La herencia de Juan Arias en Ademar León

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No viene de ahora, claro, pero sí tengo que confesar que le tengo un aprecio especial a León, y no sólo a la capital. A todo León, que es una provincia tan grande como variada, y que da gusto conocerla y visitarla en profundidad, por la calidad de su gente, por su paisaje, por su comida, por todo. Y ese aprecio viene por muchas vivencias, aunque en especial por dos: una buena y otra mala. La mala, que me tocó hacer la mili en el CIR 12, en El Ferral; y la buena, que aproveché el tiempo para jugar una temporada en León escapándome cuando podía del campamento, porque en aquella época al capitán Requejo, que era de quien yo dependía, el deporte se la traía al fresco, y si te pillaba escaqueándote de las obligaciones que te imponía eras hombre sin permisos. Y lo mío era poner música y atender la megafonía las 24 horas del día… o casi.

Y viene esto a cuento porque un lector, uno de vosotros, gracias por leerme y por participar, claro, me ha interpretado mal. Ha querido defender a Juan Arias de mis críticas, y se ha equivocado o me he explicado fatal. Para mí, Arias, como directivo, es un gran tipo y una fuente constante de información cuando era presidente del Ademar León. En su etapa al frente del Club le convirtió en uno de los grandes de la Liga española, y posiblemente la Asobal esté en deuda con él porque Juan era un francotirador, de los que movían el aceite para que aquello no fuese una balsa. Sí, me gusta la gente que discrepa, que no cree en los dogmas y, aunque esté equivocada, es capaz de arriesgar su opinión ante la mayoría y exponer sus argumentos para que, al menos, se debatan. Sólo con la crítica se avanza; de otra manera se cae en la autocomplacencia, y lo que menos necesita una asociación deportiva es una banda de palmeros apoyando al líder indiscutible que no se equivoca nunca.

Pero Juan Arias siempre lloraba. Era su forma de pedir, de ponerse delante de las instituciones. Nunca le llegaba. Siempre quería más. Y como un castellano (o leonés, perdón) viejo, no gastaba. Algún día de estos entraré en detalle en los errores de los directivos del balonmano en la promoción de su deporte, porque aquí todos critican pero ninguno de los que yo conozco predica con el ejemplo. Arias era la austeridad. Nada de inversión en imagen, en futuro, en ampliar con posibilidades arriesgadas.

Pues el caso es que ahora, esta semana, ya, el Ademar va a jugarse un puesto en la Champions en casa, en León, frente a equipos de tronío: Lemgo, Celje y Kadetten. Y la pena es que los últimos resultados no hablan demasiado bien de cómo esta un equipo al que todos los años esquilman el Barcelona, el Ciudad Real y hasta el Valladolid. Arias ya no está en la presidencia, pero este equipo es suyo, y me gustaría que se clasificase por muchas razones. Veamos:

a)    Porque es un equipo español, aunque personalmente eso de los nacionalismos me parece un poco trasnochado ahora que estamos en la Unión Europea.

b)    Porque tengo muchas simpatías en la tierra leonesa, y eso influye a la hora de tener preferencias, vamos, digo yo.

c)    Porque Juan Arias se merece que en su herencia quede el Ademar en la Champions.

d)    Porque me parece una cacicada absoluta que tenga que disputar esta previa. Si la norma de competición que los equipos de la Liga se dieron era que el campeón de la Copa Asobal jugase la Champions (otra cosa es que yo, personalmente, discrepe de esta medida, que no tiene razón de ser se mire por donde se mire, y ya lo debatiremos si les parece), tiene que jugar la Champions. Y si la EHF dice otra cosa, todos los equipos españoles, como Fuenteovejuna, y con ellos la propia Federación Española, a defender esa postura aunque alguno discrepase de entrada en aquella votación. Por eso no entiendo al Valladolid, porque me parece mezquino ir de leguleyo aunque en realidad sea más justo que el tercero esté en la Champions a que lo haga el vencedor de la Copa Asobal. Pero eso es otra historia que en Valladolid no pueden defender con la autoridad moral que requiere el caso.

Por eso esta vez me voy a poner la bufanda del Ademar, una de las que me regaló Juan Arias, y aunque haga un calor de escándalo en Madrid, y me achicharre, no me la quitaré en sus partidos por si la fuerza mental realmente sirve de algo y yo, desde aquí, le pueda enviar energía positiva en esta cita al equipo de Ribera.