Vade retro, Satanás
El demonio está entre nosotros. Ha vuelto desde su reino oscuro para poseer nuestras almas. Bendecid a vuestros hijos, vuestras casas, a todas vuestras familias. Guardad agua bendita en la mesita de noche y colgad un crucifijo sobre la cabecera de vuestras camas. Comprad escapularios y encomendaos a la Trascendencia Divina. Qué Dios cuide de nosotros.
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Su primera manifestación se produjo la noche del lunes. Sus siervos salieron vestidos de púrpura, con un traje antiguo como el tiempo. Poseyeron las almas de una manada de búfalos que, en estampida, se lanzaron enloquecidos por un acantilado.
Los Patriots han vuelto. ¡Qué corta es la memoria! El año pasado hubo un momento que creímos que Cassel era un digno heredero de Brady. En realidad era una pobre caricatura. Pero no os equivoquéis. Tampoco son los Patriots de la temporada casi perfecta, ni los de la anterior. Hay que remontarse a los tiempos más oscuros de la franquicia de Nueva Inglaterra. Al equipo que hace cinco o seis años devoraba niños, arrancaba el alma entre risas histéricas y gritos desgarradores. El bloque que fue perseguido por multitudes enfurecidas que, alumbradas por antorchas, intentaron quemar a Belichick y los suyos en la hoguera de la brujería.
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Porque lo que vimos anoche fueron los Patriots más tenebrosos. Ese equipo que es capaz de provocar amor, odio, pasión, indignación, rechazo, vómitos, desesperación, lágrimas y carcajadas. Y todo a la vez. Si este equipo no existiera habría que inventarlo. Son hipnóticos. Los que les odian se sientan frente a la televisión con la esperanza de verles morder el polvo, o de que la Estación Espacial Internacional caiga sobre Foxboro durante el partido y les borre de la faz de la tierra. Los que les adoran se sientan para regodearse en la tortura y sacrificio ritual de una virgen inocente, en forma de equipo de la NFL, que es violada y destripada viva mientras los salmos negros, los aullidos y el aquelarre alcanzan clímax insoportables. La mayoría, sin tomar partido, se sienta porque sabe que ningún equipo es capaz de dar espectáculo como los Patriots y ningún conjunto provoca tantas sensaciones encontradas. Durante el último cuarto del Patriots-Bills hasta el ficus de mi salón sufrió taquicardias.
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Mirad, llevo muchos años siguiendo la NFL. He visto jugar a Montana, a Young, a Marino, a Manning, a Elway, a Kelly, a Aikman, a Favre… Nadie se acerca a Brady. Él ha vendido su alma y hace lo imposible. Y lo hace sin inmutarse, sin cambiar el gesto, sin pasión, con la frialdad del que se sabe condenado por toda la eternidad tras haber vendido su alma. Tiene la sangre negra. Nunca jamás en la vida he visto a nadie hacer las cosas que hace Brady. No creo que nunca nadie haya sido capaz de hacerlas. Para mí es el mejor de siempre, como lo fue Jordan en la NBA, y tenemos la suerte de poder contar a nuestros nietos que le vimos lanzar el balón. Sin inmutarse, sin sentir emociones. Con la perfección del que sabe que la oscuridad le protege.
Los Patriots son un horror. La defensa en un tremendo coladero. Pero está formada por locos hipnotizados que obedecen ciegamente. Belichick, el siervo del demonio, les lanzaba una y otra vez en blitzs desbocados como Hiro Hito mandaba a sus aviones contra los barcos americanos. Y ellos se lanzaban sin pensar. Y eran masacrados por el ataque de los Bills que campaba a sus anchas. Y más blitzs. Y más yardas. Y los Bills golpeando y los otros sin inmutarse. El ataque de Boston no era mejor. Brady lanzaba alto, bajo, al contrario… El juego de carrera seguía desaparecido. ¡Pero cómo van a ser estos tipos verdaderos aspirantes a nada!
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Y, de pronto, entre tanta nota discordante se escuchó una melodía hipnótica. Algo que ya habíamos oído. Un sonido de órgano. Negro, inquietante. El sonido del infierno. Más de siete minutos de drive sostenido para touchdown. Y Brady sin cambiar el gesto. Un escalofrío recorrió nuestras venas.
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Os lo confieso. En el descanso me fui a la cama. Estaba agotado y no podía imaginar cómo podían los Patriots evitar la derrota. Sin defensa, ni juego de carrera, estaban siendo dominados por los Bills y su ‘no huddle’.
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Pero algo estaba sucediendo. No podía dormirme. Después de un verano sofocante, el termómetro bajó a menos de diez grados. Soplaba un fuerte viento que golpeaba las contraventanas. Los perros, en la calle, aullaban y ladraban enloquecidos. Mi hija de nueve meses se despertó llorando inconsolable. El vecino de abajo, desvelado, escuchaba la Overtura de Fausto de Warner a todo volumen. Era una noche de pesadilla. Una noche infernal.
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Cogí a la niña y volví al salón. Encendí la televisión. La niña se calmó y, por primera vez en su vida, miró la televisión con verdadero interés (que no se entere su madre). El ficus pareció inclinarse para estar más cerca. Los perros callaron. Quedaba todo el último cuarto. Me senté a verlo.
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Belichick seguía mandando a sus esclavos en blitz y el ataque de los Bills continuaba masacrándoles. Pero el genio de las bandas seguía sin inmutarse. Una y otra vez, a la muerte. Edwards lanzó el pase definitivo. Quedaban seis minutos. Los Patriots necesitaban dos touchdowns. Era imposible.
Cualquier otro QB de la historia hubiera tenido un subidón de adrenalina y hubiera enloquecido en una carrera imposible contra el reloj. Brady iba pausado, casi indiferente, con ese gesto de molestia que solemos poner los maridos cuando el sábado por la tarde nuestras mujeres nos llevan de tiendas. El reloj corría. Brady no. Tres minutos en la yarda cuarenta, dos y medio en la treinta y cinco. A dos diez llegó el pase. Imperial, perfecto, como a cámara lenta. Watson anotaba un touchdown. Quedaban dos minutos.
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Belichick no intentó el onside Kick. El demonio le había soplado al oído que ya había amañado el partido. Gostkowski pateó el balón y comenzó la locura. Los perros volvieron a aullar enloquecidos, el Fausto de Warner atronaba las paredes, las contraventanas volaban, la niña gritaba mientras agitaba los brazos mirando la televisión. Yo estaba aterrado. McKelvin también. El retornador de los Bills notó como unas manos frías, sobrenaturales, le levantaban en alto y le agitaban mientras una voz ronca recitaba las estrofas más infames del Necronomicón. Soltó el balón y se derrumbo llorando intentando arrancarse los ojos con los que había visto el mal. Había enloquecido.
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Brady volvió a salir al campo. Impasible, inhumano, indiferente a las pasiones de los mortales. Cogió el balón y volvió a dar el mismo pase. Imperial, perfecto, como a cámara lenta. Watson volvió a cogerlo. Los árbitros pidieron una revisión porque no podían creer lo que habían contemplado. A Brady le habían sobrado 55 segundos.
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Ahí acabó todo. Los Bills pasaron a engrosar la lista de equipos que perdieron el alma ante los Patriots. No creo que sean capaces de recuperarse en toda la temporada. Necesitarán un exorcismo. Esto ya lo he visto antes. Les compadezco.
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El lunes por la noche el diablo nos miró a los ojos. Yo sentí el miedo.
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mtovarnfl@yahoo.es
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