Vida y muerte en tierra de los olvidados

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Corren tras el balón mientras gritan de felicidad. Han llegado unos extranjeros con ese objeto mágico que sirve para que unos pocos sean millonarios y otros ricos en sonrisas. Los niños juegan con un balón. La aldea tiene unas pocas casas en las que están juntos burros, una especie de gallinas casi sin carne y personas que sobreviven en un lugar olvidado que esta terrible carrera rescata de entre los recuerdos. Es un poblado cercano a Tambacounda, la población desde donde les escribo.
Ya estamos en Senegal. Ayer salimos de Guinea en el avión español y viajé en la cabina del piloto, toda una sensación. Entre los periodistas organizamos una recogida de ropa y enseres para estas pobres gentes. Todos aportaron algo. Finalmente fueron cuatro grandes bolsas que fuimos unos pocos a entregar. La escuela de Tamba estaba cerrada. Llega el Dakar y es día de fiesta. El director de esta especie de colegio nos recibe en la calle y recogen todo el material. Le regalo una gorra a un niño. Su sonrisa es amplia y a mí las lagrimas se me esconden en el estómago. Al llegar al campamento Ettiene Lavigne, el director de carrera, vuelve a la sala de prensa. Mal presagio. De nuevo el escalofrío. Ha muerto un niño, dice, atropellado por un coche, continúa, la organización muestra sus condolencias, concluye. Y yo me pregunto por el sentido de la vida, vuelvo a pensar que hay que aprovechar cada instante. El Dakar se acaba, pronto volvera la rutina, e intentaré exprimir cada momento de la vida, cada cosa que tengo, como si fuera un balón que me han regalado unos extranjeros.