Rahm se refugia en el Masters: “Es como volver a casa”
El vizcaíno, en un momento turbulento en lo extradeportivo por sus discrepancias con el circuito europeo, encuentra la paz en Augusta.


Jon Rahm se pone delante de los periodistas en la imponente sala de prensa del Augusta National, con sus sillones de piel y sus escritorios en madera de roble, y luce esa media sonrisita tontorrona que es casi imposible quitarse de la cara cuando uno entra en esta sacrosanta porción del estado de Georgia (EE UU). “Volver a Augusta es casi como volver a casa”, establece en un momento de una rueda de prensa que se alarga por encima de la media hora.
Escucharle hablar de golf es tan placentero como escuchar cantar a Sinatra o el batir de las olas contra la costa desde la cama en una noche de verano. Se incomoda, su cara lo dice aunque él niegue la mayor, cuando se toca el tema de sus dimes y diretes con el DP World Tour. Ahí su discurso suena prefabricado, y él mismo reconoce que lo es cuando asegura que está preparado para afrontar una temática que sale “en cada entrevista”.
A Rahm le gusta hablar de golf, no tanto de lo que rodea al golf. Menos aún cuando los últimos meses de su carrera han estado mucho más centrados, desde un punto de vista mediático, en lo que hacía (o lo que dejaba de hacer) fuera del campo, que en su desempeño dentro. En si terminará llegando a un punto de encuentro con el circuito europeo que le permita retener su membresía y con ella su elegibilidad para la Ryder Cup de 2027, o bien su exitosa carrera en la bienal sufrirá un paréntesis forzoso. No suelta prenda al respecto, más allá de recordar lo que ya se sabe. Que es “positivo” respecto a una solución beneficiosa para ambas partes y que no contempla otro escenario que no pase por jugar el Open de España en octubre y formar parte del equipo que defenderá los intereses europeos en el centenario de la Ryder.
Un remanso de paz
El remanso de paz de Augusta le ofrece un pasaje a la desconexión: “Hay cierta tranquilidad que no tenía antes siendo campeón. No sé si por el hecho de que puedes hacer ciertas cosas que, cuando eres campeón, no puedes. Es como que vuelves a casa. No sabría explicarlo de otra manera, pero es algo así”. Una de esas ‘cosas’ es tomar parte en la cena de campeones, la de este año su tercera, servida en honor de Rory McIlroy. “Sentarte entre Sergio (García) y Oli (Olazábal), donde antes solía estar Seve... Miras a la izquierda y están Tom Watson y Jack Nicklaus, un poco más lejos Tiger y Mark O’Meara. Miras al frente y están Gary Player y Nick Faldo. Es desalentador (se ríe) (...) Es una de las mejores experiencias de mi vida. Tan especial como puede llegar a serlo una cena", en sus propias palabras.
Su parte favorita es cuando los más veteranos cuentan anécdotas que han resistido durante años el escrutinio de los medios, como aquella en la Ryder de Valderrama en la que Seve le sugirió a Bernhard Langer jugar un hierro entre los alcornoques directo al green cuando el alemán se preparaba para intentar sacar la bola a calle y salvar el par. La clase de golpe que solo el genio de Pedreña podía concebir. “Después de contarla Langer va y dice: ‘No recuerdo contra quién jugábamos ese día’. ‘Contra nosotros’, saltaron al otro lado de la mesa Tiger y O’Meara”, narra entre risas generalizadas.

Este año, cuando mire en derredor no verá Tiger, el gran asterisco de este Masters (y del anterior, aunque por razones bien distintas), ocupado en tratar el problema con los opioides al que le han conducido los dolores de un cuerpo cosido en quirófanos de medio Estados Unidos, el causante de que hace unos días volviera a dar con sus huesos en una cuneta tras un nuevo episodio de irresponsabilidad al volante. “Solo espero que encuentre la ayuda que necesita y pueda volver mejor de lo que estaba”, dice Rahmbo, que en ese “vuelva” revela su confianza en que la carrera del Tigre esconda todavía un tercer acto, una nueva redención. “Es el rey de los retornos”, añade, y el argumento es sólido como el grafeno. La prueba de ello está a la vuelta de la esquina, en el green del 18, donde Woods consumó en 2019 su última chaqueta verde y cerró con ella la década de la ignominia. La del adulterio, la adicción al sexo, sus primeros desencuentros con las autoridades...
El fin de los “malos hábitos”
Rahm también ha adquirido vicios con el discurrir de su carrera. En su caso no son moralmente reprobables, sí sumamente desaconsejables para la práctica profesional de este deporte. Tienen que ver con su swing. O más bien tenían, porque este martes se declaró libre de pecados: “Los tres meses que tuve libres entre temporadas han sido muy buenos. He podido pensar en lo que había que mejorar, cómo sentí mi swing a lo largo del año anterior, qué había que mejorar y trabajar en ello. Había caído en malos hábitos durante un par de años que pude manejar más o menos. Incluso cuando gané en 2023 ya los tenía. En esos tres meses he podido corregirlos y es la base de mi nivel de juego este año”. “Había una parte de la subida que no me gustaba. Para alguien que abre la bola como yo, si sale por la izquierda y sigue yendo hacia la izquierda es algo muy malo. La mayor parte del trabajo ha consistido en eliminar eso”, agrega para los más cafeteros.
Solucionado el problema que más quebraderos de cabeza le dio en la última edición de un torneo en el que fallar calles por la izquierda normalmente es la muerte, Rahm ha vuelto a su versión premium. La que le ha llevado a ganar el mes pasado el LIV de Hong Kong, su primer triunfo en la superliga saudí desde el de Chicago en 2024, a rozar otro en Sudáfrica y a ser segundo en Riad y quinto en Singapur. Dos años de dudas han dado paso han dado paso a tres meses de certezas, al menos en lo deportivo. Y la quietud que encuentra en Augusta, que es a los golfistas lo que Rishikesh a los yoguis, le hace todavía más peligroso.
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