En el nombre del padre

Alfredo Matilla
Actualizado a

Los padres son un cáncer para el futbolista. Así de tajante y repetitiva aún resuena en mi cabeza esta afirmación hecha dogma por mis primeros educadores. Con este lema crecí sin entender semejante crudeza. Sobre todo porque el mío, cuando se animó a interesarse tanto por mi toque como por mis notas, se sentaba solo sin molestar a nadie, allá en el córner. Lejos de los cánticos de ánimo y de los insultos al de negro. Apartado de los halagos maternales y de las instrucciones paternales. Poco a poco, por intentar dar sentido a aquella frase lapidaria, fui analizando cada gesto de mi progenitor. Pero jamás aparecía ese supuesto ‘tumor’. Sin embargo, alrededor veía crecer muchas otras cosas con igual o peor pinta. Ninguna era benigna. Resumiré la lista con las más nocivas. Uno: los entrenadores de turno se dejaban influenciar por algún padre pesado y caprichoso. Dos: alguno cogía del pecho al otro por no hacerle caso (una vez les separé). Tres: los críos odiaban el fútbol y lo abandonaban cansados de la presión en casa. Y cuatro: el jugador, con el paso de los años, estallaba como un juguete roto por querer cumplir el sueño paterno de presumir. Muy pocos hijos con papás fanáticos llegaban alto sin accidentes o taras. Una lacra que iba dando credibilidad a aquella sentencia y que terminé de corroborar como periodista. Fue el día que el padre de Javier Portillo, aquella promesa de Aranjuez, convirtió sus quejidos iniciales en el corrillo de la grada en unos berridos hacia Vanderlei Luxemburgo. Decía el señor que Raúl González, el capitán, estaba tapando la progresión de su hijo. Con un par.

Así era y así es. Si todos los amantes al fútbol llevamos un entrenador dentro; un padre con un crío futbolista lleva la misma cualidad de serie acentuada, más un Balón de Oro por pulir incorporado. Por eso, tantas y tantas veces, creía y cree que su función principal en este mundo es simplemente guiarle hacia el éxito y nutrirle con consejos de la mili. De ahí que exista una alternativa peligrosa que va mas allá de esa relación. Aquella en la que uno de esos padres coge definitivamente las riendas del equipo de su hijo. Sin delegar. Con la autoridad deseada. Miren a su alrededor. En cada colegio, barrio o liga hay un equipo con lazos sanguíneos. Con sus excepciones, claro. Como norma general les servirá para distinguir a esa especie de míster algunas de estas señales. Es aquel que celebra los goles de su pequeño de forma especial y efusiva o, por el contrario, el que amenaza al mismo con confiscarle los donetes por haber fallado. Su alegría depende de la suya. Por su parte, la criatura, compruébenlo, puede que esté en la portería con el dorsal ‘1’ y un ‘Casillas’ serigrafiado. Aunque también los hay con el ‘10’ a lo grande y hasta portando un brazalete que les pesa. Si se esperan y señalan un penalti, el niño es el que lanza. Cómo no. Al banquillo no hace falta ni que miren. Lo que nunca falla para distinguirles es ver sus caras. Suelen estar constreñidos por el juicio del padre y por el mosqueo del resto. O por celebrar los goles con tanta euforia como liberación.

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JordiyJohan

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En el profesionalismo también pasa. Hay muchos casos con técnicos que han entrenado a sus hijos. Ondino Viera ya lo hizo con Milton en Uruguay en el Mundial del 66. Y Cesare Maldini repitió caso con Paolo en la Italia de 1998. Pero hay veces que tan triunfal es la trayectoria de un jugador que ni un solo ciudadano era capaz de hablar de privilegios. El problema llega cuando el futbolista no es un líder y aparecen las sospechas. Justo lo que le pasó a Dusan Petkovic cuando su padre y seleccionador, Ilija, le convocó a sus 32 años para jugar el Mundial de Alemania con Serbia y Montenegro. Tal fue la que se armó que el futbolista renunció. Un doloroso caso que también se dio en Croacia, rival irreconciliable, donde Zlatko Kranjcar había convocado para a su hijo Niko. Jugó, pero tuvo que soportar las críticas y fue hasta señalado por sobrepeso. En Venezuela, se dio el caso contrario, y fue Richard Páez quien dimitió, entre otras cosas, cansando de los palos recibidos por haber citado a su hijo Ricardo. Recientemente ha habido más comprensión en Eslovaquia, donde Vladimir Weiss tiró de su hijo, ex del Espanyol, y en EEUU, donde Bob Bradley hizo buen papel con Michael al timón. En muchas otras disciplinas deportivas los casos son más comunes, sean o no cuestionados. Como en balonmano (los Rivera o Dujshebaev). Pero en el fútbol siempre hay más agitación.

MichelyAdriánEspaña no se libró nunca de ella. En Barcelona, Johan Cruyff hizo debutar a su hijo Jordi en los últimos coletazos del Dream Team. Hubo debate, claro. Y de lo más acalorado. El chaval tenía buenas maneras pero el techo estaba muy alto. Cruyff padre ya era hasta cuestionado así que una noche dura, la del 20 de abril de 1996, Jordi le marcó al Atlético y fue a abrazar a su ídolo sin cortarse. La imagen fue inolvidable. El resultado también: 1-3. Después, también hemos visto a Pepe Moré y a su hijo Xavi coincidir en el Valladolid. Y con menos run-rún alrededor. Lo bueno de la modestia. En el nuevo siglo se ha exprimido el caso de Míchel y Adrián González. Un chaval dotado con buena técnica que tuvo el privilegio de llegar al Madrid, ser fijo en el Castilla y hasta ser convocado por Capello. Luego, cosas del destino o de compartir intermediarios, ambos coincidieron en el Getafe en un ambiente irrespirable. Hasta el punto que el centrocampista, buena gente, llegó a desesperarse (“Estoy cansado de ser el hijo de Míchel”, dijo en varias entrevistas) y el presidente azulón, Ángel Torres, le puso un ultimátum al padre para renovar: “O sigues tú o sigue tu hijo, pero no los dos”. Muy duro.

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Viendo casos como éste, la mejor de todas las opciones fue la que pactaron de forma verbal Fernando Castro Santos y su hijo, Diego Castro, ahora en el Getafe. Ambos, acostumbrados a manejarse en la misma horquilla de equipos humildes, se juraron no coincidir nunca en ningún club. Tenían muchas papeletas. De momento, lo han cumplido. Una promesa que será difícil quebrar, pues el padre, además de preparador, también le representa. Lo más curioso es la fuerza que cobró el compromiso familiar. Hasta la historia del Sporting podía haber cambiado. Fernando Castro Santos fichó como entrenador en El Molinón, pero duró un solo día. Fue en 1995. El presidente José Fernández se vio con él en Navia, en el Hotel Cartavio, para firmar un contrato. Al día siguiente, Asturias amaneció con un artículo incendiario de José Luis López del Valle en ‘La Nueva España’ contra su contratación. Este periodista, compadre de Vicente Miera, no aprobaba el fichaje por su falta de currículum, así que la directiva se echó atrás presa del miedo a la crítica. El secretario técnico, García Cuervo, vio cómo se rompía el contrato y el club acabó fichando a Ricardo Rezza. Ya puestos, imaginen (hay mil casos) que el padre hubiera hecho carrera en el Sporting. O que hubiera ido y venido como otros muchos entrenadores de la entidad. O incluso que se hubiera hecho con un cargo como premio por su éxito. Igual Diego Castro no hubiera podido hacer historia allí como ha hecho. Vaya usted a saber.

Como sí coincidieron ambos fue como rivales. Por primera vez el 12 de octubre de 2003. El Málaga B de Diego jugó ante el Córdoba de Fernando (2-2). Luego, el 18-09-2004, en un Málaga B-Almería (1-2) y, además, el 10-03-2007 (Vecindario 0-Sporting 2). La última, el 26 de enero de 2008 en un Poli Ejido-Sporting (1-1). Y lo que ocurrió seguramente no fue casualidad. Aunque Diego Castro vio cómo sus equipos a veces le complicaron la vida al bueno de su padre, él, con mucha facilidad para el gol, jamás le marcó uno. Buen chico. Sabe que si malo es no contentar a su entrenador, mucho peor es no hacerlo con un padre.

FernandoyDiego