Nadie entiende a los genios
Mariano Tovar

Estoy boquiabierto desde hace algunos días. Lo que al
principio eran insinuaciones de columnistas semidesconocidos en medios locales,
poco a poco han ido trascendiendo hasta convertirse en uno de los temas de moda
en la NFL. ¿Sabéis
quien es el personaje más deseado como head coach para muchos de los equipos
que pueden cambiar de entrenador esta offseason? Josh McDaniels.
Hoy en día el sacrificio no está demasiado bien visto. Hay una tendencia a buscar siempre el mínimo esfuerzo, el camino más fácil, la solución más rápida. Eso ha provocado que mucha gente se considere preparada para acometer aventuras o proyectos ambiciosos sin la preparación y el bagaje que son necesarios. Esa insensatez es fruto de la ingenuidad, la ignorancia, y una sensación bastante infantil de autoestima desproporcionada. Una actitud que hace cierta la famosa frase de que comprar a alguien por lo que vale, y venderlo después por lo que cree que vale, es el mejor negocio que existe.

Siempre he pensado que todo el mundo tiene virtudes para ser el mejor en una actividad concreta. Lo complicado es encontrarla. Hay quien se pasa toda la vida buscándola y quien la encuentra desde su infancia. Algo muy similar al mito de la media naranja. Todos en algún momento hemos pensado que está en algún lugar del mundo esperándonos, y la hemos buscado sin descanso… aunque no todo el mundo la encuentra.

Pero también estoy convencido de que esa actividad para la
que hemos nacido, y en la que podemos llegar a ser incluso geniales, no crecerá
si no se riega. Incluso la genialidad exige muchísimo esfuerzo. Me gusta poner
el ejemplo de los dibujantes de cómics. Conozco a algunos de ellos y es increíble
ver la facilidad con la que plasman cualquier cosa sobre un papel. Socialmente
suelen ser considerados tipos bastante bohemios, espíritus libres que viven
sumidos en el ambiente ‘underground’ y
que sin esfuerzo alguno se plantan delante de su mesa de dibujante y terminan
una viñeta en un pispás. Nada más lejos de la realidad. La mayoría pasan horas
y horas al día haciendo bocetos, estudiando anatomía, conceptos gráficos, storyboards,
técnicas de dibujo, tratamientos informáticos, entintado… La vida del artista
es mucho más monótona y esforzada de lo que parece por la imagen que proyectan.
Terminar un álbum suele costar muchos meses. Ser un genio cuesta un huevo.
El mundo de la NFL es profundamente pragmático. Está plagado de tipos geniales, pero entre los genios también hay una élite especial, que casi siempre caricaturizamos como gente despistada, que no se peina y se olvida de subirse la bragueta y que encajan mal dentro de la sociedad. Yo creo que Josh McDaniels es uno de ellos. Como antes lo fue Mike Martz.

Martz fue encumbrado a los altares mientras estuvo bajo el
ala de Dick Vermeil, convirtiendo a los Rams en el mayor espectáculo sobre el
turf. Es impresionante leer lo que Kurt Warner y otros muchos jugadores que
estuvieron a sus órdenes en San Louis decían sobre su coordinador ofensivo. Contaban
que no eran capaces de entender nada de lo que les explicaba, pero que él
insistía en que hicieran lo que les pedía sin intentar entender el por qué. Y
Warner lanzaba el balón a un lugar concreto en el que tenía la certeza de que
no había nadie de su equipo, y sí muchos rivales, y durante el vuelo de ovalado
veía cómo, por arte de magia, aparecía la mano de un compañero para conseguir
una recepción genial. Y lo mejor es que Isaac Bruce, Torry Holt o Ricky Proehl llegaban
al punto previsto igual de convencidos de que era imposible que el balón
llegara a sus manos. Y como por arte de magia aparecía de la nada. Muchos
recordaréis la incredulidad con la que veíamos aquellos partidos de San Louis,
con cinco receptores abiertos, algo habitual hoy en día pero que entonces parecía
ciencia ficción, y Marshall Faulk, otro genio inolvidable, llenando el
backfield. Era como un vals en el Palacio de la Ópera de Viena. Todo fluía con
una naturalidad pasmosa, con una sencillez inexplicable. El football parecía
simple desde fuera pero desde dentro era un órgano incomprensible en el que
cada tecla no tenía ni idea de por qué era pulsada en cada momento, ni de el
trasfondo de la sinfonía. Los jugadores de Martz se rendían a su genialidad y
actuaban solo por fe, en contra de su instinto. La consecuencia fue uno de los
mayores espectáculos deportivos que ha dado la NFL independientemente de los títulos
conseguidos.
Martz, como todos los grandes genios, entró en decadencia cuando superó su límite de incompetencia. Cuando le obligaron a hacer algo distinto a aquello para lo que había nacido. Como head coach ya no tocaba el órgano, sino que dirigía toda la orquesta. Y él no estaba preparado para resolver conflictos o discutir sobre la conveniencia de tal o cual decisión. Él era feliz bajo el ala de Vermeil, inventando esquemas que solo se entendían en su cabeza. Un Mozart en la NFL. Un hombre que veía cosas inalcanzables para la mayoría.

Y durante el resto de su carrera, Martz se arrastró porque nunca se volvieron a dar las condiciones necesarias para reflotar su genialidad. O trabajaba como director de orquesta, lejos de su querido órgano, o las teclas se empeñaban en entender la sinfonía, o en cambiar sus decisiones porque era imposible que algo tan incomprensible funcionara.
Da alguna manera, Mike Martz terminó como todos los genios. Incomprendido y criticado por todos. En este caso lejos de la pobreza, porque los tiempos han cambiado, pero sintiendo cómo la mayoría otorgaba a otros las alabanzas que solo él se merecía.
Los mejores analistas de la NFL, y Bill Belichick (lo que no es moco de
pavo), consideran a Josh McDaniels el último gran genio ofensivo de la
NFL. Otro loco que ve cosas que el resto de
los mortales ni intuimos y que, como casi todos los genios, busca de forma
obsesiva esa estocada perfecta que nadie pueda parar.
McDaniels fue el padre de los sistemas ofensivos que han convertido a los Patriots, paradigma del juego defensivo durante el primer quinquenio del siglo XXI, en el bloque ofensivo por excelencia de los últimos años (con permiso de los Saints). Con sistemas diabólicos en los que cada jugador adquiere papeles que eran inimaginables en la NFL de hace solo unos pocos años y soluciones revolucionarias. Por algo sería que Belichick no esperó ni un minuto para recuperarle en el mismo instante en que se quedó sin trabajo en los Rams, donde había recalado después de su polémico viaje por las Rocosas.
Como todos los genios maniáticos, McDaniels no tiene demasiado don de gentes. Incluso ahora suele ser señalado como culpable de los males de un equipo que destroza todas las estadísticas ofensivas de las que él es responsable. Pero, de alguna manera, en Boston todo el mundo lo imagina bajo el ala de Belichick, que es el lugar más a gusto en el que se ha encontrado desde que recaló en Foxboro allá por el 2001. Siempre haciendo sus pócimas junto a otro genio nigromante. Aprendiz de brujo clonando escobas.
Lo que no consigo entender es cómo McDaniels arranca en las
primeras posiciones en una carrera en busca del mejor ‘head coach’ posible que
parecía encabezada por ‘El muñeco diabólico’ Gruden. Esta offseason parece que
puede ser histórica por el gran número de entrenadores principales que pueden
perder su silla. No voy a enumerar equipos, pero incluso pueden llegar a la
decena.
McDaniels demostró en los Broncos que el puesto de mandamás excede su límite de incompetencia, le saca de sus elíxires y le obliga a unas relaciones sociales, una mano de hierro y un guante de seda, que a él ni le van ni le vienen. Siempre ha preferido estar en su cueva reinventando el football americano. Se le ve feliz en la banda de los Pats, con una actitud más propia de un compañero que de un jefe, en un lugar en el que sí se le valora y se le respeta, acostumbrados como están por esas tierras a la hechicería.
Pero doctores tiene la iglesia. Y si voces tan sabias vuelven a apostar por sus locuras, quizá haya que pensar que Josh aprendió de sus errores en su anterior etapa al frente de un equipo y ahora sí que está preparado para revolucionar el football desde el puesto más alto.
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Quién sabe. ¿Estaremos frente a un nuevo Leonardo da Vinci capaz de ser genial en varias disciplinas diferentes? Quizá la NFL vaya a comenzar su Renacimiento particular.
mtovarnfl@yahoo.es / twitter: @mtovarnfl