McIlroy se enfunda su segunda chaqueta verde consecutiva
El norirlandés entra en un club que incluye a Nicklaus, Faldo y Tiger con un segundo triunfo seguido en el Masters inédito durante 24 años.


En cuestión de un año, Augusta ha pasado de ser un quebradero de cabeza al lugar feliz de Rory McIlroy, que este domingo conquistó el Masters por segunda edición consecutiva, accediendo así a un selectísimo club del que solo forman parte Jack Nicklaus, quien lo hizo en 1965 y 1966; Nick Faldo (1989 y 1990) y Tiger Woods, el último en incorporarse con sus triunfos en 2001 y 2002. En una jornada final de arranque incierto, que llegó a dibujar la posibilidad de lo nunca visto, que los tres primeros del ranking mundial, él, Scheffler y Young, fueran los tres primeros de la tabla en un grande, el norirlandés manejó con aplomo la posición en la que se había colocado ya el jueves, cuando empató en cabeza con Sam Burns, y remató su sexto grande con una tarjeta de 71 golpes, -1 para -12. El que le empata con el citado Faldo como el segundo europeo que más se ha adjudicado tras Harry Vardon, que se llevó siete en la noche de los tiempos. El que le desempata con Seve.
La competencia era feroz. Incluía a Scottie Scheffler, el número uno del mundo, cuatro grandes con dos chaquetas verdes en su palmarés. A Justin Rose, el hombre de los dos playoffs perdidos en Augusta, el del año pasado ante el ahora doble campeón y el de 2017 ante Sergio García, además de un ganador del US Open. A Cameron Young, un golfista que seguramente remate algún día la tarea porque tiene mimbres para ello, pero que no supo gestionar del todo bien verse en el partido estelar del torneo por primera vez en su carrera y se atascó... Nadie fue capaz de doblegar a un tipo que ahora camina por Augusta con una seguridad envidiable. Un junco que se dobla sin partirse del todo, como le ocurrió en algún pasaje del desenlace, especialmente en ese doble bogey al 4, resultado que en la ronda final solo han sabido capear en los últimos 30 años tres ganadores: Immelman en 2008, Scheffler en 2022 y él mismo, en 2025 y ahora.
McIlroy reaches 12 under par with a birdie on No. 12. #themasters pic.twitter.com/3dYecCog2V
— The Masters (@TheMasters) April 12, 2026
Rory ya tiene su carrera hecha tras consumar hace un año el Grand Slam en este mismo lugar y esa ligereza le hace levitar en el Masters. Young le apretó con un bidie al 2, lo igualó un hoyo después. Cuando el norteamericano empezó a ceder con bogeys al 6 y al 7 llegó la carga de Rose, que sacó birdies al 8 y al 9 y se quedó solo en lo alto del tablón. Lo suyo es digno de estudio y de reverencia. Ha sido líder o colíder en alguna de las tres primeras vueltas un total de nueve veces (tercero en ese registro tras las 14 de Arnold Palmer y las 13 de Nicklaus) y de alguna forma todavía no ha vestido la prenda más codiciada de este deporte. La entereza con la que maneja semejante historial le convierte en un tratado psicológico. ‘Cómo manejar la frustración’, podría titularse.
Lo que no supo manejar fue Amen Corner. Pinchó en el 11 y en el 12 y ya no se recuperaría. En el 13 llegó a green de dos y tripateó para par. En ese punto, con Hatton, el único hombre que ha defendido la causa del LIV estos días, líder en casa club tras alcanzar el -10, todo era ya una cuestión de si McIlroy tendría o no los arrestos para abrochar el back to back. Scheffler, el primer jugador sin bogeys en las dos últimas vueltas de la cita desde la Segunda Guerra Mundial, ponía todo de su parte para incomodarle, pero no había manera.
Holywood has its sequel. #themasters pic.twitter.com/L7N9el2aC3
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Rors incluso se permitió el lujo de rebajar la mística de Amen Corner rumbo a la gloria. Le hizo un par desahogado al 11, donde el día anterior se había ido al agua. Luego un birdie al 12, algo que en la ronda final solo lo han conseguido 14 campeones, en este siglo Patrick Reed (2018) y Mickelson (2004 y 2010). Otro al 13, el par 5 defendido por Rae’s Creek. Por delante la gente se iba quedando sin hoyos. Todo lo que tenía que hacer era evitar el drama.
Ni pizca hubo en el último tercio de su vuelta. Si acaso en el 18, cuando la salida acabó en los árboles de la derecha de la calle y el edificio de prensa del Augusta National reverdeció recuerdos de ese final trambólico de la anterior edición, ese segundo golpe que acabó en el bunker, el bogey que abrió las puertas del playoff a Rose. Esta vez McIlroy no tenía ganas de marcha. Con dos impactos de colchón, fue a por el green. Encontró la arena. La dejó a tres metros y medio e hizo dos putts para bogey. Suficiente. Hace un año se barruntaba cuánto tardaría en volver a ganar un grande. Ahora la conversación es cuántos más le quedan por conquistar.
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