A favor y en contra de las nacionalizaciones

Ángel Cruz
Redacción de AS
Actualizado a

Cada vez que publicamos algo sobre atletas o deportistas nacionalizados se monta un cierto escandalillo. ¿Por qué será? De entrada: rechazo absolutamente cualquier acusación de racismo. No hay nadie menos racista que yo, de verdad, que me caracterizo por pasar mis vacaciones en países que aquellos que condenan permanente el racismo (yo también) ni se han atrevido a pisar. Y estoy de acuerdo con ciertas nacionalizaciones, pero no con otras. Y estoy en desacuerdo total con cualquier política general que se base en nacionalizar a diestro y siniestro. Y estoy plenamente a favor de cualquier política de integración y de búsqueda de nuevos valores. 

No es cierto que los jóvenes españoles huyan, en general, del esfuerzo físico y busquen la comodidad. Que se lo pregunten a todos esos chavales veinteañeros que se machacan en las pistas con lluvia, con sol, con frío, con calor. O que se meten en un gimnasio y no dejan pesas sin tocar. No nos olvidemos de que que esos chicos existen y que quieren llegar lejos en el atletismo. 

Una cosa es nacionalizar a extranjeros que han arraigado en España y otra muy diferente a personas de otros países que no se integran. Josephine Onyia, por ejemplo, habla muy mal español, y eso que hace años que vive en Valencia, y Alemayehu Bezabeh tiene graves problemas con el idioma, y también vive (o vivía) aquí desde hace tiempo. No se puede pedir a los aficionados españoles que festejen de igual modo una medalla Bezabeh (dopaje aparte) que una de Chema Martínez, Arturo Casado o Jesús España. Es lógico. Por cierto, algunos que defienden ahora a capa y espada a Bezabeh le dejaron absolutamente tirado cuando tenía que ir a declarar a los Juzgados de Plaza de Castilla de Madrid, como conté aquí en un post. 

Aunque en tiempos España fue un país de emigrantes (en mi propia familia más cercana lo he tenido, y lo sigo teniendo), ahora lo es de acogida, y por eso habrá nacionalizaciones y, es más, debe haberlas. Pero no a diestro y siniestro. Nunca como una política deportiva del país. La proliferación excesiva y artificial de nacionalizaciones hace que los aficionados se distancien progresivamente de la Selección española. Es un hecho.

Un ejemplo de lo contrario. Mohamed Elbendir llegó del Sáhara a pasar una temporada con una familia de acogida de Valladolid, fue atendido aquí de un problema de sanidad que tenía y, de común acuerdo con su familia de origen, se decidió que se quedase en España (siendo casi un niño, y sin haber hecho deporte nunca) para poder estudiar y tener un futuro más allá de los campos de refugiados. Moha está ahora plenamente integrado, conoce a la perfección la realidad española, estudia, tiene muchos amigos... Recibió la nacionalidad española. ¿Alguien tiene algo en contra? ¡En absoluto! Todo lo contrario. Y como él hay bastantes. Bienvenidos todos ellos.

Pero hay otros casos que son diferentes. Alemayehu Bezabeh fue nacionalizado para conseguir medallas. Pura y simplemente. Y esa nacionalización (naturalización, para ser exactos) se produjo (¡qué casualidad!) casi en vísperas de los Juegos Olímpicos de Pekín. Allí no brilló. Luego batió el récord español de 5.000 metros bajando de trece minutos y soy libre de sospechar que ya podía haber, presuntamente, dopaje de por medio. ¿Qué hacemos con ese récord? Pues nada, mantenerlo en las listas y no presumir excesivamente de él. Y a su sombra, atletas como Jesús España...

En mi opinión, en la etapa de Jaime Lissavetzky como secretario de Estado, se abuso de la naturalización de deportistas. Aclaremos que la naturalización es una figura legal española que permite conceder la nacionalidad (por el Consejo de Ministros) a dedo, aunque no se cumplan los requisitos legales. Y se ha tirado de esa normativa de forma casi escandalosa. Podría poner algún ejemplo casi jocoso de cómo algunos internacionales han llegado a tener pasaporte español, pero quien me lo ha contado puso como condición el off de récord, que siempre he respetado en mi vida como periodista. Parece que Albert Soler, el nuevo secretario de Estado, no va a seguir por ese sendero, aunque eso no quiere decir que se renuncie a nacionalizar. ¿Por qué se concede la naturalización a marchas forzadas a personas que han entrado ilegalmente en España y cuyo mayor mérito es correr más que los demás, y no a la que iba a su lado, que, simplemente, quiere huir de la miseria, aunque no valga para el deporte?

Noticias relacionadas

En estos casos se suele poner a Francia como ejemplo de país con atletas nacionalizados. Es un error. De los siete que ganaron medalla individual en los Europeos de Barcelona con apellido aparentemente ajeno a lo francés, cinco habían nacido en Francia: Martial Mbandjock (bronce en 100 y 200), en Roubaix; Mahiedine Mekhissi-Benabbad y Boubdellah Tahri (oro y plata en obstáculos), en Reims y Metz; Teddy Tamgo (bronce en triple, pero campeón y récordman mundial indoor), en París, y Myriam Soumaré (oro en 200 y bronce en 100), también en la capital francesa. Las excepciones fueron Véronique Mang (plata en 200), que nació en Douala (Camerún), pero que lleva muchos años viviendo en el país vecino, y Hind Dehiba (segunda en 1.500), que vino al mundo en Khourigba (Marruecos).

Francia no nacionaliza atletas para conseguir medallas, sino que reconoce su esencia de país de inmigración. Es el caso de los futbolistas Zinedine Zidane o Karim Benzema, de origen argelino, pero nacidos en Marsella. Pero frente a estos atletas de origen magrebí o africano, tiene estrellas francesas que podríamos llamar de pura cepa, como Christophe Lemaitre (oro en 100 y 200) o Renaud Villenie (campeón en pértiga). Me gustaría que mi país se pareciese, en este aspecto de las nacionalizaciones, más a Francia que a Qatar, que, lisa y llanamente, compra kenianos para colocar en los medalleros internacionales a un país donde no existe el atletismo.