Raids | Lisboa-Dakar 2007

Mermelada a cambio de una dulce sonrisa

Franco, rodeado de niños en Mali.

Abre la sonrisa como si fueran las puertas del cielo, después se escucha su risa y escapa corriendo hacia donde llegan los gritos. Su madre la llama y esta niña de dos años me mira con sus intensos ojos negros y dice adiós antes de enseñarle a la que le trajo a este mundo, que aún no ha descubierto cruel, una pequeña dosis de mermelada, de esas que cada día ignoramos en las cafeterías.

No es nada, pero le ha hecho feliz. Y su sonrisa es la única forma que tiene de dar las gracias. De nada. Otra vez esa sensación de sentirme, pese a todos los pesares que pasen, tan injustamente afortunado de vivir al sur de Europa. Junto al río Senegal, los niños aparecen como de la nada, con sus sonrisas y sus gritos, con sus pequeños cuerpos reclamando atención, cariño, un pequeño regalo o una foto. Se arremolinan alrededor de la pantalla de la cámara digital y disfrutan viéndose la cara en ese extraño artefacto al que los mayores, sin embargo, odian.

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Kayes, el primer lugar de Mali colonizado por los franceses, una pequeña ciudad a la vera de uno de los ríos más importantes de África. La sabana se abre ante nuestros ojos como una postal con sus orgullosos baobabs y su aspecto amarillo, la pobreza disminuye, pero en África esa palabra no es la excepción sino la norma. Kayes no tiene alcantarillado, la basura se introduce en unos pequeños canales que se descubren a un lado de las calles como en una especie de Venecia de la miseria.

Los niños se bañan en el agua poblada de cayucos del Senegal, esas barcazas con las que aquí pescan para sobrevivir cada d las mismas con las que en la costa se juegan la vida para llegar a un lugar donde los españoles tanto sufren porque no tienen dinero para comprar la última consola a los niños por Reyes. Extraña ironía. África, el continente que muestra nuestras propias miserias.

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