La enfermedad silenciosa que puede tumbar a un futbolista en pleno partido
La miocardiopatía hipertrófica es la principal causa de muerte súbita en jóvenes deportistas.

Un estadio lleno. Un balón en juego. Un futbolista que se lleva la mano al pecho y cae sobre el césped. El silencio sustituye al ruido en cuestión de segundos. En el deporte de élite, la imagen de un desplome repentino siempre activa la misma pregunta: ¿qué ha fallado?
Detrás de algunos de esos episodios está la miocardiopatía hipertrófica (MCH), una enfermedad cardiovascular de origen hereditario que provoca un engrosamiento anómalo del miocardio. Está considerada la principal causa de muerte súbita en menores de 35 años, especialmente en jóvenes y deportistas aparentemente sanos.
Puede manifestarse con cansancio desproporcionado, mareos, dolor torácico o desmayos durante el esfuerzo. En otros casos, no da síntomas hasta que ocurre un episodio grave.
Se estima que en España la sufren actualmente 140.000 personas, de las cuales más de 95.000 padecen miocardiopatía hipertrófica. Solo en el área del Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña (CHUAC), centro de referencia nacional (CSUR) para su tratamiento, se atiende a 1.700 familias. Desde la Asociación Española de Miocardiopatía Hipertrófica insisten en la importancia de la detección precoz de esta enfermedad genética que se transmite en el 50% de los casos.
En el fútbol profesional, los controles cardiológicos son cada vez más exhaustivos. Electrocardiogramas, ecocardiografías y pruebas de esfuerzo forman parte de los reconocimientos médicos habituales. Sin embargo, la miocardiopatía hipertrófica puede pasar desapercibida durante años o confundirse con el llamado “corazón de atleta”. Y en un deporte de esfuerzos explosivos, sprints y cambios de ritmo constantes, el riesgo puede emerger de forma abrupta.
Un ejemplo cercano en el fútbol profesional
Un caso que ha tenido eco internacional es el de Andrés Felipe Román, lateral colombiano que en 2021 estuvo a punto de fichar por Boca Juniors, uno de los clubes más grandes de Sudamérica. El traspaso se cayó en el último momento tras los exámenes médicos de rutina. Los facultativos del club argentino detectaron una posible miocardiopatía hipertrófica.
La noticia causó conmoción porque Román procedía de Millonarios, tenía 25 años y era un jugador solicitado por el entrenador. Tras la caída de su fichaje, se sometió a nuevas pruebas en Colombia, donde una junta médica concluyó que “no se podía confirmar un diagnóstico de miocardiopatía hipertrófica” y lo catalogaron como una alteración fisiológica natural en los atletas de alto rendimiento. Le permitieron seguir jugando.
En junio de 2025, este mismo futbolista protagonizó otro episodio que volvió a poner sobre la mesa la importancia de estos controles. El colombiano se desplomó durante un partido tras sentir mareo y perder el equilibrio, generando preocupación entre sus compañeros y el cuerpo técnico.

La herencia invisible que puede parar el corazón
Para este reportaje, hemos hablado con varios deportistas afectados por la miocardiopatía hipertrófica, que relatan en primera persona cómo conviven con la enfermedad.
José Manuel Martínez jugaba al pádel. Partido normal. Nada extraño. Se agachó a recoger una pelota y cayó. “Empezamos a jugar y a la segunda bola me agaché a recogerla del suelo. De repente estaba en un hospital, entubado, rodeado de máquinas, batas y gente con mascarillas”, explica. Martínez sufrió una parada cardíaca. Necesitó 20 minutos de reanimación cardiopulmonar y tres descargas para volver.
“Sí, tuve una muerte súbita. De esas de las que solo sobrevive el 8%”.
José Manuel Martínez
Hasta ese momento era deportista habitual. Se encontraba fuerte, sano. Nada hacía sospechar que su corazón escondía un riesgo invisible. El diagnóstico fue claro: miocardiopatía hipertrófica. Hoy, vive con un desfibrilador automático implantable (DAI). “Es lo único que me da seguridad”, afirma.
Ha tenido que dejar el deporte competitivo, aceptar una jubilación forzosa con la mitad del salario y aprender a convivir con la fragilidad. “Yo que estaba hecho un toro, deportista, en mi peso, con un buen trabajo, una buena familia, me cuidaba bastante ¿Qué había hecho mal para estar así? ¿Por qué me había pasado esto?“.
Pero está vivo y no lo estaría sin la RCP inmediata que recibió en aquella pista. Jubilado, acepta la situación e intenta disfrutar de la vida. “Con esta nueva normalidad que tenemos los enfermos de miocardiopatía hipertrófica, volví a jugar al pádel y a nadar, pero a otro ritmo, sin prisas, sin estrés, disfrutando más cada momento”, explica.

“¿Cómo paso de superatleta a cardiópata?”
Otro deportista conoció la palabra miocardiopatía hipertrófica con 18 años. Era triatleta. Campeón autonómico. Durante años encadenó podios y entrenamientos exigentes. El deporte era su vida. Hasta que llegó el diagnóstico. “El deporte era el pilar de mi vida. Y ahora lo tengo que dejar. ¿Cómo lo voy a superar?”, se preguntaba.
Durante mucho tiempo le hablaron de “corazón de atleta”. Que el engrosamiento podía ser fruto del entrenamiento. Hasta que dejó de ser una explicación tranquilizadora.
“El monstruo que siempre había temido había llegado y había venido a por mí”.
anónimo
Tiene dos hijos pequeños. “Cada vez que monto en la bici pienso: ‘¿Y si esta es la última vez?’” Este triatleta ha cambiado la competición por controles médicos periódicos. La intensidad por prudencia. La confianza por vigilancia constante. Durante más de veinte años vivió con esa espada de Damocles sobre su cabeza. “Cada revisión era un tremendo estrés. Sabía que en cualquier momento me podían decir que no era un atleta, sino un cardiópata”.
Siguió compitiendo. Ganando. Subiendo a podios autonómicos y nacionales en categorías máster. Hasta que cumplió 40. “Los valores que siempre estaban al límite empezaron a irse demasiado lejos. Me repitieron todas las pruebas y ya no había duda”. El diagnóstico era definitivo, sufría miocardiopatía hipertrófica.
Aunque no fuera su profesión, el triatlón era su vida. Sus amigos. Sus rutinas. Sus objetivos. Lo más difícil de la enfermedad era no sentir que la padecía, no tener síntomas. “Me sigo notando igual de fuerte. ¿Cómo puedo pasar de superatleta a cardiópata de un día para otro?”, seguía preguntándose.
Con el tiempo entendió que la enfermedad no es igual en todos los casos y que el deporte no siempre es el enemigo. Hoy puede seguir nadando, montando en bici o corriendo, pero moderando la intensidad. “Se acabaron las competiciones. Ese ha sido el palo más duro. Pero no ha sido el fin”.
Su mensaje para quiénes sufren esta enfermedad es claro. “Que nadie se quede en el sillón. Seguro que hay algún tipo de actividad física que puede hacer y que le va a aportar calidad de vida”, aconseja.

“Tienes la enfermedad del abuelo y de papá”
La miocardiopatía hipertrófica es una enfermedad genética que se transmite en el 50% de los casos. Javier lo vivió en casa. Su padre sufrió varios episodios cardíacos y terminó con un desfibrilador implantado.
“Tanto luchar contra el corazón y fallece por una bacteria”
Javier
A él también le detectaron hipertrofia severa. Lleva un DAI implantado como medida preventiva. Uno de sus hijos ha heredado el gen, Javier se lo explicó con naturalidad. “Tienes la enfermedad del abuelo y de papá. A ti no te afecta ahora, pero te tienen que seguir mirando”.
El niño, consciente de los cambios, solo preguntó por aquello que más le divertía. “¿Puedo seguir jugando al fútbol?”. “Por supuesto que sí, tú no padeces de nada, por el momento”, respondió Javier.
Porque el diagnóstico no siempre implica parar, pero sí vigilar.

Cuando el cuerpo avisa
Para David, el deporte era su forma de vida: judo, gimnasio, tenis, pádel, carreras de 10 km y rutas de mountain bike de hasta 100 km. Pero siempre notaba algo extraño. “En deportes explosivos me agotaba rápidamente. Me decían que era por el ácido láctico, pero sabía que no era normal”.
El punto de inflexión llegó tras una carrera. Cruzar la meta último le hizo darse cuenta de que su cuerpo enviaba señales claras.
“Ese día me planté. El cuento del ácido láctico ya no me valía”.
David Garcia Beneite
El diagnóstico, llevado a cabo por el equipo del Dr. Pablo Pavía en Puerta de Hierro, fue miocardiopatía hipertrófica obstructiva. El alivio se mezcló con miedo. “Por fin sabía lo que tenía, pero temía un infarto en cualquier momento”, aseguró.
Su hijo le motivó a seguir adelante con el deporte. “Ver la decepción de mi hijo al tener que dejar el fútbol me rompió por dentro. Decidí dar un paso al frente para que él, y todos los jóvenes deportistas que vienen por detrás, no tengan que sufrir la crudeza de esta enfermedad. Para que el día de mañana, si les toca, haya un tratamiento que les permita llevar una vida normal, correr, jugar y sudar la camiseta sin miedo”, explica.
Hoy practica deporte con prudencia y deja un mensaje claro. “No normalicéis un cansancio extremo. Si vuestro cuerpo no responde como debería, buscad respuestas. Y a los que ya tienen el diagnóstico, confiad en la ciencia”, aconseja desde su posición.

“Una MCH no se ve, se siente”
Carolina perdió a su madre tras varias cirugías cardíacas. La enfermedad estaba en la familia. En 2023 fue ella quien pasó por quirófano. “He salido bien de la operación, pero sigo con obstrucción”, narra.
Trabaja en hostelería. Camina. Sube escaleras. Lleva bandejas. “Me frustra que los clientes me digan que me ven muy bien. Una MCH no es algo que se refleje a simple vista, sino que se siente”, explica sobre su convivencia con la enfermedad.
Hay días mejores y días peores. Hay momentos cotidianos que se convierten en límites.
“En una boda puedo bailar una canción. Solo una. Y eso me duele”.
Carolina
La miocardiopatía hipertrófica no siempre paraliza la vida, pero la condiciona.
La herencia que no avisa
La enfermedad se transmite por vía genética en el 50% de los casos. Un padre que fallece joven por lo que parece un infarto. Años después, un hijo o un nieto sufre una parada cardíaca. Entonces se investiga y la familia descubre que convivía con una enfermedad genética sin saberlo.
El cardiólogo investigador William McKenna lo resumió así. “Cuando estás ante un paciente, no es solo uno, estás viendo a toda una familia”. La miocardiopatía hipertrófica no afecta solo al paciente; tiene un origen genético y puede permanecer oculta durante años. Como explica el cardiólogo Dr. Roberto Barriales, del Complejo Hospitalario Universitario de A Coruña. “Da igual la edad a la que se detecte; siempre hay que estudiar a los familiares de primer grado, porque un hijo o un nieto puede estar afectado”, explica el galeno.
Noticias relacionadas
Porque no siempre se puede evitar la enfermedad, pero sí se puede detectar a tiempo. Y en el deporte, desde la élite hasta el campo más humilde, saber actuar en los primeros minutos marca la diferencia entre una tragedia y una segunda oportunidad. Disponer de desfibriladores, formar en reanimación cardiopulmonar y no ignorar señales como el cansancio extremo o los desmayos durante el esfuerzo puede salvar vidas.
¡Tus opiniones importan! Comenta en los artículos y suscríbete gratis a nuestra newsletter y a las alertas informativas en la App o el canal de WhatsApp. ¿Buscas licenciar contenido? Haz clic aquí



Rellene su nombre y apellidos para comentar