Tichit, la insoportable belleza de la pobreza

Suena la guitarra hechicera de Paco de Lucía mientras escribo estas palabras en el lago de Tichit, en pleno desierto del Sahara. El lugar del que hace millones de años eran dueñas las aguas saladas es ahora una extensa llanura en la que se pueden encontrar fósiles marinos y que el Dakar utilizó como campamento para la etapa de ayer. Dunas doradas rodean la planicie en la que el viento arrastra la arena que entra en todas las partes del cuerpo, a veces como un latigazo, a veces como una caricia. Hace dos años, en Tichit, las tormentas de arena asolaron el bivouac y estuve tres días en este inhóspito escenario. La comunicación con España es casi imposible. Además de la necesidad vital de hablar con mi mujer y mi familia, en esta ocasión tengo un compromiso con los oyentes de la SER. Tras muchos intentos y hacérselo pasar mal a los compañeros en Madrid, logro un medio para poder contar lo que aquí sucede. Hay muchos niños que no han tenido suerte y en la ruleta de la vida les ha tocado nacer en Tichit, y ahora. Esta ciudad fue, en su día, un importante centro de paso de las caravanas nómadas, pero en el séptimo año del siglo XXI los niños corren descalzos en busca de comida o algún bolígrafo. Lo hacen asaltando a los que poseemos la fortuna de haber venido a la vida en ese país tan denostado llamado España al que se aprende a querer, a querer mucho, cuando te encuentras a miles de kilómetros de él. A pesar de su bello oasis de palmeras y su preciosa mezquita, éste es un poblado fantasma con más de la mitad de las casas deshabitadas, estoy cansado, intentando recordar la palabra dormir y sufriendo por no poder ofrecer más de lo que tengo a la gente de aquí, pero trabajando en el oficio que una vez le dije a mi padre que quería ser, periodista.