23 horas para un mundo extratarrestre

Manuel Franco
Actualizado a

Son las cuatro y media de la madrugada. No puedo dormir. El jet lag me persigue esta noche como una sombra de la que no puedes escapar. Ni huir. Estoy en Japón, pero el viaje comenzó en Singapur, el día que regresaba a casa. Sucede que, cuando termina un gran premio, me siento como un becario al final del verano, es ese momento en el que ya has aprendido como funciona todo y te tienes que ir. Aprovecho estas líneas para decir hasta pronto a nuestra becaria de este año y el pasado. Elena es una de esas periodistas mejores de lo que parecen y que, por alguna razón extraña y quizá secreta, no son capaces de enseñar al resto todo su talento. Es buena, muy buena. Tiene un blog de nombre casi tan interesante como las cosas que cuenta que os recomiendo, igual que su contratación para quien pueda hacerlo y tenga dinero para pagar lo que merece. Aviso, esta lectura puede herir sentimientos, que diría aquel, pone la piel de gallina. Felicidades por tu trabajo compañera. http://quieroserperiodistacomolaranagustavo.blogspot.com/2010/09/no-tengo-nada.html

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Dicho esto para que conste en acta como se dicen en los plenos de mi ayuntamiento, en el que, por cierto este viernes debería estar. Pido perdón.

23 horas para un mundo extratarrestre


Os decía que el viaje comenzó en Singapur, siguió en Madrid y volvió a empezar de nuevo en la casa de los cereales. En Barajas, cuando ya estaba casi embarcando me di cuenta de que la acreditación no quería viajar conmigo. Mi aire llegó como el viento para regalarme uno de sus abrazos en forma de tarjeta roja permanente. Pase para el paraíso de la F-1. En la capital de España comenzó una odisea de 23 horas que visitó Frankfurt y Pekín hasta llegar a Nagoya, la ciudad más cerca a Suzuka. Camino de Alemania el avión se retrasó por unas turbulencias dignas de una película de miedo y a punto estuve de perder el Air China del siglo pasado con proyectores en el centro y documentales de Mao que me llevó a Pekín donde han construido un aeropuerto para impactar. Y lo consiguen. Cinco horas descubriendo esa maravilla de la arquitectura, tomando te chino y recordando al niño chino que viajaba al lado de su madre junto a mi y que no paró de darme patadas en todo el viaje. Y vuelo a Nagoya. Allí me encuentro, delante de mi asiento con dos vascos, hombres de negocios que no lo parecían y venían a Hamamatsu a vender componentes de coches a Suzuki. Ahí los tienes. Eramos los únicos occidentales en el vuelo, exceptuando claro está a un personaje extraño recién sacado de la última de los Coen, una especie de hacker venido a menos con el pelo lacio y mirada asesina. Sin palabras.

23 horas para un mundo extratarrestre



Una vez en Japón todo es distintos y tan diferente que parece otro mundo, en realidad es como si a nuestro universo occidental le hubieran dado unas manos de pintura y todos los letreros estuvieran en un idioma extraterrestre. Entró en el tren que me lleva a la ciudad, la primera visita a la Japan Railways de mi vida, la primera de muchas…