por la puerta de atrás, me quedo con tres actitudes. Una: la sinceridad del alemán: “Ganar la Champions es un hecho inolvidable. Cualquier entrenador que venga aquí lo va a tener muy difícil. Aquí tienen prisa, no hay paciencia y demasiada gente habla. Es un club muy complicado por dentro. Cada uno habla en secreto con los periodistas y eso es muy difícil para un entrenador. Si algo no perdonan los directivos es estar detrás del Barça. Hoy, en nuestra sociedad, no se puede llevar un equipo como un dictador porque los jugadores aguantan, pero al final se rebelan”. Pocas cosas parecen haber cambiado 15 años después. La segunda actitud: el Madrid se aceleró a justificar su salida y a empañar su éxito. De ahí que igual por eso no está en los altares: “Heynckes menospreció a la plantilla diciendo que no había equipo para ganar Liga y Champions”, aseguró el presidente. Y tres: La prensa, por su parte, sentía que ese hombre mereció algo más. El editorial de AS decía así tras su marcha: “…Heynckes ha acabado por ser algo así como un huésped molesto en este Madrid campeón de Europa. Un jefecillo blandurrón y consentidor al que no atribuimos ningún mérito en el logro histórico. Y sin embargo, no estamos seguros de que seamos justo con él. Quizás haya sido más sabio de lo que pensamos… Quizás haya sido el hombre de la Séptima. Nunca lo sabremos. En todo caso, adiós con el corazón”.
El año pasado Heynckes ya dejó al Madrid en la cuneta. Y ahora vuelve a escena tras perder una final. Si cae en semis resucitará la teoría peregrina de que no valía para esto. Pero ojo si allana el camino de su exequipo y elimina al Barça o, peor aún, si llega a la final y trunca la ilusión blanca. Casualmente, y como colofón a su carrera, puede que se le recuerde más por esta Champions que por la de 1998 y entonces será Cruyff el que le llame para felicitarle por los viejos tiempos. Es tan irracional como probable.
