Dakar 2006 | Diario de una aventura

Un baobab donde la vida es un milagro

El gran baobab.

Se posó en una de sus hojas. El árbol orgulloso no quería que nada le molestase y agitó sus enormes ramas para hacer que el pajarillo se fuera. El animalillo volador resultó ser un dios que castigó al baobab a darse la vuelta y enseñar sus raíces al mundo. El poderoso creador creía que desaparecería pronto, pero el árbol de la vida nunca muere, sus raíces son fuertes...

Pensaba en la leyenda del baobab, cuando, desde el cielo, en el avión de la carrera, empecé a ver estos maravillosos ejemplares de la fauna africana. Llegamos a Mali, el África negra, la sabana, territorio llano, seco, adornado con el inmenso río Senegal, con un puente que han hecho españoles, que adorna Kayes, donde se bañan sus habitantes, como Cisse, una niña de diez años. Sus ojos tristes me traspasaron el alma y su alegría deshizo mi pobre corazón. Ella vive en un lugar donde las calles son de arena y el alcantarillado no existe, sólo hay una especie de canales a ras de tierra donde mueren las aguas fecales, la basura... y vive la enfermedad. Su vida es un milagro.

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Les pude dar algunos collares de colores que se enseñaban unos a otros con la esperanza de que les protegiese y su vida continuase por la senda de ese milagro cotidiano; también les ofrecí bolígrafos, algo de comida e incluso a dos niños sonrientes, pese a su suerte, algo de dinero. No pude resistirlo.

Esta noche me iré a dormir en el saco del amparo y soñaré que estas gentes tienen algo más que un árbol orgulloso y que el baobab les da la vida.

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