Chile me ofrece su mejor cara
Sin carrera de por medio, hay tiempo para pasear por las calles de Valparaíso, conocer sus rincones e incluso charlar con la presidenta de la nación.

Corren las olas en un mar de poetas, el Océano Pacífico lucha contra su nombre, embravecido, y una tela de nubes de hielo cubre el horizonte. El agua es fría en Valparaíso, viene de viaje desde los glaciares de la Antártida esperando que el sol chileno convierta sus vértices en danza azul que se vuelve blanca.
En la vida a veces es bueno dejarse llevar por los instintos, pero también conviene mirar dos veces para ver mejor. Si al llegar, cansado por el viaje y la tensión, destrozado por los desiertos, con las piernas cubiertas de arañazos y la cara quemada, este lugar me decepcionó, hoy las cosas son distintas, después de dormir siete horas en Viña del Mar y lavarme la cara de descanso. En el sur del mundo el aire huele a helado de limón y los cerros de Valparaíso aparecen repletos de casas de colores como vestigios de un pasado glorioso. A su lado, Viña del Mar parece un sueño chileno, un balneario que dicen aquí, ciudad de vacaciones donde se mezclan los carteles del próximo concierto de Paloma San Basilio con los paseos en bote a la luz de la luna que, repleta en su círculo de plata, descansa la luz sobre el mar.
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Chile ofrece su mejor cara, como un espejismo, antes de llegar al desierto de Atacama. En la Academia Naval de la Armada, donde dormí en litera la pasada noche, estuvo la presidenta Bachelet agradeciendo nuestra visita, ¿Qué tal, cómo le va? Mujer, rodeada de militares con estrellas y más estrellas en su chaqueta, pero con su figura femenina frente al océano emergiendo como símbolo de los nuevos tiempos.
Chile lucha por el futuro y aún queda batalla, las paredes hablan de aranceles que suben y universitarios que creen en la política para mejorar las cosas. Al fin lo encuentro. En la carretera que sale de Viña del Mar, como una acantilado roto mediterráneo, las animitas, pequeñas capillas repletas de imágenes y emoción, recuerdan a los pescadores que duermen en el mar. Quién sabe, quizá aún se encuentren de viaje hacia la Antártida.