Chicas, bien, coño, bien
“España, bien, coño, bien”. Es el grito de las Guerreras que nos ha trasladado el micrófono de la televisión en los tiempos muertos como si fuese un espía infiltrado en esa pequeña intimidad del equipo. Y el grito que al principio tenía su gracia y provocaba una sonrisa en una redacción como la de AS mayoritariamente masculina, hace un rato se coreaba al terminar el encuentro por el bronce. Era la manera de demostrar la admiración y el reconocimiento por esa Selección de Jorge Dueñas, y de cómo ha jugado todo el torneo, desde la derrota inicial hasta la despedida de ayer.
Antes de nada, conviene puntualizar un dato que a lo mejor se ha pasado por alto entre los que han cubierto los Juegos Olímpicos, quizá porque se funciona muchas veces con prejuicios y ya se había etiquetado a Corea del Sur como una selección menor. Por eso, tras la derrota inicial, y posteriormente, se ha comentado que España empezó mal, sin siquiera interesarse por el historial de las coreanas, que en los Juegos Olímpicos son una potencia, no sólo por presencias en olimpiadas, en las que son fijas, sino por la cantidad de medallas y semifinales que han jugado en los últimos años. Si nuestros cronistas en general, radio y prensa general, hubiesen documentado ese aspecto, no habrían infravalorado la calidad de las coreanas y no se habría caído en la repetida obstinación de apuntar a España como superior a Corea.
Por eso la medalla de bronce tiene un sabor especial, porque se ha conquistado sufriendo en un partido infinito, con dos prórrogas, que históricamente no se le dan bien a los nuestros tantos alargues, pero que esta vez fue la manera de hacer justicia. Subir al podio ante Corea del Sur, de la manera que se logró, con una resistencia mental a prueba de bomba frente a ese carácter asiático tan indomable como el español, por lo menos, tiene un mérito que iremos asimilando a medida que pase el tiempo.
Pero el triunfo, además, se cimentó en la colaboración de prácticamente todas las jugadoras. Ninguno ha ido de paseo, ni para hacer bulto. Incluso la última en llegar, con el torneo ya iniciado y por la lesión de Carmen Martín, la joven extremo Marta López, también tuvo su aparición y hasta en el último encuentro.
Ahora bien, si hay que señalar a una jugadora de manera especial, no por el juego, sino por su presencia puntual, esa es Mihaela Ciobanu. Ante las actuaciones de Silvia Navarro, la portera del Alcobendas ha sido una espectadora de excepción, pero que estaba preparada. En este partido, en el del bronce, salió y entró sólo para detener penaltis: cuatro; y tres de ellos en los momentos calientes, en lo que no acertar suponía perder, acertó.
Lo que hicieron las habituales, entra en la lógica. De lo que eran capaces de hacer las habituales, no había duda, y en ese aspecto hay que celebrar la excelente repuntada de Beatriz Fernández, que arrancó los Juegos con duda y terminó siendo una de las jugadoras de relevo con mayor aportación.
Andrea Barnó no sumó ni un gol en este partido decisivo, pero ella fue algo más que una buena jugadora en la defensa española. Sólo quien observa los partidos buscando las claves para ganar, sabe lo importante que ha sido la navarra, que ha logrado con Macarena Aguilar un complemento ideal, una en ataque y otra en defensa.
No se trata de repasar el nombre de las catorce, de Marta Mangué, de Eli Pinedo, de Vanessa Amorós (la del gol de la tranquilidad que nos daba el bronce), de Begoña Fernández, de Marta Magué (polivalente en la primera línea), de Nely Carla Alberto, de Verónica Cuadrado (nos desatascó cuando aquello pintaba mal), o de de Patricia Elorza, porque todas, las quince, entran en la historia.
Y por eso, con ellas, hay que decir, “España, bien, coño, bien”.